La cocina olía a lentejas. Teresa las había puesto a remojo la noche anterior, y ahora el guiso burbujeaba en la olla gruesa de barro que su suegra le había regalado el año en que se mudó a esa casa. El vapor empañaba la ventana que daba al patio interior, y la condensación dibujaba un arco irregular sobre el cristal que Teresa limpió con el puño de la bata sin pensar, como hacía siempre, como haría mañana y pasado mañana, porque las lentejas seguían necesitando remojo y la ventana seguía ahí.
Sofía estaba sentada a la mesa de la cocina con el cuaderno de matemáticas abierto. El problema siete seguía sin resolver. Tenía el lápiz apretado entre los dedos y la goma de borrar a la derecha, donde la dejaba siempre, y el pelo castaño le caía sobre la frente formando una cortina que separaba su cara del mundo. Teresa le puso un vaso de agua al lado del codo y Sofía no levantó la cabeza. Dijo «gracias» con la voz ausente de quien está dentro de un problema y no ha salido todavía.
Emma entró corriendo desde el salón. El olor a champú de manzana llegó antes que ella, fresco y dulce, y se coló entre el vapor de las lentejas y el aroma del pan que Teresa había sacado del horno media hora antes. Emma buscó la mano de Teresa automáticamente, se la agarró, y se quedó ahí, de pie junto a la encimera, con los dedos de Teresa cerrados sobre los suyos. No quería nada concreto. Solo estar.
- “¿Has terminado ya?”, preguntó Emma.
- “¿Terminar qué?”, dijo Teresa.
- “Lo que estabas haciendo”, comentó Emma.
Teresa no estaba haciendo nada. Estaba apoyada en la encimera con un vaso de agua tibia en la mano izquierda y la derecha ocupada por los dedos de Emma. Pero Emma tenía razón en algo, Teresa no había terminado. No había terminado nada.
- “Todavía no”, dijo Teresa.
Emma asintió con la seriedad de quien acepta una respuesta sin comprenderla del todo y salió corriendo de la cocina con el mismo impulso con el que había entrado.
Teresa se quedó sola con Sofía y el problema siete. El lápiz de Sofía raspaba el papel con una cadencia irregular, tres trazos rápidos, una pausa, un borrón, dos trazos más. Teresa reconoció el patrón. Era el mismo de siempre: Sofía avanzaba, retrocedía, avanzaba. No se rendía. Tenía la misma terquedad metódica que la abuela, la madre de Roberto.
Teresa dejó el vaso en la encimera. Se secó las manos en la bata y caminó al pasillo. El cuaderno estaba donde la había dejado, sobre la estantería inferior del salón, entre un álbum de fotos y un diccionario de cocina que nunca abría.
Lo abrió. Las páginas estaban en el estado en que las había dejado antes de la investigación, anotaciones sueltas, recetas intercaladas con observaciones sobre los niños, párrafos que empezaban con una idea y se perdían en otra.
En la página catorce, Lucas había dibujado un dinosaurio verde sobre un párrafo sobre el mercado central. En la página veintinueve, una mancha de yogur cubría media página. La página cuarenta y tres estaba arrancada por la mitad, y el trozo que faltaba era el que Mateo había usado para hacer un avión de papel que después encontró Teresa debajo del sofá, con las alas dobladas y una anotación suya sobre la diferencia entre soledad y aislamiento convertida en morfología de aeroplano.
Se sentó en el sofá con el cuaderno en las rodillas. Pasó las páginas despacio. Leyó fragmentos.
«La cocina de mi suegra huele a comino y a ropa planchada. Cuando entras, lo primero que ves no es la cocina sino la fila de delantales colgados en la puerta, cada uno con una mancha diferente que cuenta una historia diferente.»
Más adelante:
«Emma me preguntó hoy por qué llueve. Le dije que las nubes se llenan de agua y la sueltan. Me miró con cara de no creerme. Tiene razón. Las explicaciones simples nunca son verdad.»
Y más adelante, en una página donde la letra se hacía más pequeña, como si quisiera caber más en menos espacio:
«Carolina dice que Roberto no aparece en mi libro. Le dije que Roberto no aparece en mi cocina a la hora de cenar. No vi la conexión. Ahora la veo.»
Teresa cerró el cuaderno. Se quedó con las manos sobre la tapa, sintiendo la textura del cartón bajo los dedos, la espiral fría que le presionaba la muñeca derecha. La casa hacía ruido, el burbujeo de las lentejas, el raspar del lápiz de Sofía desde la cocina, el lejano golpeteo de los pies de Emma en el salón de arriba, el crujido del suelo de madera bajo el sofá. Sonidos de una casa con gente dentro. Sonidos que no habían cambiado en las semanas que Teresa había pasado fuera, en el desván, en Menorca, en la sede de la asociación de vecinos, cargando cajas y escuchando a una mujer mayor hablar de su hijo muerto.