Teresa necesitaba respuestas, no solo podía guardar una caja ciegamente como antes, necesitaba saber qué podía involucrar.
- “¿Qué hay en la caja?”, preguntó Tereda, y las palabras salieron con una dureza que no había planeado, el tono de quien exige una respuesta que se le ha negado demasiado tiempo.
Valeria y Daniela se volvieron hacia ella. En sus rostros, Teresa leyó la misma vacilación que ella habría mostrado si Emma o Sofía le hubieran preguntado algo para lo que no estaban preparadas.
- “No lo sé con certeza”, dijo Valeria. Alcira me pidió que la guardara. Dijo que si algo le pasaba, si desaparecía, debía entregársela a alguien de confianza. Alguien que no estuviera directamente involucrado en los proyectos de Menorca, alguien que pudiera actuar desde fuera”.
- “¿Y por qué yo? (Teresa sintió que su voz se quebraba en la última palabra, y contuvo el siguiente aliento hasta recuperar el control) No soy nadie. No soy periodista, ni arquitecta, ni tengo contactos en el ayuntamiento. Soy una madre, una mujer que escribe un blog”, expresó Teresa.
Valeria se acercó, se agachó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de Teresa, sentada. En esa proximidad, Teresa pudo ver los detalles que la distancia había suavizado, las ojeras que el maquillaje no lograba disimular completamente, una pequeña cicatriz en la comisura del labio inferior, el temblor casi imperceptible en el párpado izquierdo.
- “Porque confío en tí, porque no la buscarían contigo, porque eres la mujer más leal e inteligente que conozco”, dijo Valeria.
Teresa sintió que algo se movía en su pecho, una contracción que no lograba identificar como emoción o como respuesta física al estrés acumulado.
- “La abrí”, dijo Teresa.
Sacó de su cartera un sobre de papel de estraza, más grueso que el que contenía las fotografías de Alcira. Y debajo, algo envuelto en tela de algodón blanco, del tamaño aproximado de un libro de tapas duras pero con una forma irregular, con protuberancias que alteraban la simetría rectangular.
Teresa tomó primero el sobre. Estaba cerrado con una etiqueta adhesiva en cuyo reverso se leía: "Para quien encuentre esto. No abrir hasta haber leído el sobre."
Teresa rompió el precinto. Dentro había una carta mecanografiada, de esas que ya casi nadie produce, con una máquina de escribir eléctrica por el espaciado uniforme y la ligera impresión de la letra "e" que sugería un golpe de tecla más suave que el resto. La leyó en voz baja, las palabras emergiendo con dificultad:
- "Si estáis leyendo esto, es porque ya no puedo proteger esta información.
La caja contiene el nombre de quien firmó las órdenes de modificación. No es quien parece. La firma es falsa, pero la mano que la trazó conocía el trabajo del hombre al que imitaba. Buscad en los registros del estudio Moris, en los meses previos a marzo de 2017. Buscad quién tenía acceso a los planos, quién tenía motivos para querer que el proyecto se completara a toda costa, quién se benefició de la adjudicación.
No confiéis en nadie del estudio. No confiéis en nadie del ayuntamiento. La única persona que sabe toda la verdad es quien me ayudó a documentar todo esto.
Que este material sirva para que mi hijo descanse, y para que otros padres no tengan que aprender a vivir con el nombre de sus hijos en una placa conmemorativa."
Teresa dejó la carta sobre la mesa. Sus manos se movieron hacia el objeto envuelto en tela de algodón.
Dentro había un diario de tapas de cuero gastado, del tipo que se usaba décadas atrás para llevar registros de obra. Las páginas estaban llenas de anotaciones manuscritas, fechas, cantidades, nombres. Y entre las hojas, sueltas, más fotografías que las que Valeria había mostrado, imágenes de reuniones en oficinas, de manos estrechándose sobre documentos, de pantallas de ordenador donde se vislumbraban planos en proceso de modificación.
Pero lo que hizo que Teresa contuviera el aliento, lo que conectó finalmente el fragmento de memoria que había intentado ubicar desde que vio la primera fotografía de Alcira, fue una imagen en particular: una fotografía de grupo, tomada en algún evento de la asociación de vecinos, donde Alcira aparecía en un extremo, sonriendo con la tensión de quien no quiere estar allí, y en el centro estaba Jaime Moris.
No el Jaime de hoy. Un Jaime más joven, de hacia quince años quizás, con el pelo aún oscuro y una sonrisa que Teresa reconoció porque la había visto en otros contextos, en la boda con Roberto, en reuniones familiares que su suegra organizaba, en fotografías que su cuñada Carmen.
- “Se conocían”, dijo Daniela, y su voz sonó distante. “Desde antes”.
Valeria tomó la fotografía, sus ojos moviéndose rápidamente sobre los rostros, los gestos, el espacio entre los cuerpos que revelaba más que las expresiones calculadas.
- “Esto cambia todo”, dijo Valeria. “Si Jaime conocía a Alcira, si estaban en contacto antes de que su hijo comenzara a documentar... ¿por qué no me lo dijo? ¿Por qué me hizo creer que era una desconocida, una vecina problemática, alguien a quien tolerar por compromiso profesional?”
Las tres permanecieron en silencio, la biblioteca a su alrededor sumida en esa quietud particular de los espacios escolares fuera de horario, cuando el bullicio de los estudiantes ha cesado y solo quedan los ecos de su ausencia. El dibujo de los tres chanchitos observaba desde la pared, inmune al drama que se desarrollaba bajo su protección inadvertida, el de paja, que cualquier depredador podía derribar; el de madera, que ofrecía resistencia ilusoria; el de ladrillo, que requería tiempo y paciencia y que, sin embargo, también podía ser minado desde dentro, por quien conocía los cimientos.