Una hora después, en el hotel Adriana se sentó en una de las bancas de madera dispuestas en ángulo, dejando que el bolso descansara sobre sus rodillas. El estanque giraba su agua en círculos perfectos, y ella observó el movimiento durante varios minutos, tratando de encontrar en esa repetición mecánica algún tipo de significado.
Fue entonces cuando lo vio. En el reflejo de las ventanas del segundo piso, una figura que se apartó demasiado rápido, demasiado conscientemente, como quien ha sido sorprendido en un acto que no corresponde a su papel.
Aun así, está vez estaba segura de que era Tomás Echevarría. Recordó entonces la confusión del primer día, cuando el jet lag la había hecho ver su rostro entre los huéspedes del vestíbulo, y cómo había descartado la impresión como producto del cansancio. Ahora la certeza se imponía con la fuerza de lo evidente, no había sido una alucinación. Echevarría estaba allí.
Adriana se llevó la mano al bolso. El gesto fue automático, buscando el teléfono, pero sus dedos encontraron algo más. Un papel doblado en cuatro partes, introducido en el bolsillo interior donde normalmente guardaba los auriculares. No recordaba haberlo puesto allí. No recordaba haber dejado el bolso desatendido en ningún momento desde la salida de la oficina de Chen.
Desplegó el papel con movimientos lentos, conscientes de que podía estar siendo observada. La letra era compacta, casi ilegal en su determinación por ocupar el mínimo espacio posible:
"No firme nada. No confíe en Chen. Está vigilada, por haber hecho el diseño original del polideportivo. T.E."
Las iniciales al final no admitían duda. Echevarría. El concejal municipal que ella no sabía había desaparecido hacía semanas. El hombre que ahora está en Singapur le dejó advertencias crípticas en su bolso de mano.
Guardó el papel en el bolsillo de su chaqueta, junto al corazón. Luego sacó el teléfono y buscó en su lista de contactos un nombre que no había marcado desde su reunión escolar: Daniela Ruiz.
- “Hola Adriana, ¿por qué llamas tan tarde?”, preguntó Daniela.
- “Salí de una reunión en Singapur. Daniela, necesito que me digas algo. Y necesito que sea la verdad, porque leí aquel artículo”, respondió Adriana.
- “Estoy escuchando”, dijo Daniela.
- “Tomás Echevarría. El concejal de Urbanismo. ¿Qué sabes de él?”, cuestionó Adriana.
- “¿Por qué preguntas por Echevarría?”, replicó Daniela.
- “Porque acabo de verlo en Singapur. Porque me ha dejado una nota en el bolso. Porque parece estar siguiéndome desde que llegué, y no tengo la menor idea de por qué un concejal tendría interés en advertirme sobre Marcus Chen”, expresó Adriana.
- “No debería estar hablando de esto por teléfono”, dijo Daniela. Su voz había cambiado, adoptando el tono bajo y rápido que usaba cuando mencionaba fuentes anónimas o documentos que no existían oficialmente. “Pero dado que Echevarría ya ha contactado contigo... Adriana, ¿recuerdas el polideportivo de Menorca?”.
Adriana frunció el ceño. El polideportivo. Una infraestructura municipal, un concurso de adjudicación, el tipo de proyecto que su propia firma había descartado años atrás por falta de rentabilidad. No tenía ninguna conexión con su trabajo en Singapur, con Chen Holdings.
- “Vagamente”, dijo Adriana. “¿Qué tiene que ver?”
- “Eso es lo que estoy intentando averiguar”, respondió Daniela. “Echevarría desapareció después de descubrir irregularidades en los expedientes de adjudicación. Algo relacionado con materiales, con planos alterados, con la muerte de un obrero durante la construcción. No sé los detalles exactos; mi fuente principal se ha vuelto... cautelosa”.
- “¿Y Chen?”, cuestionó Adriana.
- “Chen Holdings no aparece en ninguno de los documentos que he podido revisar”, admitió Daniela. “Pero Echevarría debe tener información que nosotros no tenemos. Si te ha dejado esa nota, es porque cree que estás en peligro. O que tu firma en ese contrato activaría algo que él está intentando detener”.
Adriana miró hacia las ventanas del segundo piso. La figura no había vuelto a aparecer, pero la sensación de vigilancia persistía, tan palpable como la humedad en el aire tropical que el aire acondicionado no lograba eliminar por completo.
- “No firmé”, dijo Adriana. “He rechazado el contrato”.
El alivio en la voz de Daniela fue audible, aunque contuvo.
- “Eso explica por qué sigue vivo”, murmuró, más para sí misma que para Adriana. “Si hubieras firmado, si el proyecto hubiera avanzado…”
- “¿Qué?”, la interrumpió Adriana. “Daniela, estás hablando en acertijos. Dime qué está pasando. Dime por qué un concejal que conozco de vista, de algún trámite municipal hace años, ha decidido que soy una pieza importante en lo que sea que esté investigando”.
- “No lo sé con certeza”, confesó Daniela. “Lo que sí sé es que Echevarría no actúa al azar. Si te ha elegido como canal de comunicación, es porque cree que eres incorruptible. O porque tu posición en el proyecto de Chen te da acceso a información que él necesita”.
- “Pero ya no tengo posición en el proyecto. He renunciado”, expresó Adriana.
Adriana guardó silencio. El agua del estanque continuaba su giro infinito, indiferente a las revelaciones que caían sobre ella.
- “Necesito volver”, dijo Adriana.
- “No” la interrumpió Daniela, con una urgencia que no había mostrado hasta entonces. “No todavía. Si Echevarría ha arriesgado tanto para contactarte, es porque necesita algo de ti. Algo que solo puedes darle desde Singapur. O algo que solo puedes ver desde aquí”.
- “¿El qué?”, cuestionó Adriana.
- “Eso”, dijo Daniela, “tendrás que descubrirlo tú misma. Pero Adriana, ten cuidado. Si Echevarría tiene razón sobre Chen, si hay algo más grande detrás de todo esto... no eres la única persona que ha rechazado un contrato importante en las últimas semanas. Y no todos han tenido la oportunidad de contarlo”.