Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 69

Adriana abrió los ojos cuando el avión comenzó su descenso. La ventanilla mostraba una extensión grisácea de nubes bajas. Llevaba trece horas de vuelo desde Singapur, con escala en Estambul donde había cambiado de terminal sin salir del aeropuerto, sin dormir más que en fragmentos de veinte minutos que el cuerpo rechazaba como insuficientes.

En el bolsillo interior de su chaqueta de lino arrugada guardaba la nota de Echevarría. Adriana rechazó el café con un gesto automático, las manos ya buscando la carpeta que había insistido en llevar como equipaje de mano. Dentro, los planos originales del edificio de Menorca, los que ella había presentado en el concurso de 2015, antes de que Chen Holdings apareciera en su vida con ofertas que triplicaban sus honorarios.

Por otro lado, Daniela apagó el motor del coche al final del camino de tierra. El GPS había dejado de funcionar cuarenta minutos atrás, cuando la carretera se convirtió en una pista sin nombre que serpenteaba entre robles y huertos abandonados. Andrés consultó su teléfono, la pantalla mostraba solo el icono de búsqueda de red.

- “El último punto de referencia fue el pueblo de los años ochenta”, dijo Andrés. “La gasolinera con el letrero de Pepsi”.

- “Eso era hace veinte kilómetros”, comentó Daniela.

- “Quince*, replicó Andrés.

Daniela no respondió. Ambos habían memorizado las instrucciones que Elena Varela había dado por teléfono ayer, en una llamada que duró cuatro minutos exactos antes de cortarse. Antes, habían hablado con tres excompañeras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, dos vecinas del edificio donde vivía en 2016, un primo que fingía no saber nada. La granja no aparecía en ninguna parte, hasta que apareció.

Bajaron del coche. Daniela llevaba botas de senderismo que había comprado apresuradamente en una tienda, el precio todavía adherido a la suela interior. Andrés vestía la misma chaqueta de días atrás, cuando habían encontrado la carpeta de Marta Díaz en los servidores del ayuntamiento.

Una oveja pasó detrás del coche, moviéndose con la indiferencia de quien conoce el territorio mejor que los visitantes.

Elena Varela los miró. Tenía treinta y dos años, y no tenía la sonrisa de las fotografías de cuando era más joven.

- “No avancen más”, dijo Elena.

Su voz no tenía acento rural. Era la voz de alguien que había estudiado en la capital, que había trabajado en estudios de arquitectura.

- “Arquitecta Varela”, comenzó Daniela.

- “Elena. Solo Elena. La arquitecta murió en Menorca, en marzo de 2017. Ustedes están hablando con su fantasma”, empezó Elena. “Saben que no voy a declarar ante ningún juez. No voy a firmar nada. No voy a volver a Menorca. Si eso es lo que necesitan, pueden ahorrarse el tiempo y el combustible”.

- “No necesitamos que declare”, dijo Daniela. “Necesitamos entender qué vio”.

Elena rio, un sonido sin humor que terminó en tos seca.

- “¿Qué vi? Vi demasiado y vi demasiado poco. Esa es la tragedia de todo esto. Vi suficiente para saber que había algo podrido, e insuficiente para poder explicarlo sin sonar como una paranoica”, comentó Elena.

Se sentó en las escaleras de la entrada, las rodillas dobladas hacia el pecho, los brazos rodeándolas. Daniela reconoció la postura de alguien que había aprendido a ocupar el menor espacio posible, a hacerse invisible.

- “Trabajaba para Jaime Moris desde septiembre de 2016”, continuó Elena, sin que nadie le pidiera que empezara. “Recién titulada, beca del colegio, el sueño de cualquiera. Moris no era un arquitecto estrella, pero tenía contactos. Municipalidades que le adjudicaban proyectos de barrios, de centros culturales, de polideportivos. El tipo de trabajo que no sale en las revistas pero que paga las facturas”.

- “El polideportivo de Menorca”, dijo Andrés, desde abajo.

- “Ese, y otros. Pero sí, principalmente ese. Yo hacía los planos de ejecución, las mediciones, las revisiones de seguridad estructural. El trabajo aburrido que el arquitecto senior delega en el becario”, expresó Elena.

Elena se detuvo, mirando hacia el valle donde la niebla comenzaba a levantarse entre los robles. Daniela esperó, reconociendo que el silencio era parte de la entrevista, que Elena necesitaba construir su propio ritmo después de años sin hablar de esto con nadie.

- “En febrero de 2017”, continuó Elena, “recibí una llamada de la dirección de ejecución de obra. Dijeron que había discrepancias entre mis planos y los que ellos tenían en archivo. Que la cubierta no coincidía. Yo revisé mis archivos: jardín urbano, accesible, carga de 150 kg/m² para peatones y vegetación ligera. Sus archivos decían: no transitable, carga de 800 kg/m², conductos de ventilación hacia sótano de un edificio multifuncional colindante”.

Se volvió hacia Daniela, mirando a los ojos buscando alguna reacción.

- “Ocho cientos kilos por metro cuadrado. Eso no es para peatones. Eso es para equipos industriales. Para servidores. Para refrigeración masiva”, dijo Elena.

- “¿Quién había modificado los planos?”, preguntó Daniela.

- “Esa es la pregunta que hice yo. La dirección de ejecución me dijo que venían de mi estudio, con el visto bueno de Moris. Moris me dijo que nunca había aprobado esas modificaciones, que alguien había falsificado su firma. Ambos me miraban como si yo fuera la responsable. Como si la becaria recién llegada hubiera decidido transformar un polideportivo en... en lo que sea que estaban construyendo ahí”, respondió Elena.

Elena se levantó del escalón, caminó hasta el extremo del porche, regresó. El movimiento parecía necesario, un resto de energía contenida que no podía quedarse quieta.

- “Hice lo que cualquier idiota idealista habría hecho. Fui a hablar con el coordinador de obras. Alejandro Morante, ustedes lo conocen como Aguirre creo, se hacía llamar así entonces. Le mostré las dos versiones de los planos, le expliqué la discrepancia. Él me escuchó con mucha atención. Tomó notas en una libreta de cuero negra. Me dijo que investigaría personalmente, que era una irregularidad grave que merecía ser reportada a la concejalía de Urbanismo”, expresó Elena.




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