Vive, igual te van a juzgar

FINAL

Las cuatro mujeres se encontraron en el patio, sin haberlo planeado. Valeria venía de la puerta del edificio, con el vaso de café vacío en la mano. Teresa venía de dentro, con el bolso de tela y el libro que se había guardado. Adriana bajaba de la primera planta con Gabriel, que llevaba a Abigail dormida contra el pecho. Daniela salía del pasillo de la segunda sala, con la libreta nueva en el bolsillo y la acreditación de prensa colgando del cuello. Se vieron al mismo tiempo, o casi al mismo tiempo, porque Valeria fue la primera en llegar al banco donde la señora Pilar estaba sentada y se quedó de pie a su lado, y Teresa llegó después y se sentó en el otro extremo del banco, y Adriana se apoyó en la pared del edificio con Gabriel a su lado, y Daniela se detuvo a tres pasos, sin acercarse más, mirándolas.

No hubo abrazos. No hubo gritos ni lágrimas ni gestos grandes. Valeria dejó el vaso de café en el borde del banco. Teresa abrió el bolso y sacó el libro. Lo puso sobre el banco, entre ella y Valeria, con la cubierta color crema hacia arriba. Adriana miró el libro y después miró a Teresa. Daniela se acercó un paso más y se quedó de pie junto a Adriana. Gabriel, con Abigail dormida en brazos, se apartó un poco y se sentó en el banco contiguo, donde el niño del bocadillo ya se había ido. La señora Pilar no se había movido. Estaba sentada en el centro del banco, con el bastón entre las rodillas, mirando el patio donde los plantones jóvenes empezaban a doblarse con la brisa de enero.

Valeria fue la primera que habló.

- “¿Cuántos se vendieron?”, preguntó Valeria.

Teresa recordó la pila de libros que habían dejado en la mesa y que ahora no estaba segura de si eran siete u ocho.

- “Suficientes”, respondió Teresa.

- “¿Suficientes para qué?”, consultó Valeria.

- “Para que alguien los lea”, dijo Teresa

Adriana se separó de la pared y cogió el libro del banco. Lo abrió por la página cuarenta y tres, la que Teresa había leído en voz alta, y leyó la primera línea en silencio. Después lo cerró y lo devolvió al banco.

La señora Pilar se levantó del banco, apoyándose en el bastón con las dos manos, y caminó hacia la puerta del edificio. Se detuvo en el umbral, giró la cabeza hacia atrás y las miró una por una, despacio, como quien cuenta algo. Después entró.

Liam salió del edificio con dos vasos de café nuevos. Se los dio a Valeria y a Teresa. Teresa bebió un sorbo y arrugó la cara.

- “Qué malo”, replicó Teresa.

- “Es de máquina”, dijo Liam.

- “Con razón, deben ir a casa y probar lo que hago”, expresó Teresa.

Roberto salió después, con Emma en brazos dormida, seguido por Lucas, Sofía y Mateo. Se acercó al banco donde estaban y se quedó de pie, con Emma apoyada en el hombro. Sofía y Lucas se sentaron en el suelo, junto a los pies de Teresa. Roberto miró a Valeria, a Adriana, a Daniela, y asintió una vez, el mismo gesto que se hace en un pasillo cuando dos personas se cruzan y no hay tiempo para parar. Valeria le devolvió el asentimiento. Teresa le tocó el brazo. Roberto se sentó a su lado, con Emma en el regazo, y no dijo nada.

El sol de la tarde se inclinó sobre el patio del Centro Cultural Monet. El edificio estaba detrás de ellas, con su fachada de ladrillo y sus ventanas altas y su letrero. Dentro, la señora Pilar caminaba despacio por el salón común, tocando las paredes con la mano libre, sin bastón, que había dejado apoyado en la recepción. Pasaba los dedos por la madera de las jambas, por la pintura de las paredes, por el acero de los herrajes. En la primera planta, un operario recogía las sillas plegables de la sala donde Teresa había presentado su libro. En la planta baja, un grupo de vecinos entraba con cajas de material para un taller de cerámica que empezaría la semana siguiente.

Valeria se quedó de pie mirando el edificio. No lo miraba como un plano, ni como un proyecto, ni como un encargo. Lo miraba como quien mira algo que existe porque otras personas existieron antes de que pudiera existir.

Teresa cerró el bolso de tela y se levantó del banco. Roberto se levantó con ella, con Emma todavía dormida.

- “¿Nos vamos?”, preguntó Roberto.

- “Vamos”, dijo Teresa.

Se despidieron con gestos cortos: Valeria le tocó el hombro a Teresa, Adriana le hizo un gesto con la cabeza a Roberto, Daniela levantó una mano. Liam recogió los vasos de café vacíos y los tiró en un contenedor del patio. Se despidió de su madre con un beso en la mejilla y un abrazo que duró tres segundos más de lo que duraban normalmente. Valeria le dio un golpe suave en la espalda.

- “¿Cuándo te vas?”, preguntó Valeria.

- “Mañana, vine a cumplir mi promesa”, respondió Liam.

- “Lo sé”, dijo Valeria.

Adriana y Gabriel se quedaron un rato más. La niña miró el patio con los ojos muy abiertos, moviendo la cabeza hacia los lados. Adriana le señaló los plantones del jardín.

- “Mira”, dijo Adriana.

La niña no miró. Miró a su madre. Adriana le tocó la nariz con un dedo y la niña cerró los ojos. Gabriel se sentó en el banco y estiró las piernas.

- “¿Volvemos?”, preguntó Gabriel.

- “Dentro de un rato”, respondió Adriana.

Se quedaron. El sol bajaba y el aire se enfriaba. El edificio seguía allí, con la luz de la claraboya apagándose despacio a medida que la tarde avanzaba.

Daniela fue la última en irse. Se quitó la acreditación de prensa del cuello, la dobló y se la guardó en el bolsillo. Salió del patio, caminó hasta la esquina de la calle y se detuvo. Miró hacia atrás una vez. El edificio estaba iluminado desde dentro, con la luz cálida de las lámparas del vestíbulo encendiéndose automáticamente al detectar el crepúsculo.

Valeria se quedó sola en el patio. Se sentó en el banco donde la señora Pilar había estado sentada antes. El banco estaba frío. El sol ya no daba en la fachada. Los plantones del jardín se movían con la brisa. Se quedó sentada en el banco, con las manos manchadas de tierra seca y los ojos en el edificio que existía porque un solar había sido defendido, porque unas pruebas habían sido guardadas, porque un cuaderno había sido escrito, porque unos planos habían sido dibujados, y porque cuatro mujeres que no se buscaban se encontraron nuevamente, en una amistad que no tenía la algarabía y la inocencia de la adolescencia, pero si la confianza y la madurez de la adultez.




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