Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 47

El teléfono de la secretaria de dirección del estudio Moris sonó mientras Valeria aún estaba en el pasillo esperando el ascensor, leyendo el mensaje de Daniela por segunda vez.

A través de la puerta de cristal esmerilado, vio la silueta de la secretaria, inclinándose sobre el escritorio para coger el auricular.

Valeria guardó el móvil en el bolsillo de su abrigo sin apartar la vista de la recepción. La secretaria asintió varias veces, intercalando monosílabos que no llegaban hasta donde Valeria estaba. Cuando colgó, la secretaria permaneció inmóvil unos segundos, mirando el auricular como si esperara que volviera a sonar. Luego se levantó y caminó hacia el fondo del pasillo, hacia la oficina de Jaime.

Valeria no se movió. El ascensor estaba a su izquierda, con las puertas cerradas. Podía pulsar el botón de llamada y desaparecer, pero sus pies permanecieron fijos en el suelo de parquet.

La puerta de la oficina de Jaime se abrió antes de que la secretaria pudiera llamar. Él apareció en el umbral. Sus ojos encontraron a Valeria inmediatamente, como si hubiera estado esperándola, como si supiera que seguía allí, en el pasillo.

- “Es el ayuntamiento”, dijo la secretaria, sin volverse hacia Valeria, dirigiéndose exclusivamente a Jaime. “Concejalía de Urbanismo. Piden hablar contigo. Dicen que es urgente”.

Jaime asintió, Valeria vio cómo su mandíbula se tensaba imperceptiblemente, cómo sus dedos buscaban el borde de la puerta para estabilizarse.

- “Diles que les devolveré la llamada en quince minutos”, respondió Jaime, y su voz mantenía el tono profesional que había empleado minutos antes, cuando le hablaba de Carlos Zavala y de las firmas falsificadas. “Y cierra la puerta principal. No queremos interrupciones”.

La secretaria asintió y regresó a su puesto. Jaime no se movió del umbral. Sus ojos permanecieron fijos en Valeria.

- “Tienes que irte”, dijo Jaime, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que apenas alcanzaba donde ella estaba. “No uses el ascensor. Hay una escalera de incendios al final del pasillo, a la izquierda. Baja por ahí. Sal a la calle por la puerta trasera del edificio, la que da al callejón”.

Valeria abrió la boca para preguntar, pero Jaime levantó una mano, un gesto autoritario que la interrumpió antes de que pudiera articular palabra.

- “No es el momento”, continuó él. “Créeme cuando te digo que no quieres estar aquí cuando Manuel Aguirre decida que necesita hablar con todos los implicados en el proyecto. Especialmente con aquellos que han estado haciendo preguntas incómodas”.

El nombre de Aguirre cayó entre ellos como un objeto pesado. Valeria recordó al inspector de Urbanismo, sugiriendo que quería acelerar la adjudicación. Recordó el traje azul marino, el abrigo puesto a pesar de la calefacción, las manos que olían a crema de cuero para zapatos.

- “¿Qué le has dicho?”, preguntó Valeria.

- “Vete. Y Valeria... ten cuidado con quién hablas. No todo el mundo que ofrece ayuda lo hace sin esperar algo a cambio”, expresó Jaime.

Se dio la vuelta antes de que ella pudiera responder, desapareciendo en su oficina y cerrando la puerta.

Valeria permaneció inmóvil unos segundos, procesando. Podía oír el murmullo de la secretaria, hablando de nuevo por teléfono, explicando que el señor Moris lo llamaría en breve.

Caminó hacia el final del pasillo, donde una señal de emergencia en color verde señalaba la salida. La puerta de la escalera de incendios chirrió al abrirse, un sonido metálico que le hizo contener el aliento, bajó los peldaños con cuidado,

La puerta trasera del edificio daba a un callejón estrecho donde dos contenedores de basura creaban un corredor improvisado. El callejón desembocaba en una calle secundaria, donde el tráfico matutino fluía con su rutina habitual, ajeno a lo que acababa de suceder en el edificio de arquitectura.

Valeria sacó el móvil y escribió un mensaje a Daniela, borrándolo tres veces antes de enviarlo. Finalmente escribió: ¿En la casa de caperucita? y pulsó enviar antes de poder arrepentirse. La respuesta llegó casi inmediatamente, como si Daniela hubiera estado esperando con el dedo sobre la pantalla: En la casa de los tres chanchitos, a la hora que el lobo suele soplar.

Valeria miró el mensaje durante largos segundos, tratando de leer entre las palabras ausentes. Luego guardó el teléfono y comenzó a caminar, sin rumbo definido.




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