Daniela Ruiz estaba sentada en el borde de la cama de su habitación, con la laptop abierta; había usado un camino diferente para llegar a casa, después de salir del taller de Andrés, según su experiencia, estar en casa era una señal de no haber descubierto algo “importante” para los demás.
La pantalla mostraba el programa de edición de audio que utilizaba para sus grabaciones, con la onda sonora de su conversación con Echeverría destacada en verde sobre el fondo negro.
Marta le había prometido enviar algo, un archivo que había encontrado en el sistema del concejal. Dame una hora, había dicho Marta, y su voz había sonado diferente, más aguda, como si estuviera leyendo un guión que no le correspondía.
Daniela había marcado el número de Marta seis veces en los cuarenta y cinco minutos siguientes. La primera vez, el teléfono había sonado hasta caer en el buzón de voz. Las cinco llamadas posteriores habían sido directamente rechazadas, sin ni siquiera el intervalo de los tonos de llamada.
Ahora, sentada en su cama, Daniela sentía la piel de sus brazos erizarse en intervalos regulares, una reacción física que no lograba controlar, escribió un mensaje a Andrés. La brevedad del texto contrastaba con la urgencia que sentía: Necesito consejo. Urgente. No esperó respuesta. Sabía que Andrés podía tardar horas en contestar, sumergido en ese mundo de protocolos y encriptaciones que había elegido después de dejar el periodismo.
Abrió de nuevo el programa de audio y escuchó, por séptima vez esa mañana, la grabación de Echeverría. La voz del concejal sonaba distorsionada por el miedo, pero las palabras eran claras: Doña Alcira sabe lo de los materiales. El trabajador que murió... no fue un accidente. Alguien modificó los planos después de que yo los aprobara. Cada escucha revelaba nuevos matices, nuevas inflexiones que Daniela había pasado por alto en escuchas anteriores. Ahora, por ejemplo, notaba cómo Echeverría pronunciaba el nombre de Alcira con una familiaridad que sugería relaciones previas, una conexión que iba más allá de la casualidad administrativa.
El timbre de la puerta principal la hizo sobresaltar. El sonido fue breve, un solo pulso largo que pareció colgar en el aire antes de disiparse. Daniela no se movió. El timbre sonó de nuevo, esta vez con una insistencia que sugería impaciencia, o tal vez urgencia real.
Caminó hasta la entrada de su piso con pasos que intentó silenciar sobre el parquet. La mirilla mostraba un pasillo vacío, iluminado por la luz amarilla del sensor de movimiento que el portero había instalado el mes anterior. No había nadie. Daniela mantuvo el ojo pegado al cristal durante treinta segundos, contando mentalmente, hasta que el sensor se apagó y el pasillo quedó en penumbra.
Volvió a la habitación y cerró la puerta con llave, una precaución que nunca había tomado antes en su propia casa.
Marta Díaz había dejado de existir como persona localizable a las diez y treinta y siete de esa misma mañana. No había desaparecido en el sentido dramático de las películas, con puertas forzadas y mensajes de despedida. Simplemente, su presencia en los sistemas que la registraban, teléfono móvil, correo electrónico, aplicaciones de mensajería, había cesado de manera simultánea y definitiva.
La última persona que había hablado con ella fue Daniela, a las nueve y cuarenta y cinco. La última persona que la había visto fue el portero de su edificio, cuando bajó a comprar el periódico a las nueve y veinte. Entre esos dos momentos, Marta había enviado un correo electrónico desde su cuenta personal a una dirección que los registros posteriores mostrarían como inexistente, había borrado el historial de navegación de su ordenador portátil, y había dejado una taza de café a medio en la mesa de su cocina, con la leche ya formando una película grisacea sobre la superficie.
Su madre, que vivía en el piso de arriba y bajaba a visitarla cada mañana a las once, encontró la puerta entreabierta. El bolso de Marta seguía colgado del respaldo de la silla del recibidor. Los zapatos que llevaba puestos, unos mocasines negros que se había comprado para la oficina del concejal, estaban ordenadamente colocados junto a la puerta, como si su dueña hubiera decidido no salir nunca más.
La señora Díaz llamó a la policía a las once y veintitrés. La patrulla que acudió al domicilio registró los hechos con la eficiencia mecánica de quien ha atendido demasiadas llamadas de familiares preocupados que resultan ser falsas alarmas. Pero algo en el apartamento de Marta hizo que el agente más joven anotara en su informe una frase que su superior revisaría con atención horas más tarde: Desaparición sin signos de violencia ni preparativo previo. Sujeto de edad adulta, sin antecedentes de conducta errática. Recomienda investigación.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad que los registros no alcanzaban, Marta Díaz, o alguien que había sido Marta Díaz hasta las diez y treinta y siete, caminaba con pasos que no eran los suyos, hablando con una voz que había practicado durante semanas para sonar exactamente como la suya, llevando documentos que ella misma había compilado sin comprender su verdadero significado.