Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 70

Daniela y Andrés estaban atentos a cada una de las palabras de Elena, a todo aquello que completaba la verdad que la corrupción se había empeñado en ocultar.

- “¿Está segura?”, preguntó Daniela.

- “No lo suficiente para acusarla ante un tribunal. Lo suficiente para no olvidarlo en seis años. Marta Díaz era la asistente de Echevarría, sí, pero también aparecía en las reuniones de coordinación de obra. La vi dos veces en el estudio de Moris, entregando documentación. Nunca habló conmigo directamente, pero reconocí la voz. En la llamada de amenaza”, expresó Elena.

Elena se levantó definitivamente, caminó hacia la puerta de la casa, se detuvo con la mano en el pomo.

- “No sé quién está detrás de todo esto. No sé si es Chen Holdings, o el ayuntamiento, o alguna otra cosa que ni siquiera imagino. Solo sé que vi un fragmento, una pieza del rompecabezas, y que ese fragmento fue suficiente para que quisieran silenciarme”, dijo Elena.

Se volvió hacia Daniela, la miró fijamente.

- “Ustedes están buscando el mapa completo. La foto aérea que muestra cómo encajan las piezas. Pero no existe esa foto. Nunca existió. Lo que hay son docenas de personas que vieron fragmentos, que intentaron hablar, que fueron silenciadas o se silenciaron solas. Y ahora ustedes, que creen que si juntan suficientes testimonios podrán reconstruir la verdad”, manifestó Elena.

- “¿Y no es así?”, preguntó Andrés.

- “Es peor”, dijo Elena. “Y mejor. No necesitan más piezas. Necesitan demostrar que las piezas que ya tienen encajan de una manera específica. Que no es casualidad que Adriana, la arquitecta original, rechazó un contrato millonario con Chen Holdings”.

Daniela sintió algo que no supo nombrar, una presión en el pecho que no era exactamente sorpresa. La confirmación de algo que había intuido sin poder formular.

- “¿Cómo sabe lo de Adriana?”, cuestionó Daniela.

- “Porque sigo leyendo. Granjas ecológicas tienen internet, señora Ruiz. Y porque antes de que ustedes llegaran, alguien más contactó conmigo. Alguien que también vio un fragmento y también desapareció. Tomás Echevarría, o lo que queda de él. Me envió un correo, desde una dirección encriptada. Decía que alguien llamada Adriana estaba a punto de descubrir que su diseño había sido utilizado. Que necesitábamos estar preparadas para cuando ella volviera”, dijo Elena.

Elena abrió la puerta de su casa, el olor a leña quemada y hierbas secas saliendo al exterior.

- “Ella tiene la pieza central. El diseño original. La prueba tangible de que alguien transformó un edificio multifuncional comunitario al lado polideportivo en algo que no era. Sin su testimonio, todo lo demás son historias de fantasmas”, expresó Elena.

La puerta se cerró antes de que Daniela pudiera responder.

Adriana dejó la carpeta sobre la mesa del salón de su apartamento cuando llegó, había llegado un día antes del que Gabriel la esperaba, así que no había nadie y se puso a buscar entre sus viejos archivos.

Los planos originales se extendieron sobre la superficie de madera. El edificio multifuncional con conexión a un polideportivo de Menorca. Ahora revisaba esos planos con los ojos de alguien que había visto la otra versión. La que Echevarría le había mostrado en Singapur, con sellos de archivo municipal que ella no supo verificar.

La cubierta. Eso era lo que había cambiado. En sus planos, la especificación de carga aparecía en una nota al margen: "150 kg/m², verificada para peatones y vegetación ligera". En los planos modificados, esa cifra se había multiplicado por más de cinco. Y había algo más: los conductos de ventilación que descendían verticalmente desde la cubierta hasta el sótano, conectando con una "sala de calderas ampliada" que ella nunca había diseñado.

En su diseño original, el sótano era estacionamiento para bicicletas y almacén de mantenimiento. Una superficie abierta, sin divisiones estructurales importantes. En los planos modificados, aparecía dividido en compartimentos, con muros de carga que soportaban, ella calculó mentalmente, exactamente la distribución de peso que requeriría la cubierta de 800 kg/m².

Alguien había diseñado un centro de datos. Y había utilizado su estructura como camuflaje.

La mano de Adriana se detuvo sobre el plano del sótano. Había algo más, un detalle que no había notado en Singapur, que la distancia y el shock le habían impedido ver. En la esquina noroeste, donde su diseño mostraba una pared de contención simple, los planos modificados incluían una pequeña sala etiquetada como "cuarto de equipos eléctricos". Las dimensiones eran específicas: 2.40 metros de ancho, 4.80 metros de largo, altura libre de 2.10 metros.

Adriana reconoció esas medidas. Eran las de una sala de servidores estándar, la configuración que Chen Holdings utilizaba en sus instalaciones de Singapur. Lo sabía porque había visitado una de esas instalaciones.

Había diseñado, sin saberlo, la fachada perfecta para una operación de blanqueo de datos. Una estructura que parecía un edificio multifuncional comunitario para compartir con un polideportivo, que cumplía con todas las normativas municipales de espacios públicos, que recibiría fondos de la "Fundación Memoria y Futuro de Menorca" para actividades comunitarias que nunca se realizarían. Mientras en el sótano, servidores refrigerados por la cubierta industrial procesaban transacciones que ella no podía imaginar.

Adriana dobló los planos con cuidado metódico, el mismo que usaba para presentar propuestas a clientes exigentes. Los guardó en la carpeta, la carpeta en su bolso, el bolso sobre el hombro. No encendió las luces al salir. No cerró con llave.

En el descanso del ascensor, consultó su teléfono. Un mensaje de Gabriel, enviado hacía cuatro horas: "¿Cómo que ya has llegado? ¿Estás bien?". No respondió. Buscó otro contacto, uno que había guardado con un nombre falso: "Fontanería".

El mensaje que escribió decía: "Tengo la prueba. La estructura completa."




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