La sentencia se leyó un jueves de enero. El juez de la Sección Tercera de lo Penal recitó los nombres uno por uno: Jaime Rodríguez-Moreno, seis años de prisión por cohecho, prevaricación y malversación; García-Castellanos, cinco años y medio por los mismos delitos; los intermediarios de la trama, entre tres y cuatro años según el grado de participación. Las medidas cautelares, retirada de pasaporte, comparecencias semanales, orden de alejamiento, fueron sustituidas por el ingreso en prisión inmediato.
Daniela Ruiz estaba en la sala. Se sentó en la tercera fila, con el cuaderno negro abierto sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano. No escribió nada mientras el juez leía. Solo cuando terminó, cuando el secretario recogió los papeles y los abogados se levantaron, Daniela escribió una línea en el cuaderno: "Jueves 18 de enero. Sentencia firme. Seis años." Lo cerró con la goma elástica.
Rodríguez-Moreno no miró a nadie al salir. García-Castellanos bajó la cabeza cuando pasó por la puerta. Los periodistas esperaban en el pasillo con grabadoras y micrófonos. Daniela no se les unió. Se quedó sentada hasta que la sala se vació y el ujier apagó las luces del techo.
Manuel Aguirre, alias Alejandro Morante, no estaba en la sala. No estaba en el país.
La última vez que alguien usó su tarjeta de crédito fue en una gasolinera de la autopista AP-7, en dirección a la frontera, el mismo día en que Rodríguez-Moreno dimitió. Después, el rastro se borró. La Interpol emitió una orden de detención internacional. El juez de instrucción solicitó la extradición. :El proceso de extradición se abrió, pero no había a quién extraditar. Aguirre se había disuelto.
El expediente seguía abierto. La fiscalía lo mantenía como caso activo. Pero en la práctica, Aguirre era un nombre en un papel, una fotografía en un fichero, un traje azul marino que nadie llevaba. Sus manos, las que olían a crema de cuero para zapatos, habían soltado la carpeta de piel negra. La carpeta estaba en poder del juez. Las manos, no.
Marcus Chen desapareció antes de que la sentencia se leyera. Antes de que la Interpol emitiera la orden. Antes de que nadie pudiera preguntarle por las transferencias a Panamá, por las sociedades patrimoniales de Liechtenstein, por el maletín con el logo de Chen Holdings que un funcionario con identidad falsa había llevado a la obra del polideportivo de Menorca.
La oficina de Orchard Road seguía en el décimo piso de la torre de cristal. Pero la silla detrás del escritorio estaba vacía. Los empleados de Chen Holdings en Singapur no respondían a las preguntas de los periodistas. Los abogados de la empresa enviaban comunicados de una página que no decían nada.
Un martes, un operario de una obra en construcción cruzó el puente peatonal sobre el río Kallang, como hacía cada mañana. Bajo el puente, entre los pilotes, algo se movía con la corriente. No era un pez. No era basura. Era un cuerpo.
El operario llamó a la policía. Los agentes lo sacaron del agua salobre y lo depositaron sobre la hierba del malecón. Cubrieron el cuerpo con una lona azul que el viento hacía flamear contra los bordes. No había documentos. No había identificación. Solo un reloj en la muñeca izquierda: un Rolex Submariner registrado a nombre de Marcus Chen.
La autopsia determinó que el cuerpo había estado en el agua entre cinco y siete días. La causa de la muerte no se pudo establecer. El avanzado estado de descomposición había borrado los signos, los golpes, las marcas, lo que fuera. El río Kallang, con su corriente de agua salobre, había hecho su trabajo. El Rolex, sin embargo, seguía marcando la hora. Era la única cosa del cuerpo que seguía funcionando.
La fiscalía recibió el informe de las autoridades de Singapur un viernes por la tarde. Daniela se enteró por un mensaje de texto de un contacto en la embajada: "Cuerpo en Kallang. Rolex de Chen. Sin causa de muerte." Leyó el mensaje tres veces. No respondió. Guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta de cuero, junto al cuaderno negro donde había escrito la fecha de la sentencia.
Esa noche, Daniela se sentó en su apartamento con el portátil abierto. La pantalla iluminaba la mesa de la cocina. Tenía un encargo de la redacción, un artículo sobre el juicio de primavera. El cursor parpadeaba sobre un documento en blanco. Escribió tres palabras y las borró. Escribió cinco más y las borró también. El artículo que le pedían era el mismo que ya había escrito antes, una lista de nombres, una lista de pagos, una lista de fechas. Ya no había lista que escribir. Lo que quedaba no era una lista. Era un cuerpo en un río con un reloj que seguía marcando la hora, un hombre que se había disuelto, y cuatro personas que caminaban por la calle sin deber nada a nadie.
Cerró el portátil. No escribió el artículo.
Valeria subió al autobús con el tubo de cartón bajo el brazo. Se sentó junto a la ventana, en el mismo asiento que siempre, el tercero contando desde atrás. El tubo contenía los planos del centro comunitario: un espacio de planta baja con acceso desde la calle, una zona de talleres, una cocina compartida, un patio con drenaje nuevo. Nada de voladizos, nada de acero cortén, nada de lo que había aprendido en el estudio de Jaime Moris. Un encargo modesto, pagado por una asociación de vecinos, sin empresa constructora detrás, sin concejalía que presionara, sin plazos que no fueran los suyos.
Valeria bajó en la parada del mercado y caminó tres manzanas hasta el local que la asociación de mujeres del barrio había cedido para el proyecto. La puerta era de metal pintado de verde, con un picaporte que costaba girar. Dentro, el olor a cal humedecida y a cemento fresco se mezclaba con el de la cera del suelo. Las paredes estaban recién encaladas.
Valeria desenrolló los planos sobre una mesa plegable. Los sujetó con cuatro latas de atún que encontró en una estantería. Se quedó de pie, mirando el papel, con las manos manchadas de tinta de impresión y el pelo recogido en una coleta que se estaba deshaciendo. No había nadie más en el local. El silencio era el de un espacio que aún no tiene uso, que aún no ha sido habitado, que espera a que alguien decida qué va a ser.