Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 52

En la biblioteca, Daniela leyó el mensaje de Andrés en silencio, los ojos moviéndose rápidamente sobre el texto técnico. Su mano izquierda se levantó inconscientemente, los dedos tocando el cuello de la camisa en un gesto que Teresa reconoció de sus propias mañanas de ansiedad, buscar el pulso, confirmar que el cuerpo continúa funcionando mientras la mente procesa información inaceptable.

- “¿Qué dice?”, preguntó Valeria, inclinándose hacia la pantalla.

Daniela giró el portátil para que ambas pudieran ver. La imagen mostraba dos firmas superpuestas, una en rojo, otra en azul, con líneas de análisis que las atravesaban como una red de triangulación.

- “La firma de Jaime fue falsificada”, dijo Daniela. “Pero quien la falsificó no es un amateur. Conoce el estudio. Conoce a Jaime. Ha trabajado con él, probablemente durante años”.

Valeria miró las líneas de análisis sin comprender su significado técnico, pero captó la implicación en el silencio que siguió a las palabras de Daniela. Alguien dentro del estudio Moris, alguien que compartía el espacio de trabajo con Jaime, había traicionado no solo a él sino a la estructura misma de la profesión, la confianza en los documentos técnicos, la responsabilidad en la construcción de espacios públicos.

- "¿Carlos Zavala?”, sugirió Valeria, y el nombre sonó en la biblioteca como una pregunta que ya contenía su propia respuesta negativa.

- “Fue despedido antes de que estas modificaciones se hicieran”, dijo Daniela. “Además, Andrés verificó: su firma aparece en documentos de la época, con características completamente diferentes. No es él”.

Valeria se enderezó, alejándose de la pantalla. Sus ojos se movieron hacia el dibujo de los tres chanchitos en la pared, y Teresa la observó mientras su mirada se detenía en cada uno de ellos, el de paja, el de madera, el de ladrillo. Una secuencia de vulnerabilidad creciente, de resistencia, de supervivencia.

- “Tiene que ser alguien que sigue ahí”, dijo Valeria. “Alguien que ve a Jaime todos los días. Que sabe cuándo entra, cuándo sale, cuándo está demasiado ocupado para revisar documentos con la atención habitual”.

Teresa escuchaba la conversación como quien escucha una radio en idioma extranjero, captando palabras sueltas sin alcanzar la sintaxis completa. Pero algo en la mención de los planos, de las especificaciones de materiales, hizo que su mano se moviera de nuevo hacia el sobre de fotografías que Valeria había traído.

- “Espera”, dijo Teresa. “Estas fechas. ¿Cuándo fueron tomadas estas fotografías?”

Valeria se volvió hacia ella, la atención redirigida bruscamente. Tomó el sobre de las manos de Teresa, extrajo una fotografía en particular, la giró para que la luz de la ventana iluminara el reverso.

- “Marzo de 2017”, leyó en voz alta. “La mayoría son de esa época. Algunas de 2018, cuando ya habían inaugurado el polideportivo pero Alcira seguía documentando grietas, filtraciones, señales de que algo no estaba bien en la estructura.

- “Marzo de 2017”, repitió Teresa, y ahora fue ella quien se inclinó sobre el portátil de Daniela, ignorando la intimidad del espacio personal de la periodista. “¿Podéis verificar algo? En los documentos del USB, ¿hay fechas de modificación que coincidan con marzo de 2017?”

Daniela no preguntó por qué. Su mano se movió sobre el trackpad, abriendo carpetas, desplazándose por la estructura de directorios que había memorizado durante días de trabajo conjunto con Andrés. Encontró la carpeta correspondiente, los archivos con fechas de modificación visibles en la columna derecha de la pantalla.

- “Aquí”, dijo Daniela, señalando. “14 de marzo de 2017. Modificación del archivo [especificaciones_cimentacion.pdf]. Y aquí, 23 de marzo, [planos_estructura_v2.dwg]. Y 7 de abril…”

Su voz se fue apagando mientras continuaba desplazándose. Las fechas formaban una secuencia que ninguna de las tres necesitaba que se articulara en voz alta. Cada modificación en los documentos digitales coincidía, con una precisión que excluía la casualidad, con una fotografía de Alcira, una nota de seguimiento, una prueba física de lo que los archivos intentaban ocultar.

Valeria tomó el portátil, girándolo hacia ella, y comenzó a comparar sistemáticamente. Su dedo índice se movía entre la pantalla y las fotografías extendidas sobre la mesa, estableciendo conexiones que las tres podían ver materializarse, el plano modificado el 14 de marzo mostraba una especificación de hormigón que la fotografía del hijo de Alcira, tomada el mismo día, documentaba como no cumplida en la obra real. La versión 2 de los planos estructurales, fechada el 23 de marzo, incluía una modificación en el sistema de drenaje que el hijo de Alcira había fotografiado en estado de abandono, con tuberías de diámetro inferior al especificado apiladas junto a la zanja.

- “El hijo de Alcira lo sabía”, dijo Valeria, y su voz tenía ahora una textura que Teresa no supo identificar, no solo la constatación de un hecho, sino algo más cercano a la empatía retrospectiva, el reconocimiento de una lucha solitaria. “No solo guardaba pruebas del pasado. Estaba siguiendo, documentando cómo las modificaciones en los planos se traducían en materiales defectuosos en la obra. Alguien estaba alterando documentos oficiales, y ella lo estaba capturando en tiempo real”.

- “¿Y si él no era solo testigo?”, preguntó Daniela, y la pregunta surgió de algún lugar que no había planeado. “¿Y si tenía una fuente dentro? Alguien que le pasaba información sobre cuándo se iban a hacer las modificaciones, para que pudiera estar allí, fotografiarlas, documentarlas antes de que desaparecieran las pruebas físicas.

Las tres se miraron en el silencio que siguió. La biblioteca pareció contraerse alrededor de ellas, el dibujo de los tres chanchitos observando desde la pared con ojos de témpera que habían visto pasar décadas de estudiantes, de secretos, de vidas que se entrelazaban y separaban en ese espacio de transición.




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