Adriana cruzó los brazos. Miró la carpeta de plástico que asomaba por la apertura del bolso, con el borde de los planos originales de 2015.
- “Necesitamos copias”, dijo Andrés. “Copias físicas. Servidores distintos. No un USB que puede perderse en un bolsillo”.
- “Mañana por la mañana”, expresó Daniela. Sacó el teléfono y abrió la lista de contactos. Los dedos le temblaban ligeramente, pero la voz no. “Todos al mismo tiempo. A las nueve. Carlos ante el Colegio de Arquitectos. Adriana en la Comisión de Contratación. Teresa y Doña Pilar en Menorca. Valeria presenta los planos que copió, los que muestran las modificaciones de carga. Y yo pulso publicar desde aquí”.
- “Cinco voces independientes”, dijo Andrés. Cinco pruebas que se confirman entre sí. Sin que ninguna sepa exactamente qué tienen las demás”.
- “Sin que puedan destruir una sin que las otras cuatro sigan existiendo”, dijo Daniela.
Desde algún piso vecino llegó el sonido lejano de una televisión, voces que no se distinguían, risas grabadas. La vida ordinaria siguiendo su curso al otro lado de las paredes mientras ellos tres construían algo que podía romperla o salvarla. Adriana fue la primera en moverse: sacó su teléfono y escribió algo. Luego levantó la vista.
- “Gabriel puede guardar una copia de mis planos en la oficina. Si algo me pasa a mí, él los tiene”, añadió Adriana.
- “Bien”, dijo Daniela. “Cada pieza necesita un respaldo en alguien que no aparezca en ningún papel”.
Andrés asintió. Abrió su teléfono y tecleó con pulgares rápidos.
- “Le envío a Carlos las instrucciones cifradas. Valeria... ¿cómo la localizamos sin exponerla?”, cuestionó Andrés.
- “A través de Teresa”, dijo Adriana. “Teresa la conoce desde el colegio. Puede pasarle el mensaje sin levantar sospechas. Una visita de amigas, un café, algo normal”.
- “Y Echeverría”, dijo Daniela. “Marta Díaz sabe dónde está. Si filtramos la información a través de terceros, alguien que Marta conozca y en quien confíe…”
- “Eso son demasiados eslabones”, dijo Andrés. Se frotó la nuca con una mano, un gesto que Daniela había aprendido a reconocer como su forma de procesar una idea que no le gustaba pero no podía refutar. “Demasiados para mantener el secreto”.
- “Es lo bastante corto para que funcione y lo bastante largo para que no puedan rastrearnos, si ella filtró la información también tiene un motivo, tal vez está también sea su única forma de salir”, dijo Daniela.
Andrés guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. Bajó la mirada al suelo durante unos segundos. Cuando la levantó, su mandíbula estaba apretada.
- “De acuerdo. Pero yo me quedo con la grabación de Francisco. Si va a un medio independiente, quiero entregarla en persona. No por correo, no por servidor. En persona”, expresó Andrés.
- “Hecho”, dijo Daniela.
Adriana ya había enviado su mensaje a Gabriel. Guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta oscura y miró a Daniela.
- “¿Y si no funciona? ¿Si publicamos y no pasa nada?”, preguntó Adriana.
- “Pasa algo”, dijo Daniela. “Siempre pasa algo. La pregunta es cuánto tardan en reaccionar y cómo lo hacen”.
Más tarde, Daniela caminó hacia la derecha, hacia la calle Huertas, y Andrés tomó la dirección opuesta. Adriana se quedó un momento bajo el dintel, con el bolso apretado contra el costado, antes de girar hacia Atocha.
Esa noche, Daniela no durmió. Se sentó en su apartamento con el portátil sobre las rodillas y el teléfono al lado, redactando el artículo en un documento sin conexión a internet. Cada frase la escribía, la leía, la borraba, la reescribía. No era un artículo de denuncia. No era un editorial. Era una pieza de documentación: fechas, nombres de empresas, números de transferencia, referencias a planos que otros poseerían y presentarían por separado. Su nombre aparecía en la firma, pero las pruebas no estaban en su texto. Estaban en cinco lugares distintos, esperando a ser presentadas por cinco manos distintas.
A las cuatro de la mañana, envió un mensaje cifrado a Andrés: «¿Carlos confirmado?». La respuesta tardó tres minutos: «Confirmado. Colegio de Arquitectos. Mañana a las nueve».
A las cinco, envió otro mensaje a un número que no tenía nombre guardado. «Mañana. Nueve. Medio independiente. Calle Miguel Moya 4. Pregunta por Berta». La respuesta llegó a las ocho: «Su respuesta fue entendido».