[Hace algún tiempo atrás]
Estaba en mis veintidós años de vida, comenzaba a trabajar en una empresa de seguros, mientras trataba de evadir mi casa tanto como podía; así no tendía que ver a mi madre quien había terminado con su novio después de que la engañó— su humor en aquel momento era aún más complicado que antes—. Así que a pesar de que en su mayoría eran hombres ahí, eso no me impedía quedarme inclusive horas extra en el trabajo, y una de esas tantas ocasiones fue cuando lo conocí.
-¿Señorita García?— una voz masculina frente a mí me hizo levantar la vista de los documentos en mi escritorio—. ¿Aún sigue aquí?
-Señor Jiménez— me quedé ida al verlo frente a mí.
En realidad ya lo había visto un par de veces, pero era la primera vez que él se acercaba a mí y teníamos una conversación tan directa. Normalmente el señor Jiménez estaba en el área de gestión administrativa, por lo que era mi jefe y la primera vez que lo vi me perdí en aquella sonrisa digna del galán de alguna película.
-Debería descansar— me señaló al ver el montón de documentos frente a mí—. Ya nadie más está con eso… creo que debe descansar en casa, además mañana es fin de semana.
-Así es— agaché mi mirada hacía los papeles—. Por eso, debo terminarlo de una vez.
-Es usted muy responsable— para mi sorpresa no había un ápice de burla en su tono—. Sin embargo, le reitero que lo mejor sería que descanse y no se mortifique por algo que puede esperar hasta el próximo lunes.
-No quiero que el señor Hernández se moleste conmigo— seguía analizando todos esos siniestros y dejando anotado lo que podía cubrir el seguro de cada cliente; aunque ya no me faltaba demasiado—. A veces llega molesto y si comienza a hacerme preguntas a las que no le dé la respuesta correcta se va a molestar y no quiero que se desquite aún más conmigo de lo normal— me di cuenta que hablé de más—. Quiero decir… igual es mi trabajo.
-No debería de soportar eso, señorita García— su rostro reflejaba genuina empatía—. ¿Necesita que hablé con el señor Hernández?
-No es necesario— me negué de inmediato, no necesitaba más problemas—. No me falta mucho para terminar.
-¿Le molesta si me quedó esperando con usted?
-¿Disculpe?— su pregunta me tomó por sorpresa.
-No es conveniente que una dama sea la última, además lo correcto sería aguardarla hasta que tomé un taxi directo a su casa.
-Bueno…— ver su rostro sonriente y tranquilo me hizo aceptar— de acuerdo, no tardaré mucho.
-No se preocupe— dicho esto, se sentó frente a mi escritorio con tranquilidad y paciencia.
Me esperó pacientemente después de hora y media, tal cual lo prometió espero un taxi y solo hasta ese momento se despidió para irse a su casa. Fue cuando veía la ciudad a través de la ventana del taxi cuando supe que oficialmente estaba condenada, porque una vez más me había vuelto a enamorar de un hombre. Solo que en esta ocasión mi suerte empeoró a diferencia de la última vez, porque el señor Jiménez no era el tipo de persona que mentía, él siempre había sido “bastante derecho” y honesto conmigo, sobre todo cuando comenzamos a forjar una bella amistad.
-Le agradezco la invitación a comer— le sonreí a Jorge una vez que tomé un trago de agua fresca—. Hoy el clima es demasiado sofocante.
-Ni que lo diga, Daría— se limpiaba el sudor de su frente con un pañuelo que siempre guardaba en su bolsillo—. Éste verano ha sido el más cálido en años.
-Con el trabajo de hoy se siente más abrumador— señalé, pues a pesar mitad se semana la carga laboral parecía ir en aumento— ¿Cómo le ha ido a usted?
-La verdad, Daría…— bajó la vista apenado y vi como una leve rojez coloreó sus mejillas apenas unos segundos— no he dejado de pensar en mi amada Carmela— nuevamente la espina se clavó aún más en mi corazón—; se veía re chula ayer con elegante traje sastre— vi cómo su corazón pareció estrujarse—. Tan diferente a uno, pues… ya sabe, ella es como de la realeza y yo solo un esclavo más del sistema.
-No diga eso, Jorge— una vez más iba yo como buena amiga a animarlo—; usted vale mucho y ella lo sabe, por algo son tan buenos amigos desde hace años, ¿no es así?
-Pues sí, pero mi padre solo era un peón en su hacienda y yo el hijo de ese hombre, ella la hija del hacendado— descubrí lo mucho que le podía la diferencia de clases entre él y su amor de infancia—. Si ella te despreciara, no te seguiría frecuentando y procurando como hasta ahora. ¿o me equivoco?
-Tiene razón— suspiró sin más, mientras daba un mordisco a las flautas que pidió—. Quiero declararle todo mi amor, pero me aterra su respuesta.
-Debería hacerlo— soplé la cucharada de la sopa azteca antes de ingerirla—, así dejará a un lado la duda o el miedo; si le rechaza al menos ya sabrás la respuesta y no hay más que hacer, pero si sigue así el estrés lo matará antes de que siquiera lo intente.
-En eso tiene razón— me sonrió. Analizó cómo seguía templando mi sopa y se rió de mí—. ¿Por qué ha pedido algo caliente en pleno verano?