Los ojos marrones y hundidos en las órbitas de doña Alcira se encontraron con los de Valeria, que siempre parecían brillantes y curiosos, cómo si pudiera ver más allá de lo que era evidente.
- “Usted tiene acceso a cosas que yo no tengo”, dijo Doña Alcira. “Puede moverse donde yo no puedo. Preguntar lo que yo no me atrevo”.
Valeria sintió el peso de la responsabilidad asentarse sobre sus hombros con una fisicalidad casi dolorosa.
- “Haré lo que pueda”, dijo Valeria, y las palabras sonaron inadecuadas, demasiado pequeñas para la magnitud de lo que se le pedía.
Doña Alcira la observó durante un momento más. Luego, con un gesto que pareció costarle un esfuerzo considerable, volvió a girarse hacia la cazuela. Tomó la cuchara y comenzó a remover la cebolla con movimientos mecánicos, como si nunca hubiera interrumpido su tarea.
- “La cena estará lista en veinte minutos”, dijo doña Alcira, y su voz había recuperado esa cadencia monocorde, remota. “Si quiere quedarse a comer”.
Valeria comprendió que había sido despedida, no con palabras, sino con el retorno de Doña Alcira a los rituales de la supervivencia diaria. Pero también comprendió algo más, que la anciana le había confiado algo que no le había confiado a nadie en años, una sospecha que transformaba la muerte de Francisco de un accidente de trabajo en algo que se aproximaba, peligrosamente, a la evidencia de un crimen.
Se levantó de la silla con cuidado. En la puerta de la cocina, se volvió una última vez. Doña Alcira no se había movido.
- “Gracias”, dijo Valeria, aunque no sabía exactamente por qué.
Doña Alcira no respondió. Solo el chisporroteo de la cebolla, caramelizándose lentamente, llenó el silencio que siguió.
Mientras descendía las escaleras, Valeria sintió cómo algo cambiaba en su interior. No era solo la determinación que la había impulsado desde el principio, esa necesidad casi física de entender la muerte de Francisco. Era algo más complejo, una red de lealtades inesperadas que se tejía a su alrededor. Jaime, que buscaba redención. Doña Alcira, que buscaba justicia. Y ella misma, que de pronto se veía como el punto donde convergían sus silencios, la única que podía convertir sus sospechas aisladas en un relato coherente.
En una esquina, Valeria se detuvo y extrajo la libreta de Jaime. Bajo la luz de un farola, examinó las entradas, los nombres borroneados por el tiempo, las direcciones que probablemente ya no serían válidas. Pero había algo más, en las últimas páginas, que no había notado en el estudio. Una nota, escrita con letra diferente, más apresurada: Andrés - seguridad informática - contacto de Francisco.
Guardó la libreta y continuó caminando, ahora con un destino provisional, su apartamento, donde podría examinar con más detenimiento los materiales que poseía, donde podría intentar establecer conexiones que aún no veía con claridad. El nombre de Andrés resonaba en su mente.
Mientras caminaba, Valeria pensó en las lesiones de Francisco que no coincidían con una caída. En la grieta demasiado recta, demasiado limpia. En la arena de playa en el hormigón. Cada detalle, aislado, podía tener explicaciones inocentes. Pero juntos, formaban un patrón que solo podía interpretarse de una manera, alguien había saboteado la estructura del polideportivo. Alguien había provocado el accidente que mató a Francisco.
La pregunta que persistía, la que le impediría dormir esa noche y probablemente muchas más, era por qué. ¿Qué se protegía con tanto celo? ¿Qué intereses estaban en juego para justificar una muerte, quizás más? Valeria no tenía respuestas, pero tenía algo que consideraba más valioso en ese momento, direcciones, nombres, sospechas confirmadas por quienes habían cargado con ellas durante años. Y tenía la certeza, cada vez más firme, de que estaba en el camino correcto, aunque ese camino la llevara hacia lugares peligrosos.
Dentro de su apartamento, Valeria encendió una sola lámpara y extendió sobre la mesa los materiales que había ido acumulando. Comenzó a organizar, a establecer cronologías, a buscar coincidencias que pudieran no ser casuales. El robo en el estudio, que Jaime había mencionado. La fecha en que Francisco había tomado sus últimas fotografías. El día del accidente. Cada evento, colocado en secuencia, revelaba vacíos que demandaban ser llenados, conexiones que insistían en ser establecidas.
Fue entonces cuando notó algo que había pasado por alto en su prisa anterior. En la libreta de Jaime, junto a la entrada de Zavala, había una fecha anotada con letra diferente, más reciente que el resto del contenido: "14/03/2017". Y debajo, casi ilegible, unas iniciales: "J.R.M."
Las preguntas se acumulaban más rápido de lo que podía procesarlas, pero Valeria no sintió el agobio que cabría esperar. En su lugar, experimentó una extraña claridad, la sensación de estar finalmente en el camino correcto, de que cada nueva pregunta era en realidad una respuesta disfrazada, esperando a que desarrollara el código adecuado para interpretarlaM