Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 94

La luz entraba oblicua por los ventanales de la planta superior del Centro Cultural Monet, que tuvo que ser adjudicado nuevamente a otra empresa, después de que la corrupción fuera destapada. Una empresa que también le había dado la oportunidad a Valeria, que había demostrado con otros pequeños trabajos que estaba lista.

Valeria estaba de pie en el centro de la sala principal, con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo gris. Llevaba las botas de cuero marrón que usaba siempre en las obras, las mismas que habían pisado el barro del solar cuando no era más que un terreno vallado con carteles arrancados. No se había puesto traje ni nada que se pareciera a la ropa que llevaban los arquitectos en las fotos de las revistas.

El edificio estaba terminado. Esa frase, que se le había repetido en la cabeza durante semanas como un compás sordo, ahora le parecía extraña, como si las palabras no cupieran del todo en lo que veían sus ojos. La cubierta era plana, con un jardín urbano accesible desde el primer piso. Valeria subió la escalera de acero y madera que llevaba a la terraza. El jardín tenía plantones jóvenes, todavía sin crecer, con la tierra oscura y húmeda alrededor de los tallos. Se agachó y tocó la tierra con los dedos. Estaba fría y suelta, sin compactar. Se levantó y se limpió las manos en el bajo del jersey, dejando una marca oscura que no intentó quitar.

Adriana llegó con Gabriel a las diez y cuarto. Llevaba a la niña en brazos, apoyada contra el hombro izquierdo, con la cabeza de la pequeña encajada en el hueco de su cuello. La niña tenía tres meses y medio y se llamaba Abigaíl. Gabriel caminaba medio paso por detrás, cargando una bolsa de pañales y un cochecito plegado bajo el brazo derecho. No llevaba abrigo; solo una camisa de franela a cuadros azules con las mangas dobladas hasta los codos.

Adriana cruzó el umbral del edificio y se detuvo. Gabriel, que venía detrás, frenó a su lado y no dijo nada. Adriana miró el vestíbulo de techo alto, la recepción con la madera clara, la luz que entraba por la claraboya longitudinal y caía en un rectángulo cálido sobre el suelo del salón común.

Giró lentamente, con la niña aún contra el hombro, y sus ojos recorrieron las paredes, las juntas del pavimento, los herrajes de las ventanas. Gabriel le puso una mano en la espalda, entre los omóplatos, sin presionar. Adriana asintió una vez, un movimiento corto que solo él pudo ver, y avanzó hacia el interior. Valeria bajó la escalera de la terraza y las dos se encontraron en el centro del salón. Valeria tocó el pie de Abigail con un dedo, por encima del zapatito de lana, y la niña movió la pierna.

- “Tiene frío”, dijo Adriana.

- “No, tiene sueño”, respondió Valeria.

Liam llegó en tren desde el aeropuerto a las once. Venía de Berlín, donde ya trabajaba en un proyecto de vivienda cooperativa en el barrio de Friedrichshain. Traía una mochila negra con un portátil y una caja de chocolates alemanes que había comprado en la estación.

Entró al edificio, se acercó sin hacer ruido y se plantó a su lado. Valeria giró la cabeza, lo miró de arriba abajo con la expresión de quien evalúa un plano, y señaló la chaqueta.

- “¿De quién es?”, preguntó Valeria.

- “De una tienda de segunda mano en Kreuzberg. Costó ocho euros”, respondió Liam.

Valeria le dio un golpe suave en el hombro con el dorso de la mano. Liam se quedó de pie junto a ella, mirando el vestíbulo con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

La señora Pilar llegó a las once y media, acompañada por su hija Carmen. La señora Pilar caminaba despacio, con paso corto y firme, apoyándose en un bastón de madera que no necesitaba pero que le gustaba llevar porque le daba tiempo a mirar las cosas sin que nadie la empujara. Llevaba un abrigo marrón de botones grandes y un pañuelo oscuro sobre la cabeza. Carmen iba a su lado, con el bolso cruzado y el pelo recogido.

La señora Pilar se detuvo frente a la puerta del edificio y levantó la barbilla. La fachada era de ladrillo visto con bandas de madera, y sobre la puerta, decía Centro Cultural Monet. La señora Pilar no entró. Se quedó mirando la fachada con los ojos entrecerrados, como si estuviera leyendo algo que llevaba años esperando leer. Carmen le tocó el brazo.

- “Mamá”, dijo Carmen.

La señora Pilar no se movió. Se quedó allí, con el bastón plantado en la acera y los ojos fijos en las letras del letrero. Después de un momento que Carmen no interrumpió, la señora Pilar avanzó, cruzó el umbral y entró. El suelo de madera crujió bajo sus zapatos. Se detuvo otra vez, esta vez en el centro del vestíbulo, y miró hacia arriba, hacia la claraboya por donde entraba un rectángulo de luz blanca que le cayó encima de la cara. No dijo nada. Apretó el bastón con las dos manos y se quedó quieta. Carmen se puso a su lado, sin tocarla, sin hablar. La señora Pilar resopló por la nariz, un sonido breve y seco, y avanzó hacia el salón común.

Valeria, que la había visto entrar desde la planta superior, bajó la escalera y la esperó al pie de los peldaños.

- “Señora Pilar”, dijo ella.

- “Valeria”, saludó doña Pilar.

La señora Pilar le miró las manos. Valeria las tenía manchadas de tierra del jardín de la cubierta. La señora Pilar asintió, como si la tierra fuera una respuesta suficiente, y siguió caminando.

Daniela llegó a las once y cuarenta y cinco, con una acreditación de prensa colgada del cuello y una libreta negra en la mano. No era la misma libreta de tapas negras con goma elástica que había usado durante meses para anotar fechas, nombres y conexiones entre empresas de Singapur y concejalías de Urbanismo. Era una nueva, más delgada, sin goma, con la tapa flexible.

Entró al edificio y se quedó junto a la pared del vestíbulo, observando. Daniela abrió la libreta y escribió la hora en la parte superior de la página. No escribió nada más. Cerró la libreta y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Miró el edificio. Las paredes tenían un tono crema, el suelo era de madera clara con juntas visibles, y las ventanas eran altas y estrechas, con marcos de acero pintado de blanco. No había lujos. No había mármol ni cristales tintados ni la frialdad de los edificios que se construyen para impresionar. Era un edificio que se parecía a lo que era, un sitio donde la gente del barrio iba a hacer cosas juntas. Daniela se alejó de la pared y caminó hacia el salón común, donde un grupo de vecinos ya habían empezado a colocarse en las sillas. Se sentó en la segunda fila, junto al pasillo, y sacó el teléfono. No tenía mensajes. Lo guardó.




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