Adriana cruzó la puerta de cristal templado de la oficina de Chen Holdings. Marcus Chen la esperaba de pie junto a la ventana panorámica que dominaba el distrito financiero de Singapur. No se volvió al oírla entrar.
- “Pensé que vendría antes”, dijo Chen, sin girarse.
- “Necesitaba estar segura”, respondió Adriana, dejando su bolso sobre la silla más cercana.
Chen se volvió finalmente. Sus ojos, oscuros y ligeramente almendrados, recorrieron el rostro de Adriana.
- “¿Y ahora está segura?”, preguntó Chen.
Adriana caminó hasta el centro de la habitación. Sobre la mesa de conferencias, el contrato global de Chen Holdings descansaba en su carpeta de piel negra, las esquinas perfectamente alineadas con los bordes de la mesa.
- “He revisado los términos una última vez”, dijo Adriana. “La cláusula de disponibilidad física continua. Los seis meses ininterrumpidos. La prioridad absoluta del proyecto sobre cualquier circunstancia personal”.
Chen asintió una sola vez, el gesto mínimo necesario para indicar que escuchaba.
- “Son estándares de la industria para proyectos de esta magnitud”, dijo Chen. “El puente interoceánico no admite interrupciones. Los plazos son plazos”.
- “Lo sé”, afirmó Adriana.
Adriana se acercó a la mesa. Sus dedos rozaron el borde de la carpeta sin abrirla.
- “He intentado renegociar los términos”, continuó Adriana. “Usted fue generoso al ofrecer flexibilidad en la cláusula de fertilidad. Pero los seis meses…”
- “¿Son innegociables?”, completó Chen. “No era una pregunta”.
- “No para mí”, dijo Adriana. Giró la carpeta para que la etiqueta con su nombre quedara orientada hacia Chen. “Firmar este contrato significaría posponer indefinidamente algo que no admito posponer más”.
Chen no se movió. Su expresión permaneció inalterable, esa máscara de cortesía profesional que Adriana había aprendido a leer como un idioma extranjero.
- “¿Está hablando de su proyecto de maternidad?”, preguntó Chen.
- “Estoy hablando de mi vida”, corrigió Adriana. Las palabras salieron con una firmeza que no había sentido hasta que las pronunció. “De la vida que estoy construyendo con Gabriel. De la posibilidad de ser madre, sí. Pero también de ser algo más que mi currículum. Algo más que el siguiente proyecto, el siguiente puente, el siguiente horizonte que conquistar”.
Chen permaneció en silencio durante unos segundos que se extendieron como goma de mascar en un calor inexistente. Luego caminó hasta la mesa, rodeándola para situarse frente a Adriana.
- “Ha viajado hasta Singapur”, dijo Chen. “Ha invertido tiempo, recursos, expectativas. Su firma en este contrato la colocaría en una posición que muy pocos arquitectos alcanzan en toda su carrera. El salario triple que negociamos. El equipo internacional. El control creativo absoluto sobre un proyecto”.
- “Lo sé”, repitió Adriana.
- “Entonces dígame qué es más importante que esto”, expresó Chen.
Adriana pensó en Gabriel, en la cita con la clínica de fertilidad, en el calendario que llevaba en el bolso con las fechas marcadas en rojo, en el miedo silencioso de que el tiempo se le agotara antes de que pudiera decidir quién quería ser.
- “La pregunta incorrecta”, dijo Adriana. “La pregunta no es qué es más importante. La pregunta es en qué orden importan las cosas. Y yo he decidido que primero soy madre. O al menos que primero me doy la oportunidad de intentarlo, he tenido una buena vida justo para esto”.
Chen tomó la carpeta del contrato. La abrió por la mitad, donde la página de firmas permanecía en blanco, esperando el trazo de tinta que la activaría. Con el pulgar, arrancó la hoja de un tirón limpio, sin esfuerzo aparente. El sonido del papel al desprenderse fue seco, definitivo.
- “Marcus…”, empezó Adriana.
- “No”, dijo Chen, levantando una mano. “No diga nada. No ofrezca disculpas ni explicaciones. Ha tomado una decisión. Yo tomo la mía”.
Guardó la hoja arrancada en el bolsillo interior de su chaqueta, dejando el resto del contrato sobre la mesa como un cuerpo incompleto. Luego extendió la mano.
- “Ha sido un honor considerarla para este proyecto, señora Vargas. Le deseo suerte en lo que viene”, dijo Chen.
Adriana estrechó la mano que se le ofrecía. La piel de Chen estaba tibia, casi humana, y por un instante creyó percibir algo más que cortesía profesional en la presión de sus dedos. Puede que fuera respeto. Puede que fuera alivio de no tener que trabajar con alguien cuyas prioridades no coincidían con las suyas.
- “Gracias por la oportunidad y por entender”, expresó Adriana.
Chen no respondió. Ya había girado hacia la ventana, recuperando su posición de estatua contra el paisaje urbano. Adriana recogió su bolso del asiento y caminó hacia la puerta.