Teresa llegó con Roberto y sus hijos a las doce y diez. Roberto conducía el coche y aparcó en la calle lateral, junto a una valla de obra que todavía no habían retirado. Los niños bajaron emocionados mirando todo a su alrededor, y aunque Mateo ponía una expresión indiferente, también tenía curiosidad.
Roberto cerró el coche y se quedó un momento de pie junto a la puerta del conductor, con las llaves en la mano. Teresa lo esperó en la acera. Roberto se guardó las llaves en el bolsillo del abrigo y caminó hasta donde estaban los niños. Emma le buscó la mano automáticamente y él se la dio. Lucas no buscó ninguna mano; caminaba mirando la fachada del edificio con el libro apretado contra el costado. Entraron juntos por la puerta del centro cultural, con Emma colgada de la mano de Roberto y Lucas caminando medio paso por delante. Teresa iba detrás, con un bolso de tela que contenía un libro de tapas blandas y una botella de agua; siendo escolta por Sofía y Mateo.
La sala donde se haría la presentación del libro estaba en la primera planta, con ventanas que daban a la calle y sillas plegables dispuestas en filas de diez. Teresa entró y se sentó en la primera fila, junto al pasillo. Roberto se sentó a su lado con Emma en las rodillas. La niña se había quedado quieta, con la cabeza apoyada en el pecho de Roberto y los ojos abiertos, mirando el techo. Lucas se sentó al otro lado de Roberto, Sofía un poco más abrió su libro y empezó a leer como si estuviera en su habitación. Había veintitantas personas en la sala, la mayoría vecinos del barrio que conocían a Teresa por la asociación de madres del colegio o por los talleres de escritura que había dado en el centro vecinal del antiguo cine.
Clara, la madre del colegio con el bolso sobre el hombro y la sonrisa brillante, estaba en la tercera fila, hablando con otra madre en voz baja. Cuando vio a Teresa, levantó la mano y le hizo un gesto de saludo que era más entusiasta que necesario. Teresa le devolvió un asentimiento breve. En la mesa del fondo, junto a la ventana, había una pila de libros con la cubierta color crema y el título en letras pequeñas y negras: Rincones que no elegimos. Teresa los miró desde su silla como quien mira algo que ya no le pertenece. Roberto le tocó el codo con el suyo, sin girarse. Teresa no se movió.
La presentación comenzó a la una en punto. Teresa se puso de pie, se acercó a la mesa y se sentó en la silla que habían puesto detrás. Había un micrófono y un vaso de agua. Teresa no tocó el micrófono. Empezó a hablar con la voz que usaba en la cocina cuando explicaba algo a las niñas, ni alta ni baja, sin énfasis. Dijo que el libro trataba de madres que guardan cosas y de madres que buscan cosas, y que no iba a decir más porque los libros se leen. Después abrió un ejemplar y leyó un párrafo de la página cuarenta y tres. El párrafo hablaba de una mujer que guardaba para su amiga las pruebas de la muerte de su hijo en cajas de cartón etiquetadas con letra inclinada, porque las madres también se cuidan entre ellas, porque a veces las personas se olvidan que son más que palabra más común para graficar la abnegación. La voz de Teresa no tembló. No se detuvo. Leyó el párrafo entero y cerró el libro. En la tercera fila, la señora Pilar, que había subido con Carmen y se había sentado junto a la ventana, apretó el bastón con las dos manos. Carmen le puso la mano sobre la suya y la señora Pilar no la retiró.
Daniela, desde la segunda fila de la sala contigua donde se celebraba la inauguración oficial, escuchó la voz de Teresa a través de la pared. No se movió de su silla. Tenía la libreta abierta sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano, pero no escribía. La voz de Teresa llegaba amortiguada, sin palabras distinguibles, solo el tono, que era plano y firme como el suelo de madera nueva del edificio. Daniela cerró la libreta y la guardó en el bolsillo. Se levantó, caminó hasta la puerta de la sala y se asomó al pasillo. Por la puerta abierta de la primera planta vio la espalda de Teresa, sentada en la mesa, con el libro cerrado delante y el vaso de agua intacto. La gente aplaudía. Daniela se quedó en el pasillo, con el hombro apoyado en el marco de la puerta, y observó. No sacó el teléfono. No tomó notas. Se quedó mirando la escena como quien mira algo que no necesita ser registrado porque ya está en su sitio.
Adriana estaba en la planta baja, con Abigail en brazos y Gabriel a su lado. Había bajado cuando empezó el aplauso y se había quedado junto a la escalera, mirando hacia arriba. Abigail se había despertado con el sonido de las palmas y movía la cabeza de un lado a otro con los ojos muy abiertos. Gabriel le puso la mano en la cabeza a la niña, con la palma abierta, como quien comprueba que algo sigue en su sitio. Adriana le pasó a Abigail y subió la escalera. Llegó al pasillo de la primera planta y vio a Teresa recogiendo los libros que no se habían vendido, apilándolos en una torre desigual sobre la mesa. Se acercó y le puso una mano en el hombro. Teresa la miró. No dijeron nada. Adriana le apretó el hombro una vez y soltó. Teresa terminó de apilar los libros y se guardó un ejemplar en el bolso de tela. Bajaron juntas la escalera.
Valeria estaba en la puerta del edificio, mirando la calle. El sol era bajo y daba en la fachada de ladrillo, calentando la piedra. Liam había salido a buscar café y volvía con dos vasos de cartón. Le dio uno a Valeria y se quedó de pie a su lado, mirando la misma calle.
- “¿Está bien?”, preguntó Liam.
- “Está bien”, dijo Valeria.
Bebió el café. Estaba caliente y tenía un sabor a café de máquina, agrio y rápido. Liam bebió el suyo y no dijo nada más. Se quedaron allí, de pie en la puerta, con el sol dándoles en la cara y el olor a barniz fresco saliendo del edificio detrás de ellos.
A las dos y media, la gente empezó a salir. Los vecinos se agrupaban en la acera, hablando, fumando, mirando la fachada del edificio como si todavía no terminaran de creer que estuviera allí. La señora Pilar salió la última, con Carmen a su lado. Se detuvo en la acera y miró la fachada otra vez. Después miró el solar que había detrás del edificio, donde antes había un terreno vallado con carteles arrancados y tierra apisonada. Ahora había un patio con plantones jóvenes y un banco de madera donde un niño ya se había sentado a comerse un bocadillo. La señora Pilar clavó el bastón en la acera y resopló otra vez. Carmen le ofreció el brazo y la señora Pilar lo rechazó. Caminó sola hasta el banco del patio y se sentó. El niño con el bocadillo la miró. La señora Pilar le miró las manos, manchadas de pan con tomate, y asintió. El niño volvió a su bocadillo.