Daniela se detuvo con la mano en el pomo de la puerta del estudio. Andrés ya había bajado el primer peldaño de la escalera y Adriana se ajustaba la correa del bolso sobre el hombro, pero algo retenía a Daniela en el umbral.
No era la decisión de publicar. Eso estaba resuelto. Lo que la paralizaba era otra cosa, cómo hacerlo sin que Carlos Zavala perdiera su refugio, sin que Echeverría saliera de su escondite para encontrarse con una emboscada, sin que Valeria, Teresa y Adriana se convirtieran en objetivos. Publicar un artículo en el periódico era el camino obvio. También era el más predecible. Y lo predecible, en este caso, significaba que sabrían exactamente a quién presionar, a quién amenazar, a quién destruir antes de que la tinta se secara en la página.
Un artículo era un objetivo. Un archivo en un servidor era un objetivo. Una persona con todas las pruebas era un objetivo. La imagen de Aguirre cruzando el umbral de la obra con su abrigo puesto y su carpeta de piel negra le cruzó la mente como un destello. Hombres así no destruían pruebas: destruían personas. Y lo hacían con la precisión de quien sabe exactamente dónde vive cada uno, dónde trabaja, por qué calle camina a las ocho de la mañana.
Pero varias personas, cada una con una pieza, en lugares distintos...
- “Espera”, dijo Daniela.
Andrés se detuvo en la escalera. Adriana giró desde el descanso.
- “No podemos publicar todo en un sitio”, dijo Daniela. “Si lo hacemos, saben dónde ir. Saben a quién callar”.
Andrés subió un peldaño. Su chaqueta, la misma que llevaba puesta desde hacía tres días, crujió en los hombros. La barba incipiente le oscurecía la mandíbula y tenía los ojos enrojecidos por el cansancio, pero la mirada estaba despierta, alerta, como la de alguien que ha dormido poco pero ha pensado mucho.
- “¿Qué propones?”, preguntó Andrés.
Daniela se giró hacia ellos. Sintió el frío del pomo todavía bajo los dedos, metálico y real.
- “Cada pieza de evidencia estaría en manos de alguien distinto. Carlos tiene los planos originales del polideportivo y las anotaciones manuscritas. Tú tienes la caja de Francisco, con la cinta y las fotografías. Adriana tiene los planos del edificio multifuncional que fueron modificados. Teresa y Doña Alcira tienen la caja. Valeria tiene su copia de los planos modificados del policlínico. Si publicamos todo junto, lo destruyen todo junto. Pero si cada persona mantiene su pieza y la hace pública desde un lugar distinto, al mismo tiempo…”, dijo Daniela.
- “No pueden silenciar a todos a la vez”, completó Andrés.
- “No pueden silenciar a nadie sin que las demás piezas sigan existiendo”, corrigió Daniela, y la distinción le pareció crucial, no un matiz sino la línea entre un plan que funcionaba y uno que se hundía.
Adriana apoyó la espalda en la pared del descanso. El bolso con la carpeta de planos se deslizó por su hombro y ella lo sujetó con la mano, un gesto que se había vuelto automático desde la noche anterior; y el abrazo y el aliento que le dió Gabriel cuando le contó todo. Su rostro delataba el esfuerzo de procesar lo que Daniela proponía. No era miedo exactamente. Era la concentración de alguien que está calculando ángulos, pesos, resistencias.
- “¿Y Echeverría?”, preguntó Adriana. “Si le nombramos como fuente…”
- “No le nombramos. No nombramos a ninguna fuente. No hay un artículo firmado por mí con todas las pruebas. Hay varios artículos, varios medios, varias voces. Carlos puede presentar una denuncia técnica ante el Colegio de Arquitectos. Adriana, tú presentas los planos ante la Comisión de Contratación como un caso profesional, sin política. Teresa y Doña Pilar pueden llevar las pruebas de la caja a la asociación de vecinos de Menorca. Andrés, la grabación de Francisco puede ir a un medio independiente. Y yo publico la lista de pagos de Marta Díaz”, explicó Daniela.
- “Y lo de los archivos de las transferencias de Marta Díaz va por tu lado”, dijo Andrés.
- "Yo soy la periodista. Si me atacan, me atacan a mí, no a las fuentes”, comentó Daniela.
Las palabras salieron con una firmeza que no sentía. Sabía lo que significaba ponerse delante. Lo había visto en otros casos, en otros periodos, en otras redacciones, el que firma es el que recibe las visitas, las llamadas, las presiones. Pero también era el que tenía un perfil público, un escudo construido a base de bylines y credenciales. Los demás no. Echeverría era un hombre mayor que vivía solo. Adriana, Valeria, Teresa y Doña Pilar eran mujeres que no habían pedido estar en esto. Carlos se escondía precisamente para no ser encontrado.