El cursor parpadeaba sobre la línea en blanco. Daniela Ruiz tenía los dedos suspendidos sobre el teclado, la yema del índice izquierdo apoyada en la tecla "A" sin llegar a presionarla. La redacción a su alrededor producía su rumor habitual, el traqueteo de las impresoras, el murmullo de la reunión de portada al fondo, el sonido metálico de una persiana que alguien subía en la planta de abajo. Pero ella no oía nada de eso. Oía, en cambio, la voz de Echeverría tal como la recordaba del último mensaje de Andrés, temblorosa, contenida, con esa cadencia de quien ha ensayado las frases durante semanas en una habitación sin testigos.
Escribió la primera línea: "El concejal Echeverría regresa el viernes con un sobre para la Fiscalía."
Se detuvo. Releyó la frase. La borró. La reescribió cambiando el orden de las palabras. Volvió a borrarla. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice, apretando fuerte, hasta que vio luces amarillas detrás de los párpados. Cuando abrió los ojos, la pantalla seguía allí, blanca, con el cursor latiendo.
El teléfono cifrado permanecía guardado en el cajón de la mesa, apagado. Sobre el escritorio, un vaso de papel con café frío y una pila de fotocopias que ya no necesitaba, los planos de Adriana, capturas de pantalla de las transferencias de Chen Holdings, la lista de pagos de Marta Díaz con las iniciales D.G.C. marcadas con bolígrafo rojo en tres fechas distintas. Todo eso estaba ya en manos de la Fiscalía, de la Comisión, de los abogados que se encargarían de convertir la evidencia en cargos. Su trabajo como periodista era otro, era contar lo que los papeles no podían contar solos.
El tercer artículo no iba a ser una lista de documentos. Iba a ser la historia de las personas que habían decidido, una por una, que el silencio ya no era una opción.
Tecleó durante cuarenta minutos sin levantar la cabeza. Escribió sobre Adriana, la arquitecta que había descubierto sus planos modificados en una terraza de un hotel de Singapur. Escribió sobre Carlos Zavala, el arquitecto senior que había resguardado la información con la esperanza de que alguien hiciera algo. Escribió sobre Alcira Vázquez, la mujer que había guardado fotografías y notas durante años, esperando el momento en que alguien estuviera dispuesto a escuchar la verdad de su hijo fallecido.
No usó sus nombres completos. Los protegió con iniciales y descripciones parciales, como Andrés le había enseñado años atrás, cuando todavía trabajaban juntos en la redacción y él le explicaba cómo cifrar un correo electrónico mientras almorzaban en la máquina expendedora del pasillo.
Cuando llegó al párrafo sobre Echeverría, se detuvo de nuevo. La pantalla mostraba la última frase escrita: "Una fuente con acceso directo a los expedientes de contratación del ayuntamiento confirmó que las modificaciones al proyecto del polideportivo de Menorca fueron aprobadas en tres sesiones no públicas entre marzo y junio de 2017, coincidiendo con transferencias desde una sociedad radicada en Singapur a otra registrada en Panamá."
Faltaba el testimonio directo. Echeverría y Marta Díaz llegarían al día siguiente, y sin sus palabras, el artículo era una estructura sin tejado, sólida, bien construida, pero incompleta. Guardó el documento, cerró el portátil y lo metió en la mochila.
El teléfono de la redacción sonó a las cuatro y veintitrés de la tarde. Daniela lo disolvió sin mirar el identificador.
- “Ruiz”, dijo Daniela.
- “Soy Andrés. ¿Estás sola?”, preguntó Andrés.
- “En la mesa, sí. La reunión de portada está al fondo”, respondió Daniela.
- “Echeverría llega mañana al mediodía. Vuelo desde Estambul, escala en Lisboa. Marta viaja por separado, llega por la tarde. No quieren coincidir en el aeropuerto”, expresó Andrés.
Daniela anotó los datos en un pos-it amarillo que pegó en el borde del monitor.
- “¿El sobre?”, preguntó Daniela.
- “Lo trae Echeverría. No sé qué hay dentro”, respondió Andrés.
- “¿Y la Fiscalía?”, consultó Daniela.
- “Ya están avisados. Un fiscal de la sección tercera les espera en una sala del juzgado a las cuatro de la tarde. No es la sede habitual. Echeverría insistió en que no quería pisar el ayuntamiento ni la Comisión”, respondió Andrés.
- “No le falta razón”, dijo Daniela.
- “Daniela (la voz de Andrés bajó medio tono), hay algo más. Aguirre ha desaparecido”, expresó Andrés.
- “¿Desde cuándo?”, cuestionó Daniela.
- “Su última tarjeta de crédito se usó ayer en una gasolinera de la AP-7, dirección norte, hacia la frontera. Después, nada. El teléfono apagado. El despacho del tercer piso cerrado con llave”, respondió Andrés.
Daniela apretó el auricular contra la oreja. El cable del teléfono se tensó. En la sala de reuniones al fondo, alguien rió y golpeó la mesa con la palma de la mano.
- “Si huye, tiene los documentos de la Comisión. Los originales, no las copias”, dijo Daniela.
- “Las copias están en la Fiscalía. Lo que tiene Aguirre son los papeles que lo incriminan a él directamente, los registros de sus llamadas a Liechtenstein, las anotaciones manuscritas de Carlos que él mismo retiró del archivo, la fotografía con el maletín de Chen Holdings en la obra de Menorca. Si los destruye, pierde su propio rastro, pero no la prueba principal”, expresó Andrés.
- “¿Crees que lo sabe?”, preguntó Daniela.
- “Creo que entendió que no podía silenciar cinco piezas de evidencia repartidas en cinco lugares distintos. Un hombre que huye a la frontera no es un hombre que tenga un plan. Es un hombre que ha perdido el control”, respondió Andrés.
Daniela miró por la ventana de la redacción. La ciudad se extendía bajo un cielo de nubes planas, blancas como papel de calco, que no prometían lluvia ni sol.
- “Mañana a las doce”, dijo Andrés. “Estaré en en el aeropuerto. No sola. Llevaré a un contacto de seguridad. No es periodismo, Daniela. Es extracción”.