Jaime Moris se quedó de pie junto a la mesa de madera clara donde había extendido, horas antes, los documentos que Valeria le había puesto delante. La libreta seguía allí, abierta por la página con la anotación de 2017. Las fotografías seguían allí, con sus esquinas curvadas por la humedad de años en una caja de zapatos. La nota firmada con iniciales seguía allí, con su fecha exacta y su caligrafía que no era la suya pero que llevaba su nombre.
No recogió nada. Se sentó en la silla giratoria que usaba para revisar los planos en pantalla, y apoyó las dos manos sobre las rodillas.
Más de dos décadas de trabajo. Dos décadas de planos, de concursos, de maquetas a escala, de reuniones con clientes, de visitas a obra con el casco blanco que ahora colgaba del gancho junto a la puerta. Dos décadas construyendo un nombre que ahora era una firma en un documento que él no recordaba haber firmado, pero que llevaba su firma, y que había servido para algo que no podía deshacer mirando la pared de ladrillo visto de la sala de reuniones.
A la mañana siguiente llegó antes que nadie. Cuando las puertas se abrieron en el tercer piso, el estudio estaba exactamente como lo había dejado con la libreta abierta, las fotografías, la nota. Se dirigió a la mesa y, con un movimiento que no se permitió pensar, recogió todo y lo guardó en el cajón inferior del archivador, debajo de los planos del proyecto de viviendas sociales en Usera que llevaba meses sin tocar.
Luego se sentó en su sitio de siempre, encendió la pantalla, y abrió el correo electrónico. Había tres mensajes. El primero era del Colegio de Arquitectos, con un asunto que no terminó de leer porque lo cerró al ver la palabra "solicitud". El segundo era de un proveedor de materiales que confirmaba un envío. El tercero era de Carlos Zavala, con una sola línea: "He visto las noticias. No pienso llamarte."
Jaime releyó esa línea tres veces. La cuarta vez, apartó la mirada de la pantalla y la puso en la maqueta del polideportivo de Menorca que ocupaba la repisa superior.
Se puso de pie otra vez. Fue hasta el lavabo del fondo, se mojó la cara con agua fría del grifo que tardaba en calentar, y se miró en el espejo manchado de pasta de dientes seca.
Cuando volvió a la mesa, el teléfono móvil mostraba una llamada perdida de un número que no reconoció. Luego otra. Luego un mensaje de texto de un periódico que pedía declaraciones. Borro el mensaje. El teléfono volvió a vibrar. Lo apagó y lo dejó en el cajón con las pruebas que había guardado.
A las diez de la mañana, dos personas del Colegio de Arquitectos llegaron al estudio. No pidieron cita. Una de ellas, una mujer de unos cincuenta años con gafas de montura metálica y una carpeta bajo el brazo, pidió hablar con él en la sala de reuniones. El otro, un hombre más joven, se quedó en la recepción mirando las maquetas de los estantes con la curiosidad de quien visita un museo.
Jaime los hizo pasar. La mujer se sentó al extremo de la mesa de madera maciza, abrió la carpeta, y leyó en voz alta un párrafo que mencionaba "medidas cautelares", "imputación" y "procedimiento disciplinario interno". Cuando terminó de leer, cerró la carpeta y lo miró. Jaime no dijo nada. La mujer esperó.
“¿Tiene algo que declarar, don Jaime?”, preguntó ella.
“No”, respondió él.
La mujer asintió, se levantó, y los dos se fueron. La puerta del estudio se cerró y Jaime se quedó en la sala de reuniones mirando la silla donde la mujer se había sentado, que conservaba una leve impresión en el cojín de cuero.
Esa tarde, el nombre de Moris Arquitectura apareció en la edición digital de un periódico de arquitectura, en un artículo que repasaba los proyectos del estudio desde 1995 y que incluía, entre los hitos profesionales, una nota al pie con tres líneas sobre el polideportivo de Menorca y la imputación de Jaime Rodríguez-Moreno. La nota al pie usaba la palabra "supuesta" y la palabra "colaboración" y la palabra "investigación en curso". Jaime lo leyó en la pantalla de su ordenador con las manos apoyadas en el borde de la mesa, los pulgares presionando la madera hasta que la uña del derecho se puso blanca.
Llamó a su abogado. El teléfono sonó seis veces. Un contestador automático con una voz de mujer que pedía dejar un mensaje. Llamó de nuevo, otras seis veces. El mismo mensaje. Colgó, se sentó en la silla giratoria y se quedó mirando el techo, donde una grieta fina recorría el yeso desde la lámpara empotrada hasta la esquina.
Valeria no volvió al estudio. No llamó. No escribió. No envió a nadie. Jaime esperó, aunque no habría sabido decir qué estaba esperando, porque lo que Valeria le había puesto delante no era una pregunta que esperara respuesta, sino un espejo que no se podía apartar de la pared.
Esa noche, en el piso donde vivía solo desde hacía cuatro años, Jaime se sentó en el sofá con la televisión encendida en un canal de noticias que no estaba mirando. En la pantalla, una periodista joven hablaba de la Fiscalía Anticorrupción, de diligencias, de un fugitivo con orden de búsqueda. Su nombre no apareció en esa emisión, pero sabía que aparecería, y la diferencia entre la espera y la llegada era solo cuestión de horas.
Se levantó del sofá a las once, fue hasta el dormitorio, se quitó la chaqueta y la colgó en la percha del armario. Se sentó en el borde de la cama. Las manos le temblaban, no de frío ni de miedo, sino de algo que no tenía nombre exacto pero que se parecía a la sensación de estar en una obra cuando el encofrado cede y el hormigón empieza a escurrirse antes de tiempo, y uno sabe que no hay herramienta que lo detenga, que solo queda apartarse y esperar a que fragüe o que se desplome.
Por otro lado, Valeria estaba en la cocina de su departamento, sentada en una de las sillas de madera que había heredado de su madre y que no combinaban con nada pero que no iba a tirar. Sobre la mesa había una taza de té que se había enfriado hacía rato.