Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 54

Valeria miró a sus amigas, mientras muchos pensamientos recorrían su cabeza, aún no tenía respuestas, pero sabía dónde debería empezar a buscarlas.

- “Como ya dije, necesito hablar con él”, expresó Valeria, rompiendo el silencio. “Con Jaime directamente. Sin Aguirre de por medio, sin la excusa del proyecto de Menorca. Necesito saber qué relación tenía con Alcira, por qué me pidió que me fuera por la puerta trasera cuando el inspector llegó”.

- “Es peligroso”, dijo Teresa. “Si Jaime está involucrado, si es él quien falsifica los documentos o quien los encarga…”

- “No es él”, afirmó Daniela. “No puede ser. La prueba dice que la firma es falsa, que alguien imita su forma de trabajar. Si Jaime fuera el responsable, no necesitaría falsificar su propia firma. Podría firmar de verdad y luego negar todo, como han hecho tantos otros”.

- “Tienes razón”, dijo Valeria. “Pero eso no lo exonera. Si alguien puede imitarlo tan perfectamente, es porque tiene acceso a sus rutinas, a sus documentos, posiblemente a su confianza. Jaime puede ser víctima o cómplice inconsciente, pero no es inocente del todo. Nadie que haya estado tan cerca de esta historia puede serlo”.

Teresa cerró el diario, envolviéndolo de nuevo en la tela de algodón con movimientos que pretendían ser cuidadosos pero que su propia tensión convertía en algo más cercano a la protección instintiva. Guardó el sobre con la carta.

- “Me quedo con esto”, dijo Teresa, y no fue una pregunta. “Hasta que sepamos más. Hasta que podamos entregarlo a alguien que actúe con esto de manera que... (buscó las palabras, encontrándolas en la experiencia de años de negociación familiar) De manera que no destruya a más gente inocente. Mi suegra no sabía lo que guardaba. Mis hijas no tienen nada que ver. Quiero que quede claro, cuando esto salga a la luz, que hay líneas que no se cruzan”.

Valeria asintió. Daniela guardó el portátil en su mochila. Las tres se levantaron simultáneamente, como si un acuerdo tácito hubiera decidido que el encuentro había llegado a su fin.

En la puerta de la biblioteca, Teresa se detuvo un último momento. Miró hacia atrás, hacia el dibujo de los tres chanchitos, hacia la mesa donde habían desplegado pruebas que conectaban muertes, desapariciones, falsificaciones que se extendían por años de historia urbana. Pensó en Emma, en su pelo que olía a champú de manzana, en la mano que buscaba la suya automáticamente. Pensó en Sofía, absorta en sus deberes de matemáticas, confiada en que los problemas tenían solución si se aplicaban las reglas correctas.

- “Chicas”, dijo, sin volverse. “¿Por qué el colegio? ¿Por qué aquí, con este dibujo de fondo?”

Valeria ya tenía la mano en el pomo de la puerta. Su silueta se recortaba contra la luz del pasillo, más brillante que el interior de la biblioteca.

- “Porque aquí es donde todo comenzó”, dijo Daniela. “Donde ustedes, yo, y otras personas, aprendimos que los cuentos tienen moraleja. Que los lobos existen, y que a veces llevan piel de oveja, y que la única protección real es saber reconocer los materiales de los que están hechas las cosas”.

Teresa asintió, aunque Valeria no podía verla. El dibujo de los tres chanchitos permanecía en la pared, inmóvil, testigo de generaciones de estudiantes que pasaban bajo su mirada de témpera agrietada sin comprender del todo la lección que ofrecía, que la resistencia no es cuestión de material, sino de conocimiento, de saber dónde están los puntos débiles, de quién tiene acceso a los cimientos.

Salieron al pasillo, y la puerta de la biblioteca se cerró detrás de ellas con un sonido que en otras circunstancias habría sido ordinario, pero que ahora resonaba como el cierre de un capítulo que ninguna de las tres estaba segura de haber terminado de leer.




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