Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 81

El viernes amaneció con una llovizna tan fina que no mojaba, la gente caminaba por las aceras sin paraguas, con la cara ligeramente inclinada hacia abajo. Daniela llegó al aeropuerto a las once y cuarenta y cinco. Llevaba la mochila con el portátil, el teléfono cifrado encendido, y una credencial del periódico que no pensaba usar. En la terminal 4, el movimiento de viajeros era el de cualquier viernes, maletas con ruedas que repiqueteaban sobre el mármol, pantallas de llegadas con letras verdes que se actualizaban con un parpadeo, el olor a café torrefacto de las cafeterías mezclándose con el aire reciclado de la climatización.

Andrés la esperaba en la zona de llegadas, junto a una columna revestida de madera clara. No llevaba maleta. Solo una chaqueta de cuero marrón con cremalleras en los bolsillos y un teléfono en la mano. Daniela lo reconoció por la postura, hombros ligeramente encogidos, barbilla metida hacia el cuello, los ojos moviéndose de las puertas automáticas a la pantalla de llegadas y de ahí a la hilera de taxis visibles a través del cristal. Era la misma postura que tenía en la redacción cuando revisaba un documento delicado.

- “El vuelo de Estambul ha aterrizado”, dijo sin saludarla. “Sale por la puerta B. No habrá problema, pero hay que ser rápidos”.

- “¿Has visto algo sospechoso?”, preguntó Daniela.

- “Un hombre con traje gris ha estado sentado en la cafetería durante una hora sin pedir nada. Se ha levantado hace cinco minutos y se ha dirigido a los aseos. Puede ser nada. Puede ser de Chen Holdings. Puede ser de la policía. No lo sé”, respondió Andrés.

- “¿Y el contacto de seguridad?”, cuestionó Daniela.

- “Aparcando. Furgoneta azul, sin logotipo. Placa de concesionario del sur”, dijo Andrés.

Las puertas automáticas se abrieron. Un grupo de viajeros con maletas y abrigos salió en oleada, una familia con dos niños pequeños, un hombre de negocios hablando por teléfono en alemán, una pareja joven con mochilas de trekking. Después, un hueco. Y en ese hueco, una figura sola.

Echeverría caminaba con pasos cortos, arrastrando una maleta de ruedas pequeña, de cuero gastado, con una correa suplementaria atada alrededor del cuerpo como si pudiera desintegrarse. Llevaba un abrigo beige demasiado grande para su complexión y una bufanda oscura enrollada dos veces alrededor del cuello. Su cara era la de un hombre que no había dormido en un avión, ojeroso, la piel de las mejillas tirante y seca, los labios agrietados. Pero sus ojos, detrás de unas gafas de montura metálica, recorrían la terminal con una velocidad que no coincidía con el resto de su cuerpo. Estaban despiertos. Estaban asustados.

Andrés avanzó tres pasos. Echeverría lo vio y se detuvo. No levantó la mano. No sonrió. Solo asintió una vez, con un movimiento mínimo de la cabeza, como confirmando una contraseña.

- “Concejal”, dijo Andrés en voz baja, extendiendo la mano.

- “Ya no soy concejal de nada”, respondió Echeverría. Su voz sonó rasposa, con un filo de cansancio que convertía cada consonante en un esfuerzo.

- “Por aquí”, expresó Daniela.

Los tres caminaron hacia la salida de la terminal. Daniela iba a la izquierda de Echeverría, Andrés a la derecha, ligeramente adelantado, como abriendo un corredor invisible entre la multitud. La furgoneta azul los esperaba en la zona de recogida, en segunda fila, con el motor en marcha.

El conductor, un hombre joven con el pelo rapado y una camiseta negra sin marcas, no giró la cabeza cuando subieron. Solo preguntó "¿A dónde?" con un acento que Daniela no supo situar.

- “Plaza de Castilla”, dijo Andrés. “Juzgados. Entrada de atrás”.

La furgoneta se incorporó a la autopista de acceso. Echeverría se sentó en el asiento trasero con la maleta entre las piernas, las dos manos sobre la correa suplementaria. Daniela, a su lado, observó que los nudillos estaban blancos.

- “¿Está bien?”, preguntó Daniela.

- “He esperado mucho tiempo para hacer esto”, respondió Echeverría sin mirarla. “No estoy bien. Estoy aquí”.

No dijo nada más durante el trayecto. La furgoneta salió de la autopista y se metió por las calles del norte, donde los edificios residenciales se mezclaban con oficinas de cristal y parcelas vacías cercadas con vallas metálicas. Daniela miró por la ventanilla, un cartel publicitario de una marca de teléfonos, una parada de autobús con tres personas esperando bajo la marquesina, un perro atado a una farola que olfateaba la base de un contenedor. La normalidad de un viernes cualquiera, indiferente a lo que iba a ocurrir en una sala del juzgado de Plaza de Castilla.

El juzgado ocupaba un edificio de los años noventa, de hormigón visto y ventanas alargadas, con una entrada principal flanqueada por columnas cuadradas y una entrada de servicio en la parte posterior, junto a un aparcamiento para funcionarios. La furgoneta se detuvo junto a una verja metálica. Andrés bajó primero, miró a ambos lados del callejón, y abrió la puerta trasera.

Un fiscal los esperaba en un pasillo del sótano. Era un hombre joven, de unos treinta y cinco años, con traje gris y una carpeta fina bajo el brazo. No se presentó. Solo dijo "Por aquí" y los condujo por un pasillo. La sala donde entró Echevarría era pequeña, una mesa rectangular, cuatro sillas, una ventana que daba a un patio interior donde una araña de planta trepaba por una pared de ladrillo, ahí esperaba, su mejor amigo, que también era su abogado, quien le había aconsejado todo lo que tenía que hacer y quién le había informado lo que ocurrió en su país.

- “Siéntese, por favor”, dijo el fiscal.

Echeverría no se sentó. Abrió la maleta. La correa suplementaria cayó al suelo con un sonido metálico de hebilla contra terrazo. Dentro de la maleta, bajo una camisa doblada y un neceser, había un sobre manila grueso, cerrado con cinta adhesiva de embalar y sellado con lacre rojo. Lo puso sobre la mesa con un golpe seco que hizo vibrar la carpeta del fiscal.




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