Simplemente en algunas ocasiones las cosas no salían como uno esperaba; siento que “me dejaron como novia de pueblo”. Bueno de cualquier manera a veces se dice aquello como mera cortesía banal así que el hecho de que no los haya visto en los siguientes cuatro días no debería extrañarme en lo absoluto. Quiero decir, la diferencia generacional es enorme y mi plática tal vez no sea tan amena y ya está bastante oxidada como para que esos jóvenes se interesen en visitarme a menudo por más que su curiosidad por mi lindo cuervo los haya atraído.
Decidí salir al patio y sentarme, aunque en esta ocasión sería para bordar un poco; tenía algunos años para continuarlo porque ya no le veía sentido, sabiendo que cada día puede ser el último en mi vida e incluso estoy robando demasiado oxígeno a estas alturas. Ay, Dios. La vejez a veces suele ponerlo a uno tan nostálgico de todo tipo de cosas, quizás con ellos esté proyectando a los nietos que no tengo o algo por el estilo.
[Hace muchos años atrás]
Dos pares de ojos me veían con bastante cariño y tristeza después de la conversación que tuvimos durante esa cena. A pesar de que apenas iban a comenzar la pubertad su mundo aún seguía lleno de preguntas que no vacilaban en compartirme aún sabiendo la naturaleza que nos unía en aquellos tiempos.
-¿Estás tan segura de eso?— me preguntaba la mayor.
-¿Jamás, jamás, jamás?— me miró con ansias el pequeño.
-No tengo planeado casarme…— les sonreía con diversión—. Siempre serán mi prioridad y nunca voy a dejarlos a la deriva, son mis niños.
Ambos corrieron a abrazarme y atosigarme de besos por la felicidad que les daba aquella respuesta de mi parte y honestamente era comprensible su temor al abandono dado su corta historia de vida. Les devolví los abrazos mientras sentí una sensación cálida que no había experimentado en bastantes años, al menos desde…
-¿Existe la posibilidad de elegir bien?— su pregunta me descolocó por completo y ella pareció notarlo—, ¿o siempre se destinará al fracaso amoroso?
-No— tal vez mi experiencia en vida no podría asegurarlo en aquel entonces, pero seguía siendo una soñadora en el fondo—. Existen ocasiones en que se puede elegir correctamente y no todo termina en… el divorcio.
-Entonces… ¿qué te impide casarse?— ese niño era sumamente perspicaz.
-Pues… aún no se presenta la oportunidad— era una mentira a medias. Temía terminar tan mal como ciertas personas a mi alrededor.
[En el presente]
Toc, toc, toc
Un par de golpes en mi puerta me sacó de aquel recuerdo y si diera que la emoción no me volviera como a una niña pequeña, sería mentir por completo. Me paré tan rápido como pude y fui directo a ver quién era solo para asegurarme y mi alegría no cabía en mi pecho una vez que supe que eran ambos adolescentes los que estaban esperando pacientemente en mi puerta para poder visitarme; aunque sus miradas de pena me asombraron bastante.
-Lo lamentamos, señora Daría— habló Axel—. Mi hermana estuvo enferma estos días y eso nos impidió venir a verla.
-Siento enfermarme— murmuró Irene apenada.
-No tienen por qué preocuparse, la verdad es que no me moleste o algo así— les sonreí mientras les daba un poco de chocolate caliente y pan dulce—. ¿Estás mejor ahora, Irene?
-Ya estoy mejor, muchas gracias— engulló un pedazo de pan con felicidad.
-¿Nos contará qué hacía en su adolescencia?— parecía que Axel ya no aguantaba más la curiosidad.
-Bueno…— tomé un álbum de fotos que ellos miraron con atención— honestamente hace tantos años lo que uno quería hacer era salir a bailar.
-¿Le gusta bailar?
-Sí, aunque hace años que no muevo más que mi meñique— respondí a broma.
-¿Qué es todo esto?— se acercaron a mi baúl de recuerdos que ya casi no abría.
-Son varias cosas importantes de mi vida— respondí con simpleza.
-¿Y esto?—Irene tomó una vieja muñeca de papel.
-Eso…— no pude evitar sonreír ante la nostalgia— era mi muñeca, la llamé “Pecosa” y fue un regalo de… mi madre.
-Debió regalarle muchas cosas— Axel señaló inocente.
-No, no teníamos tanto dinero y…— hice una pausa para pasar el nudo que se quería formar en mi garganta— en algún punto dejamos de llevarnos bien.
[Hace años atrás]
En aquella época rondaba los siete años de edad y me comenzaba a preguntar por qué a diferencia de otros niños yo tenía que jugar con ramas y piedras o botellas vacías de cerveza. No era especialmente sociable, pero tampoco es que dejará de notar los señalamientos en mi entorno. Las miradas de los adultos al verme era diferente a otros niños y a veces podía escucharlos susurrar un par de calumnias a mis espaldas.
“¿Es la hija de Doña Mary”— cuchicheaban como si no los escuchará.
“Pobrecilla, con esa clase de padres que le tocó”— respondía la otra.
“¿Esos zapatos viejos no le aprietan demasiado?”— era cierto que mis pies comenzaban a doler y eso me hacía querer caminar menos, pero eso no era culpa de mamá.