Los doce días pasaron como pasan los días cuando no hay nada que hacer salvo esperar. Adriana fue a la oficina. Trabajó en el expediente de Miraflores. Dibujó la sección de la claraboya longitudinal hasta que la luz del mediodía entró en el papel exactamente como entraría en el salón común del centro de día. Luis Piedra le pasó un correo con los datos del suelo del patio y ella respondió con una propuesta de drenaje que implicaba modificar la pendiente dos grados. Todo era normal. Todo era exactamente igual que antes, excepto que debajo de la normalidad había un reloj contando hacia atrás.
Gabriel llegó a casa cada noche a la misma hora. Preparó la cena cada noche. No hablaron del procedimiento, no porque fuera un tema prohibido sino porque no había nada que decir hasta que el análisis de sangre diera un resultado. Hablaban de Miraflores, del drenaje del patio, de la cocina comunitaria que necesitaba una rampa con pendiente del ocho por ciento. Hablaban de cosas que se podían medir y resolver.
El día doce, Adriana se despertó a las seis de la mañana. Gabriel dormía. Se quedó mirando el techo durante veinte minutos, sin moverse, contando las microgrietas del yeso que formaban un mapa sin geografía. A las siete, Gabriel abrió los ojos.
- “Hoy”, dijo ella.
- “Hoy”, repitió él.
La clínica abría a las nueve. Llegaron a las ocho y cuarenta y cinco. La sala de espera estaba vacía. Se sentaron en los mismos sillones de la vez anterior. El reloj de la pared marcaba las ocho y cincuenta y uno. Adriana contó los azulejos del suelo hasta el mostrador de recepción, catorce.
A las nueve, la enfermera la llamó. Le tomó la sangre en una sala pequeña con una silla y un cartel de donación de médula ósea en la pared. Gabriel esperó fuera. Adriana no miró la aguja. Miró el cartel. El dibujo de una mano abierta con una gota roja en el centro. La enfermera terminó, le puso un algodón y esparadrapo, y les dijo que volvieran a las cuatro.
- “¿Comemos algo?”, preguntó Gabriel.
- “Comemos algo”, dijo Adriana.
Fueron a un café cercano. Adriana pidió un té y Gabriel un café con leche. Se sentaron junto a la ventana. El camarero limpió la mesa contigua con un trapo que olía a lejía. Adriana envolvió la taza de té entre las dos manos y no bebió. Gabriel bebió su café en tres sorbos largos.
- “Si sale negativo”, dijo Adriana.
- “Si sale negativo, volvemos a hablar con el médico y vemos qué opciones hay”, expresó Gabriel.
-:“Y si sale positivo”, comentó Adriana.
- “Si sale positivo, llamamos a tu madre”, dijo Gabriel.
Adriana soltó una especie de risa que no era risa, más bien un sonido corto que salió por la nariz. Gabriel le cogió la mano sobre la mesa. El camarero les trajo la cuenta sin que la pidieran.
A las cuatro menos diez, estaban de nuevo en la sala de espera. El reloj marcaba las tres y cincuenta y dos. A las cuatro en punto, el doctor abrió la puerta del pasillo. Llevaba la bata blanca sin abrochar, las gafas colgando de la cinta, los labios apretados. Les hizo pasar a la consulta. Cerró la puerta.
Se sentó detrás del escritorio. Abrió la carpeta. Se puso las gafas. Los miró por encima de las lentes.
- “Beta positiva”, dijo el galeno. “Niveles altos. Todo indica que el procedimiento ha sido exitoso”.
Adriana no se movió. Gabriel apretó los dedos de ella con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El doctor siguió hablando sobre cifras, unidades, rangos de referencia, fechas de la siguiente ecografía. Adriana escuchó las palabras sin procesarlas, como quien oye el ruido de una obra a través de un muro. Entendía que había palabras y que las palabras significaban algo, pero el significado no llegaba todavía. Llegó en trozos, como llega todo lo que importa, primero el número, luego la palabra "positiva", luego la quietud del doctor que no era la quietud de quien da malas noticias, y luego, mucho después, la comprensión de que aquello que habían colocado doce días atrás había fraguado.
- “En dos semanas hacemos la ecografía de confirmación”, dijo el doctor. “Hasta entonces, vida normal. Sin esfuerzo extremo, pero vida normal”.
Gabriel soltó la mano de Adriana. Se la puso en la cara. Se cubrió los ojos. Los hombros se le movieron una vez, dos veces, y luego se quedaron quietos. Adriana le miró. Le puso la mano en el hombro. Sintió la tela de la camisa de trabajo y debajo el calor del cuerpo, y debajo algo que latía.
El doctor se levantó. Se quitó las gafas. Los labios se le soltaron por primera vez, y la línea se convirtió en algo que no era una sonrisa pero se le parecía.
- “Felicidades”, dijo el médico.
Les tendió la mano. Gabriel se la estrechó. Adriana también.
Salieron a la calle. Gabriel se paró en la acera. Se giró hacia Adriana. Le puso las dos manos en la cara, con los pulgares en los pómulos. La miró.
- “Vamos a ser padres”, dijo Gabriel.
- “Vamos a ser padres”, repitió ella.
Las palabras no sonaban como ella habría imaginado que sonarían. No sonaban a triunfo ni a alivio. Sonaban a algo más concreto, más parecido al momento en que el hormigón ha fraguado y la estructura sostiene el peso que tiene que sostener y ya no se puede deshacer. Algo que estaba colocado. Algo que iba a quedar.
Gabriel la abrazó en medio de la acera. Un hombre con un carrito de la compra pasó por su lado y los rodeó sin mirar. Adriana notó la chaqueta de Gabriel contra la mejilla, el cierre de la cremallera, el olor a café con leche que se le había quedado en la ropa. Cerró los ojos. No pensó en Singapur. No pensó en Chen Holdings, ni en Marcus Chen, ni en las consecuencias profesionales de una decisión que había tomado mirando a alguien a la cara. No pensó en el centro de día de Miraflores, ni en la claraboya longitudinal, ni en la pendiente del patio. Pensó en la mano de Gabriel en su espalda, entre los omóplatos, guiándola por un plano que solo él podía ver.