Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 78

Un tercer sobre llegó a la redacción del periódico, dirigido a Daniela Ruiz. Lo abrió en la mesa de trabajo que le habían asignado temporalmente, después de que el director aceptara publicar la ampliación del artículo y mantenerlo en línea a pesar de las presiones legales de Chen Holdings. La citación era idéntica. Jueves, diez de la mañana.

Daniela llamó a Andrés desde el teléfono cifrado.

- “¿Has recibido algo?”, preguntó Daniela.

- “No. Yo no estoy en la lista. Soy invisible para ellos”, respondió Andrés.

- “Bien. Sigue siéndolo”, dijo Daniela.

- “¿Vas a ir?”, consultó Andrés.

- “Tengo que ir. Los tres tenemos que ir”, aseveró Daniela.

El jueves, a las nueve y cuarenta de la mañana, los tres se encontraron frente al edificio de ladrillo visto y ventanas estrechas. El cielo estaba bajo y gris, con nubes que se movían rápido sobre los tejados. Adriana llevaba un abrigo negro, largo, con una carpeta de planos bajo el brazo. Carlos traía una maleta de ruedas con las cajas de evidencia reducidas a dos carpetas gruesas y un sobre cerrado. Daniela llevaba la mochila con el portátil y el USB dentro del forro del abrigo.

La funcionaria de unos cincuenta años, con gafas de pasta oscura, los recibió en la sala de espera del segundo piso. Pidió los documentos de identidad, los registró en un formulario con casillas numeradas, y les indicó que esperaran.

Carlos se sentó junto a Adriana. Daniela permaneció de pie, mirando por la ventana estrecha. Desde allí se veía la calle, los coches aparcados, una mujer con un carrito de la compra que pasaba sin mirar hacia arriba.

- “¿Sabes qué van a preguntar?”, dijo Carlos, en voz baja, sin girarse.

- “Van a pedirnos que identifiquemos los planos”, respondió Adriana. “Los originales y los modificados. Van a pedirnos que confirmemos las firmas”.

La puerta de la sala de comparecencias se abrió. La funcionaria de gafas oscuras les hizo un gesto. Entraron.

La sala tenía una mesa larga de madera oscura, tres sillas a un lado y tres al otro. Detrás de la mesa, tres personas, un letrado de la Comisión, con barba recortada y gafas de montura metálica; un técnico del área de Urbanismo, con una camisa de manga corta a pesar del frío exterior; y una representante del Ministerio Fiscal, una mujer de cincuenta y tantos años con el pelo recogido y una carpeta abierta.

La silla del centro, donde debería haberse sentado la presidenta de la Comisión, estaba vacía. Un cartel sobre la mesa, en el lugar donde habría estado su nombre, decía: "Recusada. Procedimiento en sustitución."

Dolores García-Castellanos no estaba. No podía estar. Sus iniciales aparecían en la lista de pagos que la propia Comisión estaba investigando.

El letrado habló primero. Pidió a los tres que se identificaran, que confirmaran que las pruebas presentadas el lunes eran suyas, que describieran el origen de cada documento. Adriana habló primero, los planos originales del edificio multifuncional comunal de Menorca, fechados en octubre de dos mil quince, firmados por ella, modificados sin su consentimiento. Describió la cubierta, era jardín urbano accesible en el original, superficie no transitable con carga de ochocientos kilogramos por metro cuadrado en el modificado. Conductos de ventilación verticales hasta el sótano. Sala de calderas ampliada. Configuración compatible con un centro de datos.

El técnico de Urbanismo tomó notas en un bloc de cuadros pequeños. La representante de la Fiscalía no escribió nada. Miraba a Adriana con una atención que no parpadeaba.

Carlos habló después. Abrió las dos carpetas de la maleta. Extendió los planos sobre la mesa, tanto originales y modificados, lado a lado. Señaló las firmas. Las suyas, falsificadas. Las de Jaime Moris, estampadas en fechas en las que Moris estaba documentado en Barcelona. Mostró los registros de acceso al estudio, las fechas, las horas. Su voz era seca, precisa, la voz de un arquitecto senior que había pasado treinta años leyendo planos y que ahora leía la verdad.

La representante de la Fiscalía le pidió que confirmara si había denunciado las falsificaciones en su momento. Carlos dijo que sí. Que fue despedido por ello. Que el despido no incluyó carta, ni expediente, ni razón documentada. Solo una llamada de Jaime Moris desde Barcelona, diciendo que "la relación profesional había llegado a su fin."

Daniela habló último. No presentó planos ni registros. Presentó su artículo, publicado en el periódico, y las referencias documentales que apuntaban a las pruebas que otros poseían. No llevó las pruebas físicas, el USB seguía en el forro del abrigo. No lo mencionó. No lo sacó. Su estrategia era que las pruebas vivieran en manos separadas, y ella no iba a reunirlas en una sola mesa.

El letrado le preguntó quién le había proporcionado la información. Daniela dijo que no podía revelar sus fuentes. El letrado insistió. La representante de la Fiscalía levantó una mano.

- “Estamos aquí para ratificar las pruebas, no para revelar fuentes”, dijo. “La periodista tiene derecho a proteger sus fuentes. Lo que necesitamos es que confirme que las pruebas referenciadas en su artículo corresponden a los documentos presentados por los comparecientes”.

Daniela confirmó. Cada referencia, cada documento citado en el artículo, correspondía a una prueba que estaba en la mesa o en manos de la asociación de vecinos o en el medio independiente. Cinco piezas. Cinco lugares. Ninguna concentrada en manos de una sola persona.

La comparecencia duró dos horas y cuarenta minutos. Cuando salieron, el pasillo seguía desierto, la funcionaria de gafas oscuras les entregó un acuse de recibo con la hora, la fecha y el número de expediente. Protección oficial activada. Traslado temporal de domicilio disponible. Prohibición de difusión de identidades.

En la acera, los tres se detuvieron un momento. Carlos arrastró la maleta de ruedas sobre el bordillo. Adriana guardó la carpeta de planos bajo el abrigo. Daniela se abrochó el abrigo hasta el cuello.




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