Hacía dos meses que Singapur había quedado atrás para Adriana. La oferta de Chen Holdings, el despacho del décimo piso en Orchard Road, el rostro de Marcus Chen esperando una respuesta al otro lado de una mesa de cristal, todo eso formaba ya parte del archivo de cosas que habían sucedido y que no requerían más atención.
Ella le había dicho que no, en persona, mirándole a la cara. Le había dicho que no antes de saber nada de la trama de corrupción, antes de los nombres de Rodríguez-Moreno y García-Castellanos en los periódicos, antes de que la firma de Chen Holdings apareciera vinculada a transferencias en Panamá y Liechtenstein. Lo había dicho sin tener toda la información, sin conocer el alcance de lo que se movía detrás de los expedientes del polideportivo de Menorca. Lo había dicho porque la oferta no le encajaba, porque seis meses de presencia física en Singapur significaban dejar aquí lo que estaba construyendo, y lo que estaba construyendo no era un edificio sino una vida. Después llegaron las noticias, y las noticias confirmaron lo que ella ya había decidido por otras razones.
Las consecuencias profesionales existían. Lo sabía. Luis Piedra, el gerente general de la empresa, le había mencionado, sin insistir, que dos estudios habían preguntado por ella con un tono que no era el de ofrecer trabajo sino el de tomar la temperatura. "Quieren saber si sigues disponible", había dicho, y luego había añadido "no tienes que contestarles ahora", y había cambiado de tema con la misma naturalidad con la que se pasa de un expediente a otro. Ella no había contestado. No pensaba hacerlo.
A las once, el teléfono de la mesa sonó. Era Luis Piedra.
- “¿Tienes un minuto?”, preguntó Luis.
Adriana cerró el catálogo y cruzó el pasillo hasta su despacho. Luis estaba de pie junto a la ventana, con un expediente en la mano. Se lo tendió sin preámbulos.
- “Centro de día en Miraflores. Dos plantas, patio con problemas de drenaje, cocina comunitaria que necesita cumplir normativa de accesibilidad. No requiere desplazamientos”, expresó Luis.
Adriana abrió el expediente. La portada tenía el sello del ayuntamiento y una referencia catastral. La orientación sur estaba marcada con un círculo en el plano de planta, y una sección mostraba una claraboya longitudinal por la que entraba la luz del mediodía hasta el suelo del salón común.
- “Es un proyecto modesto”, dijo Luis. “Bien planteado, pero modesto. No va a ganar premios”.
- “No necesito premios”, dijo Adriana.
Luis asintió. No preguntó nada más. Cerró la puerta del despacho al salir y la dejó sola con el expediente de Miraflores abierto sobre la mesa.
Adriana se quedó mirando el plano de la claraboya. La luz del patio interior se filtraba por la ventana y le daba en el dorso de las manos. Pensó en la cubierta del edificio multifuncional cultural de Menorca, la que ella había diseñado como jardín urbano transitable y que alguien modificó después para cargar equipos de refrigeración industrial sobre una estructura que no estaba calculada para eso. Aquello era otra cosa. Aquello era un centro de día en Miraflores con un patio que necesitaba drenaje y una cocina que necesitaba rampas. Algo que sus manos podían sostener sin que nadie lo cambiara a sus espaldas.
Cerró el expediente y se lo llevó a la mesa.
Esa noche, Gabriel llegó a casa antes que ella. Cuando Adriana abrió la puerta del apartamento, el salón olía a cebolla pochada y a pan tostado. Gabriel estaba en la cocina, con un delantal gris sobre la camisa de trabajo, removiendo algo en una sartén. La pantalla del portátil brillaba en la mesa del salón con un correo abierto que Adriana no necesitó leer para saber de qué se trataba.
- “He llamado a la clínica”, dijo Gabriel sin girarse. “Todo confirmado para el miércoles”.
Adriana dejó el expediente de Miraflores sobre la mesa y se acercó a la cocina. Se apoyó en el marco de la puerta. Gabriel removía la cebolla con una cuchara de madera, y el aceite crepitaba con un sonido uniforme que llenaba el espacio entre los dos.
- “¿Te han dicho algo más?”, preguntó Adriana.
- “Que no comamos pesado la noche anterior y que llevemos la documentación de los análisis. Los de marzo, no los viejos”, respondió Gabriel.
- “Los de marzo”, dijo Adriana.
- “Los de marzo”, repitió Gabriel.
Adriana asintió. Los estudios estaban hechos. Los análisis hormonales, la ecografía basal, el seminograma, la histeroscopia, el cariotipo. Nueve meses de consultas, mucho antes de recibir la oferta de Singapur que no se concretó, de esperas en salas con revistas que nadie leía, de llamadas a la enfermería para preguntar si los niveles estaban bien. No iban a repetirlos. El doctor había sido claro, el protocolo estaba completo, los resultados eran compatibles, no había obstáculos médicos. Lo único que quedaba era el procedimiento.
Gabriel apagó el fuego y sirvió dos platos. Se sentaron frente a frente en la mesa de la cocina. Adriana comió despacio, sin prisa, consciente de que aquella cena era la última antes de que algo cambiara, aunque no sabía todavía en qué dirección.
- “¿Tienes miedo?”, preguntó Gabriel.
- “No” dijo ella. Y era cierto. No tenía miedo. Tenía algo que no era miedo, algo más quieto, más parecido a la sensación de estar en un andamio antes de que el hormigón fragüe, todo está colocado, todo está donde debe estar, y solo queda esperar al fraguado.
Gabriel le cogió la mano por encima de la mesa. No dijo nada. Su pulgar trazó un círculo sobre el dorso de la mano de Adriana, despacio, y ambos se miraron con cariño, había llegado el momento, la decisión más importante de sus vidas había sido tomada.
El miércoles amaneció con una lluvia fina. Adriana y Gabriel caminaron en silencio desde el portal hasta el edificio de segunda planta con el letrero de letras plateadas que decía "Centro de Medicina Reproductiva".
En la sala de espera habían tres parejas sentadas, cada una en su silencio. Adriana se sentó junto a Gabriel. No cogió una revista. No miró el teléfono. Se quedó con la vista en el reloj de la pared, que marcaba las nueve y doce.