Esa misma noche, a las diez y cuarto, en el décimo piso de una torre de cristal de Orchard Road, Singapur, Marta Díaz estaba sentada en el borde de una silla que no era suya. El aire acondicionado mantenía la habitación a dieciocho grados.
Marta no trabajaba para Chen Holdings. Nunca había trabajado para Chen Holdings; aunque por órdenes de ellos a otros, se había visto obligada a amenazar gente. Trabajaba para el ayuntamiento en su país, como asistente del concejal Echeverría, y estaba en Singapur porque Echeverría le pidió que lo acompañara tiempo después que desapareció.
La lista de pagos que Marta había creado en los servidores del ayuntamiento el catorce de marzo de dos mil diecisiete no era un documento de Chen Holdings. Era un documento del ayuntamiento. Marta lo había redactado porque Echeverría se lo pidió, un registro de todas las transferencias, todos los pagos, todas las conexiones entre los nombres que aparecían en los expedientes de adjudicación. Un seguro. Una prueba de que la trama existía, guardada en los servidores institucionales donde nadie pensaría buscarla.
El expediente había sido consultado cuarenta y ocho horas antes desde el aeropuerto de Changi. Marta lo sabía porque había configurado una alerta, cualquier acceso al archivo disparaba un mensaje a su teléfono de pago anticipado.
Ahora, sentada en el borde de la silla que no era suya, Marta miraba las noticias en la pantalla de su portátil. Los artículos de Daniela Ruiz seguían en línea. El medio independiente había publicado la grabación completa de Francisco Vázquez. La asociación de vecinos de Vallecas había anunciado una auditoría. La Comisión de Contratación había abierto un expediente y recusado a su presidenta. Cinco piezas, cinco lugares, cinco acciones simultáneas que no podían ser silenciadas.
Marta cerró el portátil. Se levantó. Fue hasta la ventana panorámica y apoyó la frente contra el cristal, que estaba a temperatura ambiente.
Detrás de ella, la puerta del despacho se abrió. No con un crujido, sino con un silencio cuidado, el silencio de alguien que ha aprendido a moverse sin hacer ruido durante meses.
- “Marta”, fue lo primero que escuchó.
Ella no se giró inmediatamente. Reconoció la voz. La había reconocido desde el primer instante, pero se dio unos segundos, los que necesitó para que el aire acondicionado le secara el último rastro de humedad en las pestañas.
- “Ya es público”, dijo Echeverría, desde el umbral.
Marta se giró. Él estaba de pie en la puerta, con un maletín de cuero gastado en la mano izquierda y una llave en la derecha. La llave del apartamento protegido del décimo piso, el que Chen Holdings había alquilado a nombre de una sociedad registrada en Panamá, el que Echeverría había usado como refugio mientras vigilaba a Adriana, sin que imaginarán que se había escondido en la misma boca del lobo, y había esperado a que alguien, en su país, hiciera lo que él no había podido hacer solo.
- “He visto el artículo”, dijo Marta. Su voz sonó más aguda de lo que habría querido, más rápida, las consonantes apretadas contra el paladar. “Y la grabación. Y el expediente de la Comisión”.
Echeverría dejó el maletín sobre la archivadora. Se acercó a la ventana. No apoyó la frente en el cristal; se quedó a medio metro, mirando la cuadrícula de luces como quien mira un mapa que ya no necesita.
- “No podemos quedarnos aquí”, dijo Echeverría.
- “Lo sé”, respondió Marta.
- “Chen Holdings va a desalojar este piso en cuarenta y ocho horas. Ya han retirado el difusor de la recepción. El servicio de limpieza ha dejado de pasar. Es su forma de decir que el contrato ha terminado”, expresó Echevarría.
- “¿Y la cuenta de Orchard Road?”, preguntó Marta.
Echeverría abrió el maletín. Dentro había un pasaporte con cubierta azul que no era el suyo, un documento bancario con el sello de un banco de Singapur, y un sobre cerrado dirigido a la Fiscalía de su país.
- “La cuenta está cerrada. El dinero que entró en dos mil diecisiete ya no está allí. Lo transfirieron a una cuenta de la sociedad patrimonial en Panamá hace seis meses, cuando Chen empezó a mover sus activos”, dijo Echevarría.
- “¿Y el pasaporte?”, consultó Marta.
- “El pasaporte es falso. Lo he usado durante meses. Pero ya no lo necesito. (Echeverría sacó del maletín un segundo pasaporte) El verdadero está en regla. Lo recuperé en la embajada hace tres semanas, cuando el artículo de Daniela todavía no se había publicado pero yo ya sabía que iba a publicarse”, respondió Echevarría.
Marta lo miró. No con la postura de una asistente que mira a su jefe, sino con la postura de una mujer que había pasado semanas durmiendo en un apartamento de un edificio que no era suyo, comiendo en restaurantes que no conocía, hablando un idioma que no era el suyo, esperando a que algo que no dependía de ella finalmente ocurriera. Los hombros caídos. Las manos abiertas sobre los muslos.
- “¿Volvemos?”, preguntó Marta.
- “Volvemos, es el momento de regresar a casa”, dijo Echeverría.
Cerró el maletín. Guardó los dos pasaportes en el bolsillo interior de la chaqueta. Marta recogió su portátil, su teléfono de pago anticipado y la carpeta con los documentos que había reunido, registros de acceso a los servidores del ayuntamiento, copias de la lista de pagos, capturas de pantalla de las transferencias de Chen Holdings que había podido rastrear desde Singapur usando los accesos remotos que Echeverría le había configurado antes de desaparecer.
Bajaron en el ascensor. Diez pisos en silencio. La recepción del edificio estaba vacía. El difusor de madera de sándalo ya no estaba en la mesa de la entrada. El servicio de limpieza, efectivamente, había dejado de pasar. Una fina capa de polvo se acumulaba en el borde del mostrador de mármol.
En la calle, el aire de Singapur les dio en la cara como una pared de calor húmedo. Treinta y dos grados a las diez y media de la noche. Marta se quitó la chaqueta y la llevó doblada sobre el brazo. Echeverría no se quitó la suya. Caminaron hasta la calle. El taxi apareció antes de que levantaran la mano, como todo en Singapur. Pero esta vez, la precisión de la ciudad no se sintió como una jaula. Se sintió como un mecanismo que, por una vez, funcionaba a su favor, los llevaría al aeropuerto de Changi, y desde allí, un vuelo a su país, y desde ahí ala Fiscalía, la Comisión, el expediente abierto, la silla vacía de Dolores García-Castellanos, y las pruebas repartidas en manos que ya no podían ser silenciadas.