Daniela estaba en la tienda de productos de belleza, miraba los colores de los labiales, Andrés no estaba visible, pero Valeria sabía que debía de estar cerca, quizás en algún punto de vigilancia que dominara la entrada.
- “Jaime habló”, dijo Valeria, viendo algunas sombras.
Ambas mujeres parecían ser habituales clientes de maquillajes, no dos personas que estaban desentrañando un sistema de corrupción.
- “Me mostró un expediente”, dijo Valeria. “Los cálculos de estructura del polideportivo. Había inconsistencias que yo no habría detectado sin su guía, pero una vez que él señaló la primera, las demás saltaban a la vista. Coeficientes de seguridad que no cuadraban, valores de carga que parecían copiados de proyectos anteriores sin ajuste alguno”.
Sacó una hoja doblada, apuntes tomados a contraluz en el estudio de Moris, dejando disimuladamente entre los productos.
- “Cuando pregunté por Sandoval quien reemplazó Zavala, Jaime cambió. No sé explicarlo bien, pero fue como si hubiera estado esperando que llegáramos a ese nombre. Dijo que Sandoval llegó después, que era ambicioso, que quería demostrar que podía hacer el trabajo de Zavala en la mitad de tiempo. (Valeria hizo una pausa, buscando la formulación exacta) A veces eso lo llevaba a tomar atajos. Esa fue su expresión. Atajos”, explicó Valeria.
- “¿Mencionó a alguien más?”, preguntó Daniela.
- “La asistente”, respondió Valeria. “Una chica recién salida de la universidad. Jaime no recordaba su nombre, o fingía no recordarlo. Estuvo apenas seis meses, luego desapareció. No renunció formalmente, simplemente dejó de venir. Nadie la buscó demasiado; el estudio atravesaba dificultades, decía Jaime. La gente entraba y salía”.
Valeria observó cómo Daniela parecía mentalmente analizar todo lo que le estaba contando.
- “Y Goya”, añadió Valeria, bajando la voz. “El vigilante. Jaime lo describió como uno de esos hombres que parecen fundirse con las paredes. Llevaba años en el edificio, conocía cada rincón, cada cerradura. Después del robo, solicitó un traslado. Luego otro. Hasta que dejó de trabajar para la empresa de seguridad por completo”.
- “¿Te diste cuenta?”, preguntó Daniela. “De lo que acabas de describir”.
Valeria inclinó la cabeza, una invitación a continuar.
- “Tenemos un arquitecto con firma falsificada, un calculista que toma atajos, una asistente que desaparece sin dejar rastro, y un vigilante que huye de su propio empleo. Y todo gira alrededor del mismo edificio. El mismo proyecto. El mismo período de tiempo”, dijo Daniela.
Valeria asintió. Había llegado a la misma conclusión caminando bajo la llovizna, pero necesitaba que Daniela la verbalizara, que la convirtiera en algo tangible y compartible.
- “También encontré esto”, dijo, extrayendo de su bolsillo interior la fotografía que Jaime le había permitido copiar, introduciendo disimuladamente en la cartera de Daniela. “En los archivos de Moris. Aparece Francisco, el trabajador que murió en 2017. Está junto a Aguirre. Y hay alguien con un maletín con el logo de Chen Holdings es visible, aunque borroso”.
- “Jaime guardó esto durante años”, murmuró Daniela. “¿Por qué ahora? ¿Por qué contártelo todo a ti?”
- “Porque ya no puede sostenerlo solo”, respondió Valeria. “Porque el proyecto de Menorca ha vuelto. Porque sabe que si alguien va a desenterrar esto, prefiere que sea alguien que construya, no que destruya. Alguien que entienda que detrás de los planos hay personas”, comentó Valeria.
- “Valeria, necesito que me escuches con atención. Todo lo que has hecho hasta ahora ha sido invaluable. Sin ti, no tendríamos la mitad de estas conexiones. Pero a partir de este momento, tu participación activa termina”, dijo Daniela.
Valeria abrió la boca para protestar, pero Daniela levantó una mano, no en gesto de súplica sino de autoridad, de quien ha tomado una decisión irreversible.
- “No es negociable. Lo que estamos desenterrando no son irregularidades administrativas de hace seis años. Es una red que sigue operativa, que tiene recursos para silenciar testigos, para hacer desaparecer personas. (Señaló hacia la ventana, hacia la furgoneta blanca que seguía visible en la plaza) ¿Crees que es coincidencia que ese vehículo lleve ahí desde antes de que llegaras? ¿Que el conductor haya elegido precisamente esa boca de incendios, la única que tiene vista directa?”, cuestionó Daniela.
Valeria no había considerado ese detalle. Su mirada viajó hacia el cristal, hacia la silueta borrosa del hombre con el periódico.
- “Andrés ya lo verificó”, continuó Daniela. “La matrícula corresponde a una empresa de alquiler de furgonetas. La misma dirección que aparece en los documentos de Chen Holdings como centro de operaciones para este país”.
- “¿Qué quieres que haga?”, preguntó finalmente Valeria.
- “Vuelve a tu proyecto. Ocúpate de los talleres participativos, de las reuniones con los vecinos, de los planos que deben presentarse. Sé visible, sé predecible, sé exactamente lo que esperan que seas. Si desapareces de repente, si cambias tus patrones, alertarás a quienes vigilan. Si mantienes tu rutina, les tranquilizas. Y mientras tanto, Andrés y yo trabajaremos en las sombras”, manifestó Daniela.
Valeria suspiró tomó un par de productos para dirigirse a la caja.
- “Daniela. El título que pensabas usar. "La arquitectura de la corrupción". ¿Lo publicarás?”, preguntó Valeria.
La periodista finalmente alzó la vista. Sus ojos mostraban algo que Valeria no supo interpretar, determinación, quizás, o el peso de decisiones aún no tomadas.
- “Cuando tengamos la estructura completa”, respondió Daniela. “Cuando sepamos dónde apuntan todos los pilares. Publicar antes sería como levantar un edificio sin cimentación, se derrumbaría sobre nosotros; o buscaremos otra técnica, pero esto se va a tener que saber”.
Valeria asintió y salió a la plaza, donde la llovizna había cesado y el sol intentaba infructuosamente calentar el asfalto húmedo.