Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 57

La respuesta llegó en menos de dos minutos, lo que significaba que estaba esperando.

- "Llámame. Línea segura."

Daniela salió a la calle, caminó hasta un parque cercano donde las conversaciones de los paseantes proporcionaban el anonimato que necesitaba, y marcó el número que tenía memorizado.

- “¿Conseguiste algo?”, preguntó Andrés, sin saludo previo.

- “Más de lo que esperaba”, respondió ella. “Carlos Zavala existe, tiene los documentos, y está dispuesto a entregarlos. Pero hay algo más. Alguien ha estado preguntando por él. Un hombre que encaja con la descripción de quien me abordó a mí en el ayuntamiento”.

Hubo silencio en la línea. Luego, el sonido de teclas siendo pulsadas a velocidad.

- “El mismo hombre”, dijo finalmente Andrés. “O alguien que trabaja para la misma estructura. He estado analizando los metadatos del mensaje que recibiste, el que te citaba en el ayuntamiento. El teléfono desde el que se envió estaba registrado a nombre de una empresa de consultoría que no existe, pero que aparece como contratista en tres proyectos municipales diferentes. Y en todos ellos, como supervisor de calidad, figura un nombre: M. Aguirre”.

- “Manuel Aguirre”, completó Daniela.

- “Exacto. Pero aquí viene lo interesante, el hombre que te envió ese mensaje, el que te abordó en el ayuntamiento, no es empleado de ninguna de esas empresas. No tiene contrato, no aparece en nóminas, no tiene seguridad social registrada. Es un fantasma, Daniela. Alguien que existe solo cuando necesita existir”, explicó Andrés.

- “¿Un sicario?”, preguntó ella, y la palabra sonó extraña en su boca, demasiado cinematográfica para la realidad que estaba viviendo.

- “No”, respondió Andrés, y su voz adquirió un matiz que ella reconoció, el que usaba cuando había descubierto algo que cambiaba todo. “Un evaluador, alguien cuyo trabajo no es eliminar problemas, sino identificarlos. Alguien que se acerca a las fuentes, a los testigos, a los periodistas curiosos, y averigua exactamente qué saben, cuánto saben, y con quién lo han compartido”.

Daniela sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frío de la noche.

- “¿Estás diciendo que...?”, empezó Daniela.

- “Estoy diciendo que no están intentando recuperar los documentos”, interrumpió Andrés. “Eso sería demasiado obvio, demasiado arriesgado. Si alguien entra a robar en el estudio Moris, o en el apartamento de Carlos Zavala, o en tu casa, se activan protocolos, se abren investigaciones, se generan más pruebas. No quieren eso”.

- “Entonces, ¿qué quieren?”, preguntó Daniela.

La respuesta de Andrés llegó después de una pausa que pareció eterna, aunque no debió durar más de unos segundos.

- “Saber quién los tiene”, dijo Andrés. “Identificar a todas las personas que conocen la existencia de esos documentos, a todas las que han visto las pruebas, a todas las que podrían testificar. Y luego, cuando tengan el mapa completo, cuando sepan exactamente quién sabe qué... entonces decidirán qué hacer con esa información”.

Daniela cerró los ojos, y de repente el parque y sus paseantes pareció un escenario irreal, un decorado detrás del cual se movían otras figuras, invisibles y peligrosas.

- “Cambias el sentido del peligro”, dijo Daniela, y su voz sonó más calmada de lo que se sentía. “No es que corramos riesgo porque tengamos algo que ellos quieren. Corremos riesgo porque somos algo que ellos necesitan catalogar”.

- “Exactamente”, confirmó Andrés. “Y eso es peor. Porque un ladrón que quiere recuperar un objeto tiene un objetivo limitado, una operación concreta. Pero alguien que necesita mapear una red de conocimiento... esa persona no se detendrá hasta tenerlo todo. Hasta saber quién habló con quién, quién vio qué, quién podría haber hecho copias o fotografías o grabaciones”.

Daniela abrió los ojos y miró alrededor, estudiando los rostros de los desconocidos con una suspicacia.

- “Carlos Zavala”, dijo Daniela. “Si han estado preguntando por él, si han enviado a alguien a su edificio…”

- “Ya está catalogado”, completó Andrés. “Y si tú has ido a verlo, si has entrado en su apartamento, si has hablado con él... tú también”.

- “Y Valeria”, añadió Daniela, y el nombre sonó como una acusación en su propia boca. “Si Aguirre la presionó en el estudio, si sabe que ella está investigando…”

- “Valeria también está en el mapa”, confirmó Andrés. “Y Teresa, si ha recibido esa caja. Y Jaime Moris, obviamente. Y cualquiera que haya tenido contacto con cualquiera de ustedes en los últimos meses”.

Daniela se llevó la mano libre a la frente, masajeándola con los dedos como si pudiera aliviar la presión que sentía creciendo detrás de los ojos.

- “¿Qué hacemos?”, preguntó Daniela. “Si ya saben de nosotros, si ya nos tienen identificados…”

- “Hacemos lo único que podemos hacer”, respondió Andrés. “Seguir adelante, pero con la certeza de que no somos invisibles. De que cada paso que damos es observado, evaluado, registrado. Y que el tiempo que tenemos para actuar antes de que decidan cómo gestionarnos... es limitado”.

- “¿Cuánto?”, preguntó Daniela.

“Imposible saberlo. Podrían estar ya preparando algo. Podrían estar esperando a ver si nos rendimos solos, si abandonamos. O podrían estar esperando a que tengamos todo reunido, para llevárselo de una vez”, respondió Andrés.

Daniela pensó en la caja que Teresa guardaba, en los documentos que Carlos Zavala había acumulado durante años, en las pruebas que el hijo de Alcira Vázquez había documentado con su cámara de fotos. Todo ese conocimiento disperso, vulnerable, esperando a ser conectado o destruido.

- “Mañana vuelvo a ver a Carlos”, dijo Daniela. “Recojo los documentos y los llevo a un lugar seguro”.

- “No vayas sola”, pidió Andrés. “Y no vayas directamente. Usa el protocolo que te envié la semana pasada, el de las tres paradas”.

- “Lo haré”, afirmó ella.

- “Y Daniela…”, dijo Andrés.




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