Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 49

Aquel día, Doña Pilar estaba en la cocina de su piso en Menorca, pelando papas usando un delantal de algodón que estaba manchado de tierra de las macetas que había regado esa mañana.

El timbre de la puerta sonó a las diez y cuarenta y cinco, mientras ella estaba en mitad de la tercera papa. No se sobresaltó. En más de treinta años de residencia en el mismo barrio, había aprendido que los visitantes inesperados caían en dos categorías, aquellos que traían noticias malas y los que querían algo. Ambos tipos requerían la misma preparación, una respiración profunda y la certeza de que nada de lo que pudieran decirle sería peor de lo que ya había vivido.

Abrió la puerta con el cuchillo todavía en la mano, sin pensar en cómo podía verse esa imagen. El hombre que estaba en la entrada llevaba un traje que pretendía ser informal pero que revelaba su origen en alguna tienda de departamentos de gama media-alta. Su sonrisa era demasiado amplia para la hora de la mañana, demasiado practicada para ser sincera.

- “Señora Pilar Guevara”, dijo , y no fue una pregunta. “Soy Aguirre. Vengo de la Concejalía de Urbanismo. ¿Podría disponer de unos minutos?”

Doña Pilar no movió el cuchillo, pero sí cambió el peso de su cuerpo, bloqueando con su hombro derecho la visión del interior de su casa.

- “Ya les dije a los del ayuntamiento que no tengo nada que ver con esos papeles que firmé”, respondió doña Pilar. “Mi hija se encarga de eso ahora. Hablen con ella en la asociación”

Aguirre, si ese era realmente su nombre, no se inmutó. Su sonrisa se mantuvo exactamente en la misma posición, como si hubiera sido dibujada allí.

- “No se trata de los papeles, señora. Se trata de su colaboración con el estudio Moris. Entiendo que ha estado participando en los talleres participativos para el proyecto del centro cultural”, comentó el hombre.

Doña Pilar sintió que el peso del cuchillo en su mano derecha se volvía consciente, que sus nudillos se tensaban alrededor del mango de madera.

- “Soy vecina de este barrio desde antes de que usted naciera”, dijo doña Pilar. “He visto venir e ir a más proyectos de los que puede imaginar. Promesas de parques, de centros deportivos, de bibliotecas. Todo queda en papel mojado y fotos para la prensa. Si ahora quieren que deje de hablar con esos arquitectos, tendrán que ser más claros sobre por qué”.

Aguirre hizo un gesto con la mano izquierda, una apertura de palmas que pretendía ser conciliadora pero que Doña Pilar reconoció como táctica de negociación aprendida en algún curso de gestión de conflictos.

- “Nadie le pide que deje de hablar, señora. Solo que considere la... conveniencia de ciertas alianzas. El proyecto del centro cultural es importante para el barrio. Sería lamentable que factores externos comprometieran su viabilidad. Factores... ajenos a los intereses reales de los vecinos”, expresó el hombre.

La palabra conveniencia flotó entre ellos como un objeto extraño, con múltiples caras que Doña Pilar había aprendido a reconocer en décadas de tratos con la administración. No respondió. Mantuvo la puerta en su posición actual, ni abierta lo suficiente para invitar, ni cerrada lo suficiente para parecer miedosa.

- “Dígale a quien le envió”, dijo doña Pilar, “que la memoria de este barrio no se negocia. Ni siquiera por un centro cultural. Ni siquiera por nada”.

Aguirre asintió, una inclinación de cabeza que no comprometió nada. Extrajo una tarjeta de su cartera y la dejó en el marco de la puerta, sobre el picaporte de latón que Doña Pilar pulía cada sábado.

- “Por si cambia de opinión”, dijo el hombre, y se dio la vuelta antes de que ella pudiera rechazar la oferta.

Doña Pilar cerró la puerta sin mirar la tarjeta. Volvió a la cocina, donde las papas comenzaban a oxidarse en el agua. El cuchillo seguía en su mano, ahora inútil, mientras ella miraba la ventana que daba al patio interior y pensaba en su hija, en la asociación de mujeres, en todas las formas en que el pasado insistía en no dejarlas en paz.




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