Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 91

Teresa había limpiado dos veces. Había cuatro tazas, una jarra de agua, un pan entero con la corteza sin cortar y un cuenco de aceitunas que Teresa había sacado del frigorífico diez minutos antes de que sonara el timbre.

Teresa cruzó el pasillo y abrió la puerta. Valeria estaba en el rellano con una bolsa de tela colgada del hombro y el pelo recogido en una coleta que le dejaba las sienes al descubierto.

- “Pasa”, dijo Teresa.

Valeria entró y se quedó de pie en el pasillo, con la mano aún en la correa de la bolsa. Teresa le señaló un colgador de la pared y Valeria colgó la bolsa. Teresa fue a la cocina y volvió con un cuchillo para el pan.

Sonó el timbre otra vez. Esta vez era Daniela. Llevaba una chaqueta de cuero marrón con las cremalleras de los bolsillos sin subir y el pelo suelto sobre los hombros. En la mano derecha llevaba un cuaderno pequeño de tapas negras, de los que caben en un bolsillo trasero. Teresa miró el cuaderno. Daniela lo levantó un centímetro y lo dejó sobre la mesa, junto a la jarra de agua.

- “Es para apuntar la lista de la compra”, dijo Daniela

Valeria cortó la primera rebanada de pan y la puso en un plato. Teresa sacó copas de la alacena. Daniela se sentó en la silla que daba a la ventana.

Llegó Adriana la última. Traía una bolsa de pastas y el pelo sujeto con una horquilla que no parecía aguantar bien. Se la quitó al cruzar el umbral y se la guardó en el bolsillo del abrigo. Colgó el abrigo en el mismo colgador donde estaba la bolsa de Valeria. Se quedó un momento mirando las cuatro tazas sobre la mesa, las cuatro copas, los cuatro sitios. Se sentó entre Daniela y Valeria.

Teresa sirvió el vino. El líquido oscuro resonó contra el cristal de las copas con un sonido breve y opaco; aunque Adriana puso su mano, señalando que no quería.

Daniela fue la primera que habló. Lo hizo sin levantar la vista de la copa, con el dedo trazando el borde del cristal.

- “La redacción me llamó para preguntarme qué iba a escribir a continuación. Les dije que no lo sabía. Me dijeron que el juicio sería en primavera. Que tenía que haber otro artículo. (Levantó la copa y bebió un trago corto) No sé qué escribir en otro artículo que no sea la misma lista de nombres con una fecha distinta arriba”, dijo Daniela.

- “No tienes que escribirlo todavía”, dijo Teresa.

- “Lo sé. Pero está ahí”, expresó Daniela.

- “Terminé el libro”, dijo Teresa.

Las tres la miraron. Teresa no añadió nada inmediatamente. Se levantó, fue al salón y volvió con el cuaderno. Lo puso sobre la mesa, entre la jarra de agua y el plato de aceitunas. El cuaderno quedó abierto por una página en blanco, la última, la que seguía al punto final.

- “Es sobre las madres”, dijo Teresa. “Sobre qué hacen más allá del hecho de estar en casa”.

Daniela alargó la mano y tocó la tapa del cuaderno con las yemas de los dedos, como si necesitara confirmar que era un objeto real y no una abstracción.

- “¿Lo va a leer Carolina?”, preguntó Daniela.

- “No lo sé. Se lo mandé a la editorial la semana pasada. Carolina no sabe que existe”, respondió Teresa.

Valeria miró el cuaderno. No lo tocó. Se quedó con las manos en el regazo, los pulgares frotándose el uno al otro, un gesto mecánico que hacía cuando algo le ocupaba la cabeza pero no quería decirlo en voz alta.

- “¿Cómo está Jaime?”, preguntó Daniela.

Valeria se quedó un momento con la copa a medio levantar.

- “No lo sé. Está suspendido. El Colegio de Arquitectos abrió un expediente. Su nombre ha salido en tres periódicos”, respondió Valeria.

Adriana deslizó la mano por la mesa hasta tocar el borde del cuaderno. Lo hizo sin pensar, como quien busca una superficie firme donde apoyar los dedos. El cuaderno estaba frío. La tapa era de cartón grueso, con la superficie ligeramente granulada, y el rotulador había dejado un relieve que se podía sentir pasando la yema por encima.

- “¿Y tú qué vas a hacer?”, le preguntó Adriana a Teresa.

- “Esperar. Lo que he hecho siempre. Pero ahora sé a qué espero. Antes no. Ahora esperaré si mi voz podrá ser escuchada por otras madres que quieran escuchar”, respiró Teresa.

Teresa se levantó y encendió la lámpara del techo, una lámpara de pantalla de tela que proyectaba una luz cálida y desigual, más fuerte en el centro de la mesa y más tenue en los bordes.

Adriana se removió en la silla. Se llevó la mano al bolsillo del jersey, donde tenía la horquilla que se había quitado al entrar. La sacó y la puso sobre la mesa, junto al plato de pan desmigado. La horquilla era negra y estaba torcida por un lado. La miró como si no supiera muy bien qué hacía allí.

- “Estoy embarazada”, dijo Adriana.

Lo dijo mirando la horquilla, no a las otras tres. Lo dijo con la misma voz con la que se dice que ha llovido o que el pan está duro, una voz plana que no subía ni bajaba, que no buscaba nada.

Daniela dejó la copa en la mesa. Valeria levantó la cabeza. Teresa dejó de mirar la mancha de la copa.

- “Tuve doce días de espera”, continuó Adriana. “Doce días hablando de proyectos y de medidas. Sin tocar el tema. El miércoles, el doctor nos dijo que la beta era positiva. Gabriel se cubrió la cara con las manos y no dijo nada”.

Valeria fue la primera que se movió. Estiró el brazo y tocó la mano de Adriana, que estaba sobre la mesa, junto a la horquilla. No apretó. Solo puso los dedos encima, como quien coloca una mano sobre una pared para comprobar que está sólida.

- “¿Cuánto?”, preguntó Daniela.

- “Cinco semanas”, respondió Adriana.

- “No le he dicho a nadie”, dijo Adriana. “Gabriel lo sabe. Su madre no. Mi madre no. Nadie en el despacho”.

-;“Lo dijiste aquí”, expresó Teresa.

- “Lo dije aquí”, afirmó Adriana.

Adriana se llevó la mano al vientre. Lo hizo sin pensar, un gesto que no había hecho antes, un gesto que no sabía que iba a hacer hasta que lo hizo. La mano se quedó ahí, plana, sobre la tela del jersey, y los dedos no se movieron. Valeria lo vio. No dijo nada. Bebió de su copa.




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