Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 46

Los talleres participativos se celebraban en el antiguo cine convertido en centro vecinal, ese espacio donde las butacas rojas desgastadas y la pantalla de cine en desuso creaban una extraña liturgia de democracia local. Valeria llegó diez minutos tarde, todavía con el olor del café en la ropa y la sensación de haber dejado algo importante sin decir.

La sesión estaba en su punto más álgido. Doña Pilar estaba de pie junto a una maqueta de cartón que mostraba la distribución propuesta para el centro cultural. Su voz, aguda y entrecortada por la edad, reclamaba espacio para un archivo de memoria vecinal.

- “No queremos solo un auditorio”, decía doña Pilar. “Queremos que se sepa qué hubo aquí antes. Las fábricas, los talleres, las familias que se fueron”.

Valeria tomó asiento en la última fila, había dejado la caja con una amiga en quien confiaba mucho, y le había pedido no hacer muchas preguntas, que le cobraría todo en la noche. Desde allí observó a los técnicos del estudio Moris, tomando notas con la eficiencia de quienes saben que su trabajo será revisado. Observó también a los vecinos, la mezcla de entusiasmo y desconfianza que caracterizaba estas sesiones, la esperanza de que alguien finalmente escuchara mezclada con el temor de que todo fuera teatro.

El teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Jaime Moris, breve como todos los suyos: Reunión en dos horas. Trae propuesta de fase 2.

Valeria miró la pantalla hasta que se apagó sola. Cuando volteó observó entre los asistentes a Manuel Aguirre, el inspector de la concejalía de Urbanismo que había aparecido dos semanas atrás con su abrigo puesto a pesar de la calefacción y sus manos que olían a crema de cuero para zapatos. El hombre que había sugerido, sin sugerirlo del todo, que la fase participativa podría "simplificarse" para acelerar la adjudicación definitiva.

Cuando levantó la vista al frente, Doña Pilar la estaba mirando desde el escenario improvisado, una mirada que parecía reconocer algo más allá de la arquitecta que dirigía los talleres. Valeria asintió, un gesto que pretendía ser reconocimiento mutuo, solidaridad de quienes saben que la memoria es también una forma de resistencia.

Dos horas después, estaba en la oficina de Jaime Moris. Los planos del proyecto de Menorca ocupaban la mesa de reuniones, pero Jaime los había apartado para hacer sitio a un expediente grueso, lomo gastado, que Valeria no reconoció.

- “El polideportivo de Menorca, dijo Jaime, sin saludo previo. “2016-2017. Adjudicación directa, modificaciones de última hora, entrega con retraso pero sin sanciones. ¿Por qué preguntas por esto?”

Valeria había preparado la mentira durante el camino desde el centro vecinal, pero ahora, frente a su jefe, las palabras se le atascaban en la garganta como migas de pan reseco.

- “Apareció en una conversación con una residente. Mencionó irregularidades, materiales…”, dijo Valeria.

- “Irregularidades’, Jaime repitió la palabra. “Esa es la palabra que usan cuando no pueden probar nada”.

- “¿Y si pueden probarse?”, consultó Valeria.

Jaime cerró el expediente. El gesto fue lento, deliberado, el tipo de movimiento que Valeria había aprendido a interpretar en sus años de práctica, estaba comprando tiempo para decidir qué versión de la verdad podía permitirse contar.

- “Hace años”, dijo Jaime, “el estudio sufrió un robo. No de equipos, de documentación. Planos, memorias técnicas, correspondencia con proveedores. Lo curioso es que no se llevaron nada de valor comercial. Solo papeles de proyectos antiguos”.

- “¿Denunciaste?”, preguntó Valeria.

- “Por supuesto. Pero la policía no encontró nada. Y luego... (Jaime hizo una pausa, sus dedos tamborileando sobre el expediente cerrado) Luego un trabajador dijo que alguien había estado usando mi nombre, mi firma, el sello de la empresa en documentos que yo nunca había visto. Carlos Zavala dijo que había visto planos con mi aprobación que yo no recordaba haber firmado”, respondió Jaime.

- “¿Qué pasó con él?”, preguntó Valeria.

- “Lo despedí”, dijo Jaime.

La respuesta llegó demasiado rápida. Valeria notó que Jaime no la miraba, que sus ojos se habían posado en algún punto de la pared donde colgaba una fotografía de la inauguración de un edificio de oficinas en 2019.

- “¿Por qué?”, preguntó Valeria.

- “Porque acusó a un compañero de falsificación sin pruebas suficientes. Porque creó un clima de desconfianza que era insostenible. Porque a veces es más fácil despedir al mensajero que investigar el mensaje”, respondió Jaime.

- “¿Y el robo? ¿Nunca supisteis quién fue?”, inquirió Valeria.

- “Algunos robos no son para llevarse cosas. Son para dejar mensajes. Para decirte que saben dónde vives, qué guardas, a quién temes”, expresó Jaime.

Valeria recogió sus papeles sin hacer ruido. En la puerta, se detuvo.

- “¿El trabajador tenía razón?”, preguntó Valeria. “¿Alguien se hacía pasar por usted en los documentos del polideportivo?”

Jaime no se volvió. Su reflejo en el cristal de la ventana era un fantasma borroso, una versión de sí mismo que ella no podía interpretar.

- “Mañana a las nueve”, dijo Jaime. “Trae la propuesta de fase 2. Y Valeria... ten cuidado con las fuentes de los residentes de Menorca. A veces la memoria juega malas pasadas. A veces la gente confunde lo que vivió con lo que deseaba que hubiera pasado”.

Valeria cerró la puerta sin responder. En el pasillo, comprendió que Jaime sabía más de lo que decía, que la advertencia era también una forma de protección, y que ella había cruzado una línea invisible al hacer esa pregunta.

Necesitaba volver a ver a Daniela, necesitaba contarle lo de Carlos Zavala, necesitaba entender por qué su jefe había despedido a alguien por descubrir exactamente lo que ella estaba descubriendo.

Pero cuando sacó el teléfono, el mensaje de Daniela ya estaba allí, enviado hacía veinte minutos: "No podemos volver a ver el cascanueces, te avisaré luego de la función de Pinocho que veremos". No habían usado ese lenguaje secreto desde la secundaria.




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