Vivencias de una anciana

Capítulo I

-¿Por qué tiene esa ave?— parecía que todo le generaba curiosidad y jamás se quedaba callada.

-No creo que…— su hermano la quería reprender con el rostro lleno de vergüenza.

-¿Le gustan mucho?— se acercaba curiosa— ¿Le gustan los niños?, ¿tiene hijos?, ¿qué edad tiene?

-Irene, ¡basta!— mascullaba incómodo por las preguntas.

-Está bien— les sonreí divertida.

No sabía en concreto en qué momento había llegado hasta éste punto, sobre todo pensando que hace no mucho éste par de hermanos me temían como si yo fuese una bruja del bosque que sacrificaba a diablillos desobedientes o algo así. No obstante, también eran lo más interesante que había ocurrido en todos estos últimos años tan monótonos en mi larga vida.

-¿Nos va contar más cosas de ese álbum o del baúl?

Definitivamente; a pesar de todo eran una dopamina completamente inesperada en mi vida y yo estaba muy bien con ello. Hace tanto tiempo que había olvidado lo que era la interacción y todavía más con almas tan jóvenes, llenas de vida y expectativas por cumplir aún.

[Hace unas semanas atrás]

La tetera anunciaba de forma sonora que el agua ya estaba ebulliendo y eso me sacó del trance en que me pedí sin pensar en nada en concreto. Apagué la lumbre inmediatamente y saqué mi taza de cerámica estilo japonés, serví el agua caliente y sentí que un par de gotas salpicaron el dorso de mi mano y maldije como reflejo. Tomé un sobre de té verde y lo dejé infusionar unos minutos, mientras tomaba mis rutinarias pastillas y vitaminas que me había recetado el médico.

Solté un suspiró mientras tomaba con ambas mano mi taza para calentar mis manos en éste frío invierno— quizá el invierno más frío que he vivido— y observé la ventana con el clima que estaba completamente nublado y el viento que movía los árboles violentamente. Suspiré, mientras pensaba en lo rutinario que sería mi día; fruncí los labios con nostalgia al oír risas juveniles por las calles recordando cuando alguna vez tuve esa misma energía y alegría.

-¿Cómo amaneciste?— les hablé a mi linda avecita.

-Hola— su voz grave me hizo sonreír.

-Hola, Princesa— le respondí, mientras acariciaba su cabecita con cuidado.

-Hola— repitió.

Agarré mi regadera metálica amarilla y comencé a regar mis plantas, comenzando por las suculentas y enredaderas, luego mis dalias y rosas para finalizar con mi pequeño huerto donde tenía solamente, lechugas, tomates y zanahorias. Tarareaba algunas baladas que oía en mi muy lejana juventud, sonreí un poco mientras analizaba mis flores y frutos marchitos por la temporada, pero sabía que después volverían a crecer— hace un par de meses era época de cosecha—; ahora solo esperaba hasta que volvier ver sus lindos capullos.

¡ZAS!— el golpe de algo hace que pegué un brinco.

-¡Irene!— escuché una voz juvenil.

-Perdón, Axel— responde una voz con timidez.

Parecía que algo había caído en la casa de al lado e imaginé que era un balón porque los niños en éste vecindario salen muy seguido— sin importar demasiado el clima— a jugar con la pelota por la calle. También escuché a la señora del lado salir furiosa a ver lo que había ocurrido y no pude evitar reírme un poco ante la situación, mientras los pequeños se disculparon y mi vecina solo los reprendió sin querer devolverles el balón.

-Por favor, doña Mary; devuelvanos la pelota— los oí suplicar por quinta ocasión.

-No— cortó tajante—. Ya son varias veces en que rompen mis macetas y no pienso consecuentarlos esta vez, a pesar de que sus padres han sido muy responsables con la reparación de los daños— hizo una pausa—. Mejor deberían hacer sus deberes escolares.

-Son vacaciones— la voz parecía de una niña, posiblemente la nombrada “Irene”.

-Vayan entonces a leer o ver televisión, cualquier cosa que no sea estar afuera de su casa en éste clima— se escuchaba casi colérica doña Mary.

-Queremos salir a jugar— esta ocasión fue el pequeño, aparentemente llamado “Axel”—. Además no hace tanto frío— vaya, qué envidia me da esta juventud.

-Por favor, doña Mary— sexta súplica.

-Definitivamente…— decidí interferir en donde no me habían llamado.

-Buen día, doña Mary— la saludé, aunque no podíamos vernos porque las paredes que nos dividían eran altas.

-Buenos días, señora Daría— me respondió sorprendida y no la juzgaba, ya que a pesar de no tener diferencias era raro que yo hablara demasiado con algún vecino—. ¿Necesita algo?

-Solamente iba a pedirle que le regresara el balón a los niños— la oí rechistar, pero no la deje continuar—. De mi cuenta corre que no rompan algo más y si eso sucede yo misma los reprendo y no les devuelve su pelota.

Se quedó callada y los niños también, parecía como si los tres involucrados lo estuvieran pensando, si es que era posible que eso ocurriera. No obstante, para mi benefició mi vecina aceptó un poco insegura, pero escuché el “gracias” antes de volver a escuchar la pelota golpeando de aquí para allá por la calle. Sentí que fue mi obra de caridad del día y me hizo feliz pensar en ello, el resto de mi energía me dió para que mi día se basará en estar en mi silla mesedora con mi té verde en mano y mi dulce princesa jugando un poco y otras veces jugando con mi cabello como si fuese un nido.




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