A las nueve y cincuenta y ocho, Adriana cruzó el arco de la calle de la Sal. La Plaza Mayor estaba desierta en su mayor parte.
Adriana localizó el banco en la esquina con la calle de la Sal sin dificultad. Daniela ya estaba sentada allí. Tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la barbilla hundida en la bufanda. Cuando vio a Adriana, sacó una mano y la levantó apenas dos dedos, sin levantarla del todo, como quien saluda a alguien que no quiere llamar la atención.
Adriana se sentó a su lado. Puso el bolso sobre las rodillas y lo abrió. La carpeta de plástico estaba intacta. Los planos, doblados en tres secciones, se veían a través del transparente: líneas azules sobre papel vegetal, la rotulación precisa de su estudio, la firma en el ángulo inferior derecho con la fecha de 2015.
- “Tengo todo”, dijo Adriana. Su voz sonó más baja de lo que esperaba, raspada por la falta de sueño y el frío.
Daniela no miró la carpeta. Miró a Adriana. Le estudió la cara con una atención que no era periodística. Las ojeras de Adriana eran profundas, amoratadas, y el pelo que en Singapur llevaba perfectamente recogido ahora le caía en mechones húmedos sobre la frente.
- “No has dormido”, dijo Daniela.
- “No”, afirmó Adriana.
Daniela asintió. No insistió. Sacó el teléfono del bolsillo del abrigo y comprobó la pantalla. Un mensaje de texto de Andrés, enviado hacía cuatro minutos: "Posición confirmada. Sin movimiento sospechoso. Proceded." Daniela borró el mensaje, se guardó el teléfono y volvió a meter la mano en el bolsillo.
A treinta metros, en el pasaje de San Ginés, Andrés estaba de pie bajo, junto a la puerta de la tienda de ropa cerrada con el cartel de "Se traspasa" pegado al cristal. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y miraba hacia la plaza sin girar la cabeza, solo con los ojos. No se movía. No había parpadeado en los últimos treinta segundos.
Adriana sacó la carpeta del bolso y la puso sobre sus rodillas, entre las dos.
- “El sótano”, dijo Adriana. “Mi sótano de bicicletas. Lo convirtieron en compartimentos para servidores”.
Daniela sacó la mano del bolsillo y puso la yema de los dedos sobre la carpeta, sin abrirla, como si necesitara tocarla para confirmar que existía.
- “Carga de ciento cincuenta kilos por metro cuadrado para peatones. Cubierta transitable con jardín urbano. Estructura ligera de acero y madera. Los modificados especifican ochocientos kilos por metro cuadrado. No transitable. Conductos de ventilación que descienden al sótano. Sala de calderas ampliada. Todo el esquema de un centro de datos, dibujado sobre mi proyecto como si fuera un patrón”, expresó Adriana.
Daniela abrió la carpeta. Los planos se desdoblaron con un crujido suave, el papel vegetal tembló bajo la brisa húmeda de la plaza. Las líneas azules se veían nítidas a pesar de la luz escasa. Daniela los recorrió con la mirada, deteniéndose en los detalles que Elena Varela les había descrito la noche anterior en la granja, respecto a la conexión del polideportivo con el edificio multifuncional contiguo.
- “Esto es la prueba tangible”, dijo Daniela.
- “Es mi firma”, dijo Adriana. “Es mi diseño. Y lo usaron para construir algo que no es un edificio multifuncional comunitario. Lo que caiga después, cae”.
Un grupo de turistas japoneses cruzó la plaza en fila india. El guía hablaba en voz baja, señalando las fachadas. Pasaron a diez metros del banco sin mirar a las dos mujeres.
Adriana dobló los planos con cuidado, los devolvió a la carpeta de plástico y la cerró. Se la guardó en el bolso que llevaba colgado al hombro, un bolso de tela oscura con una correa larga que le cruzaba el pecho.
- “Necesitamos hablar de Francisco Sotomayor Vázquez”, dijo Daniela, sin mirar a Adriana. Miraba al frente, hacia el centro de la plaza.
Adriana no reaccionó al nombre. No lo reconoció. Esperó.
- “El trabajador que murió en la construcción del polideportivo”, continuó Daniela. “El caso que se cerró como accidente laboral. Caída desde una cubierta sin barandas de seguridad”.
- “¿Qué tiene que ver con los planos?”, preguntó Adriana.
- “Francisco descubrió las modificaciones del polideportivo para que se ajusten a lo que necesitaban para el edificio multifuncional. Trabajaba en la obra. Vio que los materiales que llegaban no correspondían a lo que decían los planos originales, el polideportivo realmente no les importaba, ni su calidad, ni su funcionamiento. Acero de menor calibre. Hormigón con menos resistencia. Conductos de ventilación que no figuraban en ningún proyecto aprobado. Lo intentó denunciar. Habló con el jefe de obra, que lo ignoró. Fue a la delegación de Urbanismo, donde le dijeron que los cambios estaban aprobados por vía administrativa. Consiguió fotografías de los planos modificados en la caseta de obra. Las guardó. Y trece días antes de que la cubierta cediera y cayera, alguien lo empujó”, expresó Daniela.
- “¿Cómo lo sabes?”, preguntó Adriana.
- “Porque su madre lo contó. Alcira Vázquez. Guardó las fotografías de Francisco, las notas que tomó”, respondió Daniela.
Andrés cruzó el pasaje con pasos que sonaban huecos contra el suelo de piedra mojada. Al salir a la plaza, se acercó al banco y se sentó al otro lado de Daniela, dejando un espacio de medio metro entre ellos. No miró a Adriana. No la saludó. Se quedó mirando al frente.
- “Andrés”, dijo Daniela. “Adriana, este es Andrés. Es quien me ha estado ayudando con la parte digital. Excompañero del periódico.
- “Tenemos que hablar de Francisco”, expresó Andrés. Su voz era seca, sin inflexión, como si leyera de un documento técnico. No miraba a ninguna de las dos.
- “Ya le he contado lo de la denuncia”, dijo Daniela. “Las fotografías, los partes de obra, la muerte”.
- “No le has contado todo”, afirmó Andrés.
Adriana miró a Daniela. Daniela miró a Andrés. Andrés seguía mirando al frente.