Andrés activó la reproducción. El sonido del casete comenzó con un silencio eléctrico, ese zumbido de fondo que identifica a las grabaciones analógicas. Luego una voz masculina, joven.
- “Paco, soy yo, el del otro día. Necesito que vengas a la obra mañana temprano. Antes de que lleguen los demás”, dijo la voz masculina.
Una pausa. El sonido de una respiración cercana al micrófono.
- “Qué pasa, jefe?”, preguntó Francisco.
Nada bueno. Encontré algo en los planos. La cimentación de la fase dos no coincide con lo aprobado. Alguien modificó las especificaciones después de que firmáramos el primer informe”, respondió la voz masculina.
Otra pausa, más larga. El ruido de fondo sugería una construcción en pausa, el silencio de las obras, con su particular densidad acústica.
- “¿Y eso qué significa?”, cuestionó Francisco.
- “Significa que la estructura no va a aguantar la carga. Van a aparecer grietas graves, Paco. Del tipo que hacen que los edificios se derrumban”, comentó la voz masculina.
Daniela sintió que los músculos de su mandíbula se tensaban. Su mano buscó la de Andrés sin mirarlo, y encontró los dedos fríos y rígidos.
- “¿Quién lo hizo?”, cuestionó Francisco.
- “No lo sé con seguridad. Pero vi quién firmó la modificación. J.M., en los planos originales. Y ayer, cuando vino el de Chen Holdings con su maletín, el supervisor le llamó Jefe. Le dijo: Todo está según lo acordado, Jefe. La modificación queda entre nosotros", manifestó la voz masculina.
La voz del interlocutor cambió, adquiriendo una urgencia que trascendió la distancia de años y formatos.
- “Paco, necesito que copies esos planos. Los originales y los modificados. Hay un estudio de copias en Fuencarral que abre toda la noche. Llévalos allí, pide que te hagan dos juegos. Uno para ti, otro para mí. Si algo pasa, al menos habrá prueba de que no fue un error de cálculo”, dijo la voz.
- “¿Y si me pillan?”, cuestionó Francisco.
- “No te pillarán. Mañana es festivo local, no hay nadie en el ayuntamiento. El único que podría enterarse es el concejal, y estará en su casa de la sierra. Rodríguez-Moreno siempre se va”, respondió la voz.
El nombre resonó en la sala como una confirmación física. Andrés detuvo la reproducción con un movimiento brusco del ratón.
- “Rodríguez-Moreno”, repitió Andrés. “Directamente nombrado. El día antes de que Francisco Sotomayor Vázquez muriera”.
Daniela ya estaba en pie. Cruzó la sala hasta la ventana, donde la luna proyectaba su reflejo en el cristal como una mancha blanquecina.
- “Necesitamos verificar que no estuvo en su casa de la sierra”, dijo Daniela. “Que no tiene coartada. Que…”
- “Eso es trabajo de la policía”, interrumpió Andrés. “O de un abogado. Nosotros tenemos lo que necesitamos, la prueba de que Rodríguez-Moreno estaba involucrado en la modificación de los planos, que conocía las consecuencias, que alguien murió intentando denunciarlo”.
- “¿Y si la policía está comprometida? ¿Y si Rodríguez-Moreno tiene contactos en comisaría, en fiscalía, en los juzgados?”, cuestionó Daniela.
- “Entonces haces lo que tú sabes, publicar la noticia”, dijo Andrés. “Exactamente como Carlos quería. Exactamente como Alcira arriesgó su anonimato para permitir, todos deben saberlo para que no lo puedan tapar”.
Daniela regresó a donde estaba sentado. Se agachó frente a él, a nivel de ojos, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro que competía con el zumbido del portátil.
- “¿Y si publicar es exactamente lo que quieren que hagamos? ¿Y si todo esto, desde Carlos hasta esta cinta, está diseñado para que actuemos precipitadamente, para que Rodríguez-Moreno pueda presentarse como víctima de una conspiración periodística?”, cuestionó Daniela.
Andrés no respondió. Sus dedos jugueteaban con el cable del auricular, enrollándolo y desenrollándolo en un movimiento mecánico.
- “Necesitamos una tercera fuente”, dijo Andrés. “Algo que no provenga de Carlos, ni de Marta, ni de Alcira. Algo que Rodríguez-Moreno no pueda atribuir a una conspiración”.
Daniela asintió. El gesto fue lento, pensado, como si cada milímetro de movimiento requiriera evaluación.
Salieron de la casa, con los documentos de Carlos en la bolsa de lona y la grabación de Francisco ahora convertida en archivos digitales en tres dispositivos diferentes: el portátil de Andrés, un USB oculto en el cierre de la bolsa de Daniela, y un servidor remoto al que solo Andrés tenía acceso, ubicado en un país cuya legislación de protección de datos era favorable a periodistas.
En algún lugar de la ciudad, en un apartamento sin registrar o en una habitación de hotel en alguna capital asiática, Jaime Rodríguez-Moreno dormía sin saber que su nombre había dejado de ser una abreviatura secreta para convertirse en el centro de una red de pruebas que se cerraba con cada hora que pasaba. O quizás no dormía. Quizás, como Daniela y Andrés, esperaba el amanecer con los ojos abiertos, preguntándose quién había hablado, quién había guardado silencio demasiado tiempo, quién había decidido que el precio del silencio había subido más de lo que podía pagar.
El caso, en cualquier caso, había dejado de ser una investigación periodística para convertirse en algo más grande y más peligroso, una carrera contra el tiempo, contra la memoria, contra la arquitectura misma de una corrupción que se había construido piedra sobre piedra, plano sobre plano, muerte sobre muerte, creyendo que nadie llegaría nunca a contar las historias que sostenían el edificio.