Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 58

Valeria dejó el sobre de papel marrón sobre la mesa de Jaime, quien no miró el sobre inmediatamente. Valeria observó cómo sus nudillos se blanqueaban levemente, la única señal visible de que algo en su interior se había tensado.

- “No voy a preguntarte si falsificaron tu firma” dijo Valeria. “Ya sé que no fuiste tú”.

Jaime levantó la vista. Sus ojos la examinaron con una intensidad que no contenía hostilidad, sino algo más complejo.

- “Entonces”, dijo Jaime, “la pregunta correcta es quién podía hacerlo”.

Valeria asintió una sola vez, sin apartar la mirada.

Jaime se levantó de la silla con lentitud, se se acercó a la ventana, cuando habló, sus palabras parecieron dirigirse más al vidrio empañado que a Valeria.

- “El robo”, dijo Jaime. “El que te mencioné. Alguien tuvo acceso a los archivos originales durante el caos”.

Valeria sintió que el pulso se le aceleraba en las sienes, un latido sordo y persistente.

- “¿Quién tenía acceso esa noche?”, preguntó Valeria, y notó que su propia voz había bajado de volumen, imitando inconscientemente la cautela de Jaime.

Jaime se volvió, extendió una mano y comenzó a contar con los dedos, cada nombre pronunciado con la precisión de quien ha rehecho esta lista innumerables veces en su mente.

- “Zavala estaba en el estudio hasta tarde, como era su costumbre. Sandoval, quien te mencioné, que reemplazó a Zavala después del despido. La asistente de entonces, una chica joven que duró poco. Y el vigilante nocturno, Goya, que ya no trabaja aquí”, expresó Jaime. “No te señalo a ninguno. No tengo pruebas. Pero el círculo es ese. Alguien entre ellos tuvo la oportunidad, el acceso y el conocimiento de dónde estaban los archivos originales”.

- “¿Por qué no lo denunciaste?”, preguntó Valeria.

- “¿A quién? ¿Con qué pruebas? Para cuando me di cuenta de que algo estaba terriblemente mal, ya era demasiado tarde. Francisco estaba muerto. Los documentos estaban alterados. Y yo... (Hizo una pausa, y su voz se quebró apenas, un resquicio en la armadura) Yo estaba atrapado en mi propia firma”, respondió Jaime.

- “¿Por qué podrían ser más sospechoso?”, cuestionó Valeria.

Jaime regresó a su silla. Se sentó con la espalda curvada.

- “Zavala era... es complicado”, dijo Jaime, eligiendo las palabras con visible cautela. “Tenía talento, mucho talento. Pero también tenía deudas. Apuestas, supongo. Nunca me lo confirmó, pero se notaba en la forma en que miraba el dinero, en cómo su cuerpo se tensaba cuando hablaban de bonificaciones o de ascensos”.

Valeria recordó el expediente que había revisado, los documentos que mostraban inconsistencias en los cálculos de estructura, la firma de Jaime que parecía demasiado uniforme, demasiado perfecta.

- “¿Y Sandoval?”, inquirió Valeria.

- “Sandoval llegó después”, dijo Jaime, y algo en su tono cambió, una reserva que Valeria no supo interpretar. “Era ambicioso, quizás demasiado para su propio bien. Quería demostrar que podía hacer el trabajo de Zavala en la mitad de tiempo. A veces eso lo llevaba a... tomar atajos”.

Jaime hizo una pausa, y sus ojos se perdieron en algún punto del escritorio, como si revisara memorias que preferiría no tener.

- “La asistente”, continuó Jaime, “era una chica recién salida de la universidad. No recuerdo su nombre. Estuvo apenas seis meses, después desapareció. No renunció formalmente, simplemente dejó de venir. Nadie la buscó demasiado; en aquella época, el estudio atravesaba... dificultades. La gente entraba y salía”.

- “Y Goya”, dijo Valeria.

- “Goya”, repitió Jaime. “El vigilante era un hombre silencioso, de esos que parecen fundirse con las paredes. Llevaba años en el edificio, conocía cada rincón, cada cerradura. Después del robo, solicitó un traslado. Luego otro. Hasta que dejó de trabajar para la empresa de seguridad por completo”.

Valeria sintió que algo se movía en su interior, una intuición que aún no tomaba forma definida pero que presionaba contra sus costillas, demandando atención.

- “¿Sabe dónde está ahora?”, preguntó Valeria.

Jaime negó con la cabeza.

- “Perdí el rastro. No intenté demasiado seguirlo, para ser honesto. En aquel momento, lo que más deseaba era que todo se olvidara, que el polideportivo se terminara, que la gente dejara de hacer preguntas”, respondió Jaime.

Se interrumpió, y Valeria vio cómo sus manos se cerraban sobre el borde del escritorio, los nudillos prominentes como nudos en la madera.

- “Me equivoqué”, dijo Jaime. “Pensé que si no miraba, si no preguntaba, la culpa se disolvería. Pero no funciona así. Francisco sigue muerto. Y ahora tú... (Levantó la vista hacia ella) Ahora tú has venido a recordármelo”.

Valeria no supo qué responder. Había venido buscando respuestas, no para ofrecer consuelo. Pero algo en la postura de Jaime, en la forma en que su cuerpo parecía haberse encogido sobre sí mismo, le resultaba inquietantamente familiar.

- “Necesito nombres completos” dijo Valeria. “Direcciones, si las tiene. Cualquier cosa que me permita encontrar a estas personas”.

Jaime la observó durante un largo momento, como evaluando hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Luego, con un suspiro que pareció arrancarse de lo más profundo, abrió un cajón del escritorio y extrajo una libreta de tapas gastadas.

- “Aquí tengo anotaciones”, dijo Jaime. hojeándola con dedos que temblaban apenas. “No son muchas. Intenté no guardar nada que pudiera comprometerme. Pero hay direcciones antiguas, teléfonos que probablemente ya no funcionan. Es lo que pude rescatar”.

Extendió la libreta hacia Valeria, quien la recibió con cuidado. El papel estaba amarillento en los bordes, y la tinta de algunas entradas se había corrido ligeramente, borroneada por el paso del tiempo o quizás por el sudor de las manos que la habían sostenido.

- “¿Por qué guardó esto?”, preguntó Valeria, sin poder contenerse.

Jaime se encogió de hombros nuevamente, pero esta vez el gesto pareció más ligero, casi liberador.




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