Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 45

Valeria caminaba con la caja bajo el brazo izquierdo. El material de Doña Alcira pesaba más de lo que sugiere su volumen. No eran solo papeles y fotografías; eran años de silencio por la muerte de un hijo.

Sacó el teléfono con la mano derecha, la que no sostenía la caja. El dedo se deslizó hasta el contacto de Daniela Ruiz, una entrada que había permanecido prácticamente inactiva desde que ambas se reencontraron en la reunión de antiguas alumnas dos meses atrás.

El mensaje fue breve, urgente de una manera que Valeria misma no supo calibrar: Daniela, tengo que verte. Tengo material sobre un polideportivo que se hizo en Menorca hace unos años. Fotos, planos, una nota firmada.

La respuesta llegó: Estoy en el centro. Café de la esquina de Alcalá con Goya, el que tiene wifi público. En veinte minutos.

Valeria miró la caja, no podía llevarla a un café público. No podía dejarla en ningún sitio. Apretó el paso hacia la parada de taxi más cercana, consciente de que cada minuto que pasaba era un minuto en que alguien podía haber visto a Doña Alcira abrirle la puerta, en que alguien podía haber notado su propia presencia en ese edificio de fachada descascarada.

El café tenía las luces demasiado altas para la hora que era. Daniela ocupaba una mesa del fondo, la que permitía ver la entrada sin ser visto desde ella.

Valeria depositó la caja sobre la mesa antes de sentarse. El sobre de papel marrón crujió al soltarlo.

- “He estado con una vecina”, dijo Valeria, sin preámbulos. “Su hijo murió en la obra del polideportivo. Guardó esto durante años”.

Daniela no tocó la caja inmediatamente. Sus ojos se movieron de las manos de Valeria al sobre, luego a la caja, luego de nuevo a Valeria.

- “¿Cómo llegaste hasta ella?”, preguntó Daniela.

- “Estamos trabajando para el concurso del centro cultural Monet en Menorca. Y estamos haciendo talleres con la comunidad. Había una señora llamada Pilar en las sesiones que mencionó a una residente histórica, madre de un obrero fallecido, que guardaba documentos de la construcción del polideportivo, hoy me entrevisté con ella”, respondió Valeria.

Valeria abrió el sobre primero, extendiendo las fotografías sobre la mesa de fórmica. Las imágenes mostraban hormigón con agregado visiblemente inferior al especificado, vigas de refuerzo que terminaban antes de lo previsto en los planos, y en una de ellas, la mano de alguien sosteniendo un cartel con la fecha y la hora. La nota estaba escrita en papel de bloc amarillento, con letra inclinada hacia la izquierda: Aprobado según especificaciones J.M. 14/03/2017.

“Jaime Moris”, murmuró Valeria. “Mi jefe, parece la misma caligrafía no estoy muy segura, pero tiene el sello de la empresa”.

Daniela finalmente tocó el papel. Sus dedos recorrieron las letras como si pudieran leer la presión de la pluma.

- “Echevarría tenía razón”, dijo Daniela, más para sí misma que para Valeria. “Lo sabía. Lo sabía y por eso desapareció. Necesitamos su confesión”.

Valeria notó algo en el tono de Daniela, una tensión que no correspondía exactamente a la revelación de pruebas de corrupción. Era la tensión de quien está esperando otra información, de quien tiene una pieza del rompecabezas que aún no ha mostrado.

- “¿Qué pasa, quién es Echevarría?”, preguntó Valeria. “Has dicho que necesitamos su confesión. ¿Necesitamos? ¿Desde cuándo este es un nosotros?”

Daniela retiró la mano de la nota. Durante un segundo, sus ojos buscaron algo en el fondo del café, alguna excusa que no llegó.

- “Es un concejal que también estaba investigando este caso. Necesitamos resolver su desaparición”, dijo Daniela. “Necesitamos que aparezca, que hable, que entregue las pruebas finales que guardaba. Sin él, esto es documentación de una negligencia. Con él, es evidencia de un sistema corrupto”.

Valeria estudió el rostro de su antigua compañera de clase. La Daniela de dieciséis años había sido incapaz de mentir sin que se le notara en el color de las mejillas. Esta Daniela, la de cuarenta, había aprendido a modular su voz hasta el punto en que cada palabra sonaba verosímil pero el conjunto no encajaba del todo.

- “Tú no eres arquitecta”, dijo Valeria. “No puedes evaluar si esto es negligencia o algo más. ¿Por qué te importa tanto encontrar a Echevarría?”

- “Porque es mi fuente. Porque confió en mí y desapareció”, respondió Daniela. “Y tú confías en mí lo suficiente para mostrarme esto (señaló las fotografías) pero no lo suficiente para decirme qué más sabes”.

El silencio entre ellas se extendió hasta que el camarero pasó con una bandeja de vasos sucios, el ruido de cristal contra cristal devolviéndolas al presente.

- “Hay una grabación”, dijo Daniela, bajando la voz hasta casi un susurro. “De Echevarría. Once meses atrás. Menciona a Doña Pilar, a un trabajador muerto, a materiales de baja calidad. La metadata muestra un intermediario: Doña Alcira Vázquez”.

Valeria sintió que el nombre caía sobre ella con el peso específico de las coincidencias que no son tales. Alcira Vázquez.. La madre del trabajador. La madre del hombre que había intentado denunciar las irregularidades y murió en un "accidente laboral".

- “¿Cómo conseguiste esa grabación?”, preguntó Valeria.

- “No puedo decirte eso”, respondió Daniela.

- “¿Por proteger a una fuente, o por protegerte a ti misma?”, preguntó Valeria.

- “Lo que importa es que tenemos que encontrar a Echevarría. Que aparezca, que confiese lo que sabe, que complete el rompecabezas. Sin su testimonio, esto (golpeó suavemente la caja) es solo el lamento de una madre que perdió a su hijo. Con él, es la prueba de que alguien en el ayuntamiento sabía lo que pasaba en esa obra y calló; y esto involucra a funcionarios importantes’.

Valeria pensó en Jaime Moris, en su manera de revisar los planos con una lupa de arquitecto que heredó de su padre. Pensó en la nota, en esas iniciales que ahora parecían firmar un documento de culpabilidad.




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