Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 92

Carlos Zavala abrió el cajón de su mesa y sacó la libreta de tapas verdes, la de las obras, la que usaba para anotar mediciones en obra. El Colegio de Arquitectos había archivado el procedimiento disciplinario. Su licencia estaba restituida.

Carlos tenía sobre la mesa un plano de un edificio de viviendas. Cuatro plantas, veinticuatro viviendas, estructura convencional. Nada que ver con el polideportivo de Menorca, nada que ver con Chen Holdings, nada que ver con firmas falsificadas en planos que no había dibujado.

El teléfono fijo sonó. Carlos lo miró. No era un número desconocido. Era su madre. Lo dejó sonar. La voz de su madre llenó el estudio con la misma cadencia de siempre, la misma pregunta de siempre: si había comido, si había dormido, si había llamado a su hermano, si iba a ir a casa el domingo. Carlos no se movió.

Cuando el contestador se calló, Carlos cogió el plano, lo enrolló y lo metió en un tubo de cartón. Se puso la chaqueta, cogió el tubo y salió del estudio. El portero automático tardó tres segundos en abrir. En la calle, el sol de diciembre era bajo y amarillo,.Carlos caminó sin dirección fija, con el tubo bajo el brazo

Marta Díaz salió de su departamento a las siete de la mañana. Llevaba una bolsa de deporte al hombro y un abrigo que le quedaba grande, prestado por la vecina del tercero.

Había encontrado trabajo en una asesoría de gestión municipal, un despacho pequeño en la calle Princesa, donde organizaba expedientes de contratación pública para ayuntamientos de la Comunidad. El mismo trabajo que había hecho para Echeverría, pero sin el peso de un concejal nervioso que se escondía en los pasillos del Ayuntamiento.

Marta caminó hasta el metro con la bolsa de deporte golpeándole la cadera a cada paso. En el gimnasio, donde iba tres mañanas por semana, había apuntado las repeticiones en una libreta pequeña, sentadillas, peso muerto, press militar. El entrenador le había dicho que tenía buena técnica, que debería competir. Marta no respondió. Solo levantaba peso porque era lo único que callaba la voz que le repetía, cada noche, las frases que había leído en un guión preparado para desviar preguntas incómodas.

En el metro, se sentó junto a la ventana. El túnel pasaba como una sucesión de tubos grises y luces amarillas. Sacó el teléfono. No había mensajes de Echeverría. No los había esperado. Echeverría estaba bajo protección, pero no la había llamado. Marta no lo llamaba a él. Se habían separado en la puerta del juzgado de Plaza de Castilla, él con su sobre manila sellado, ella con su carpeta azul, y no se habían vuelto a hablar.

Echeverría había dejado el sobre manila sobre la mesa de la fiscalía un martes por la mañana. El piso protegido era un apartamento de dos habitaciones con muebles que no eran suyos y una cocina que no había usado nunca. Ahora usaba la cocina. Cada mañana se hacía un café con una cafetera italiana que había comprado en un bazar, y se lo bebía en el balcón mientras miraba la calle despertar.

No había vuelto al Ayuntamiento. Su cargo de concejal seguía suspendido. El partido le había pedido que esperara, que el proceso judicial aclararía su posición, que no hablara con la prensa. Echeverría no esperaba y no hablaba con la prensa. Había hablado con la fiscalía, había entregado los nombres, las fechas, las cantidades, las firmas. Lo demás no era asunto suyo.

Un día, mientras hacía la compra en el mercado, una mujer se le acercó. Llevaba un bolso sobre el hombro y una sonrisa brillante.

-:“¿Usted no es el concejal Echeverría?” preguntó.

Echeverría la miró. No la reconoció.

- “Lo era”, dijo él.

La mujer sonrió más ancho.

- “Mi marido votó por usted en las últimas elecciones. Siempre dice que fue el único concejal que no le prometió nada”, comentó la mujer.

Echeverría no supo qué hacer con sus manos. Sostuvo la bolsa de naranjas con más fuerza. La mujer se fue, y él se quedó de pie entre los puestos de fruta, con el peso de las naranjas en la mano izquierda y algo que no eran naranjas en el pecho.

Jaime Moris caminaba por la calle a las seis de la tarde. Llevaba las manos en los bolsillos de la chaqueta de tweed y el paso lento de quien no tiene a dónde ir pero no quiere parar. El estudio del tercer piso seguía allí, con su puerta de cristal esmerilado y el nombre en letras sans-serif negras, pero la cerradura había sido cambiada y él no tenía la llave nueva.

El Colegio de Arquitectos le había suspendido la licencia. Su nombre había salido en tres periódicos, siempre en la misma frase: "El arquitecto Jaime Moris, cuyo estudio diseñó el polideportivo de Menorca, está siendo investigado por..." Nunca terminaban la frase. No hacía falta. El lector la completaba. Era el precio que tenía que pagar por el hecho de haber callado, de no haber actuado, de haber dejado que el miedo lo hiciera mirar a otro lado.

Jaime se detuvo frente a una librería. Sonrió como quien ha encontrado un consuelo en medio de la tormenta, un negocio familiar olvidado, pero que le había permitido no enloquecer, abrió la puerta, ese día no pudo atender, pero debía dejar todo listo para mañana,tenía que preparar lo de la feria para los estudiantes de arquitectura, a veces hay que volver a empezar, pero jamás rendirse.




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