Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 72

Daniela seguía mirándolo de perfil, y en ese perfil vio algo que no había visto antes, o que no había querido ver. La línea de la mandíbula, el modo en que los pómulos se tensaban cuando apretaba los dientes, la forma de las manos.

- “Valeria me lo contó”, dijo Daniela, y su voz se quebró en la penúltima sílaba, se recompuso en la última. “No directamente. No sabía que era Andrés. Me dijo que Alcira le había contado que Francisco había escondido el resto de la información en la casa de su hermano. En una caja fuerte”.

Andrés asintió. Un movimiento mínimo, casi un temblor.

- “No lo sabía”, dijo Andrés. “No sabía que tenía una caja fuerte en mi casa. Francisco vivió conmigo seis meses antes de la obra. Entraba y salía cuando yo estaba en la redacción. Tenía llave. Yo creía que guardaba herramientas. (Se detuvo. Tragó su saliva y el movimiento de su garganta fue visible, el tendón del cuello se tensó bajo la piel) Cuando murió, registré su habitación. No encontré nada. Cajas de herramientas, ropa, una cinta de casete que no tenía etiqueta. La guardé en un cajón y no la toqué durante años”.

- “La cinta”, dijo Daniela.

- “La cinta donde Francisco nombra a Rodríguez-Moreno. La que digitalizamos. La que está en tres dispositivos”, comentó Andrés.

- “¿Cuándo encontraste la caja fuerte?”, preguntó Daniela.

- “Hace cuatro meses. Estaba detrás de un panel de yeso en el trastero. Francisco lo había colocado él mismo, una tarde que llegó con material de construcción y me dijo que estaba arreglando una humedad. No le di importancia. Cuando abrí el panel, encontré la caja. Dentro había fotografías, partes de obra, correos impresos, y una nota de puño y letra de Francisco. Fecha: diez de marzo de dos mil diecisiete”, respondió Andrés.

- “¿Qué decía la nota?”, cuestionó Daniela.

- “Que si él no volvía, alguien tenía que saber. Que lo que habían hecho con el polideportivo no era un accidente ni un error. Que los planos habían sido modificados para conectar con un centro de datos con un edificio, no precisó cuál. Que el dinero venía de una empresa que no aparecía en ningún registro municipal. Y que el hombre que coordinaba todo, el que venía a la obra con un maletín y un traje azul marino, se hacía llamar Morante, pero que su nombre real no estaba en ningún papel oficial”, manifestó Andrés.

Andrés se detuvo. Sus manos seguían sobre las rodillas, los pulgares presionando los muslos.

- “No entré en esto por venganza”, dijo Andrés. “Llevo ocho años intentando demostrar que la muerte de mi hermano no fue un accidente. Empecé antes de dejar el periódico. Empecé antes de que Echeverría desapareciera. Empecé antes de que Chen Holdings existiera en mis archivos. Cuando la policía cerró el caso como accidente laboral, presenté un recurso. Me lo denegaron. Contraté un perito independiente. El informe concluía que la cubierta no podía haber cedido por un fallo de ejecución: los materiales no soportaban la carga que se les había impuesto. Llevé el informe al juzgado. Lo archivaron. Escribí a tres medios. Nadie publicó nada”.

- “Por eso conocías los servidores”, dijo Daniela. ‘Por eso sabías cómo funcionaba el acceso remoto a los archivos del ayuntamiento. Por eso sabías dónde mirar”.

- “Pasé seis años buscando los planos modificados. Sabía que existían porque Francisco los había visto. Sabía que estaban en algún archivo del ayuntamiento, en algún expediente, en algún servidor. Cuando dejé el periodismo y empecé a trabajar en seguridad informática, no fue por casualidad. Necesitaba las herramientas”, dijo Andrés.

- “Hasta que la información de la memoria USB te llevó a encontrar la carpeta de Marta Díaz”, replicó Daniela.

- “Ya encontramos los pagos, transferencias, nombres. Todo conectado. Aguirre, Construcciones Hermanos Ramírez, Echeverría. Chen Holdings detrás de todo”, expresó Andrés.

Adriana se levantó del banco. Dio un paso hacia delante, hacia el centro de la plaza, y se quedó allí, de espaldas a los dos.

- “Mi diseño”, dijo Adriana, y su voz sonó plana, sin aire. Mi edificio multifuncional comunitario”.

- “Tenemos tres fuentes”, dijo Daniela, mirando la pantalla. “Los planos originales de Adriana. La carpeta de Marta Díaz con las transferencias. Y ahora la caja fuerte de Francisco. Tres pruebas independientes que se confirman entre sí”.

- “Y la cinta”, añadió Andrés. “La cinta donde Francisco nombra a Rodríguez-Moreno”.

- “Cuatro”, dijo Daniela.

Daniela también se levantó. Adriana se colgó el bolso al hombro. Daniela se ajustó la correa del bolso de tela cruzándole el pecho. Andrés caminó primero, cruzando la plaza en diagonal hacia la calle Mayor, con pasos largos y regulares. Las dos mujeres lo siguieron a tres metros de distancia.

No vieron al hombre que salió del portal de la calle de la Sal treinta segundos después de que ellos cruzaran el arco. Llevaba un abrigo oscuro y caminaba sin prisa, con las manos en los bolsillos, en la misma dirección. No se detuvo en el banco. No miró hacia donde habían ido. Sacó un teléfono y marcó un número. Dijo cuatro palabras: "Ya tienen los planos." Colgó. Se guardó el teléfono. Y siguió caminando bajo la lluvia hacia la calle Mayor, con el mismo paso ni rápido ni lento, como alguien que ha terminado su parte y ahora solo queda esperar lo que viene después, alguien que era los ojos de Echevarría en la ciudad, la única persona en la que todavía confiaba.




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