Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 55

Daniela había memorizado la dirección de Carlos Zavala. La tenía escrita en un trozo de papel que guardaba en el fondo del bolso. La calle estaba en Menorca, no lejos del polideportivo que había dado nombre a todo aquel asunto.

Esperó hasta las seis de la tarde, no quería llegar de noche, pero tampoco cuando los vecinos podrían verla entrar y salir.

El timbre respondió con un zumbido eléctrico que sonó distorsionado. Ella estaba a punto de volver a pulsar cuando la puerta se abrió apenas una rendija, sujetada por una cadena de seguridad que permitía ver solo un ojo y parte de una mejilla sin afeitar.

- “No recibo visitas”, dijo la voz, áspera, con el acento de quien ha pasado mucho tiempo sin hablar con nadie.

- “Señor Zavala, soy Daniela Ruiz, periodista. Necesito hablar con usted sobre el estudio Moris”, expresó ella.

El ojo no parpadeó. La rendija permaneció inmóvil.

- “Sé que fue despedido. Sé que encontró algo en los expedientes del polideportivo. Y sé que Jaime Moris no firmó los documentos que llevan su nombre”, dijo Daniela.

La cadena tintineó al moverse, pero la puerta no se abrió más.

- “Se equivoca de persona”, dijo la voz, ahora más baja, casi un susurro.” Yo no sé nada de eso. Nunca trabajé en ningún estudio de arquitectura”.

- “Tiene razón”, respondió Daniela, manteniendo el tono calmado que había aprendido a usar con fuentes asustadas. “Usted no trabajó en ningún estudio. Usted trabajó en el estudio Moris, que es diferente. Y fue despedido”.

- “Váyase”, dijo finalmente la voz. “No sé quién le ha dicho que venga aquí, pero se ha equivocado de dirección”.

La puerta comenzó a cerrarse. Daniela no se movió, pero alzó ligeramente la voz para que atravesara la madera.

- “Carlos. Sé que hizo copias”, dijo Daniela, y aunque era una suposición lo dijo con firmeza.

El movimiento se detuvo. La rendija permaneció abierta, apenas suficiente para que ella pudiera ver que el ojo había cambiado de expresión, que algo en la tensión de la mejilla visible había cambiado.

- “No sé de qué me habla”, repitió, pero la frase sonó diferente ahora, menos convincente, más como un ritual que debía cumplirse.

- “Sé que hizo copias de los documentos con la firma falsificada”, insistió Daniela. “Y sé que esas copias siguen existiendo. No estoy aquí para quitarle nada. Estoy aquí porque necesito que alguien que entienda qué vio me ayude a entenderlo yo también”.

Pasó otro minuto. Luego otro. Daniela escuchó cómo la cadena se deslizaba por su carril metálico, el chasquido de la cerradura, el crujido de la puerta al abrirse finalmente.

Carlos Zavala tenía cincuenta años aproximadamente, aunque parecía mayor.

- “Cinco minutos”, dijo Carlos, sin apartarse del umbral. “Y hablamos aquí, en la puerta. No pase”.

Daniela asintió. No había ganado la batalla, pero tampoco la había perdido.

- “¿Cómo sabe lo de las copias?”, preguntó Carlos, sin mirarla directamente a los ojos, sino a un punto situado a la altura de su hombro izquierdo.

- “No lo sabía con certeza hasta ahora”, admitió ella. “Pero usted acaba de confirmármelo”.

La mejilla de Carlos se contrajo, un tic nervioso que parecía habitar allí desde hacía tiempo. Su mano derecha, que sostenía la puerta, mostraba las uñas mordidas hasta la carne viva.

- “Maldita sea”, murmuró, más para sí mismo que para ella.

- “Carlos”, dijo Daniela, bajando la voz a pesar de que no había nadie, “no soy la única que está buscando esos documentos. Hay gente que quiere que todo esto desaparezca. Y si encuentran las copias antes que yo, usted será el primer sospechoso”.

- “Ya lo soy”, respondió él, y por primera vez sus ojos se encontraron con los de ella, oscuros y húmedos, con el brillo particular de quien ha dormido poco y mal durante años. “Desde que me echaron, soy el sospechoso número uno de todo lo que salga mal en ese estudio. Cualquier error en cualquier proyecto, cualquier revisión que no se haga a tiempo, cualquier cliente insatisfecho. Todo es culpa mía, aunque lleve años fuera”.

- “Entonces ayúdeme”, dijo Daniela. “Ayúdeme a entender qué vio exactamente. Porque no fue simplemente una firma mal puesta, ¿verdad?”

Carlos la observó durante un largo momento. Luego, sin decir palabra, se apartó de la puerta y le hizo un gesto para que entrara.

- “No se siente”, dijo Carlos, aunque no había dónde hacerlo excepto en el borde de la cama. “Prefiero que estemos de pie”.

- “¿Cuándo lo descubrió?”, preguntó.

Carlos se acercó a la mesa, abrió una de las cajas de plástico, y extrajo una carpeta de cartulina amarillenta. La hojeó sin mirar el contenido, como quien ya sabe de memoria lo que contiene.

- “Enero de 2017”, dijo Carlos. “Yo era el arquitecto senior encargado de la revisión de planos para el polideportivo. No el proyecto original, sino las modificaciones que se hicieron después de la adjudicación. Cambios menores, los llamaban. Ajustes técnicos”.

- “¿Y qué encontró?”, preguntó Daniela.

- “Que los ajustes no eran menores”, respondió él. “Cambiaban la estructura de carga de las gradas. Sustituían el acero especificado por otro de menor resistencia. Modificaban el sistema de drenaje de la cubierta. Y todo aparecía como aprobado por Jaime Moris, con su firma, con su sello”.

- “¿Pero no lo estaba?”, cuestionó Daniela.

- “Jaime nunca firmó esos documentos”, dijo Carlos, usando el nombre de pila con una familiaridad que delataba años de relación. “Yo lo sabía porque trabajaba con él desde 2004. Conocía su rutina, sus horarios, su forma de revisar los planos. Jaime nunca aprobaba modificaciones sin ver los cálculos estructurales originales, y esos cálculos nunca llegaron a su mesa. Alguien los interceptó, los modificó, y luego los presentó como si él los hubiera autorizado”.

- “¿Y qué hizo usted?”, consultó Daniela.

- “Lo que debía”, respondió Carlos, y su mano derecha se cerró en un puño que luego se abrió, como si soltara algo invisible. “Fui a hablar con él. Le mostré los documentos. Le dije que había inconsistencias en la cadena de aprobación”.




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