Honestamente no creí que volvería a recaer en esto; estoy bastante segura de que él… no está muy contento con esto, pero la soledad a veces hace que el ser humano se deje llevar por impulsos bajos que atentan contra su propio bienestar. Así que hemos aquí una vez más empinando una botella que llevaba guardada añejando por un obsequio de aniversario, antes de que cosas en mi vida se fueran en picada.
Justo como ahora con la horrible ausencia de Princesa que me deja entre cuatro paredes frías y distantes. Otra vez sola.
Desde hace un tiempo supe que yo adoraba el mezcal y el tequila, pero en momentos como éste se vuelven una compañía dañina. Ahora sentada en aquella silla mecedora mirando hacía la ausencia, mientras el líquido quema mi garganta intentando recordarme que yo aún sigo con vida y me anestesia el dolor por eso. Sí, a mis 88 años aborrecía la idea de seguir todavía robando oxígeno y que Dios se apiadara de mi alma por pensar así, pero no podía mentirme a mí misma.
“Lo siento, Daría… ya no hay nada que yo pueda hacer”.— la mirada brutalmente honesta de Alan me había quebrado.
Todavía no me discernía entre la idea pecadora de reclamar el porqué Dios me dejaba sola arrebatándome a quienes amaba o si sencillamente tendría que conformarme y esperar a que me reclamara de vuelta. Estaba tan dolida que me tenía que morder la lengua antes de soltar alguna blasfemia contra mi señor todopoderoso.
Decidí entrar arrastrando mis pies de vuelta a la sala de mi casa, donde descansaban dos urnas con cenizas, una de mi esposo y otra de Princesa que era mucho más pequeña. Abrí una caja de madera y el olor caro y fino del tabaco invadió mis fosas nasales, tomé una pipa de mi esposo y le agregue tabaco que tenía años sin probar. Estaba cayendo de vuelta en aquel agujero del que mi esposo me había visto salir hace muchos años.
-Sé que estás molesto…— dije mirando la urna de mi esposo— pero si lo piensas bien, te has llevado a mi última compañía, ¿por qué reclamaste a nuestra hija de vuelta?
Aspire el humo y aquel sabor lleno mi paladar hasta casi escaldar mi lengua, pero eso era mucho mejor que seguir llorando hasta secarme. Saqué el humo suavemente y solo una vez tosí, parecía que a pesar de los años mi mal hábito no se había perdido del todo. Le volví a dar otra calada pequeña, antes de exhalar y darle un trago a la botella de mezcal.
Ese maldito sueño premonitorio sucedió una vez más, ¿sería alguna especie de don o maldición? No lo sabía, pero volver a soñar con una muerte que se cumplió no me agradaba en lo más mínimo. A veces desearía… cambiar ciertas cosas que no podía del pasado o… solo disfrutarlas un poco más.
[Hace cuarenta y cinco años]
Me encontraba con una inexplicable sensación de angustia que sentía que jamás se iría de mí. Estaba en el auto después de haberme arreglado y aunque yo misma conducía, desconocía mi paradero, o mínimo no lo sabía de manera consciente. Sentí que mis ojos eran pesados y estaban algo resecos, aunque no me vi en un espejo para comprobarlo.
Solo seguí manejando por las calles que me resultaban desconocidas, pero yo continuaba de forma mecánica y automática rumbo a mi destino. De pronto llegué al lugar en donde varias personas estaban amontonadas en silencio; así que me acerqué de forma sigilosa con un paraguas en mano porque estaba lloviendo a cántaros. Cuando me abrí paso descubrí un par de figuras familiares que me dejaron completamente fría. Aquellos muchachos estaban con la vista agachada, no querían ver esa caja fúnebre frente a ellos.
El menor levantó la vista y cuando hicimos contacto visual noté sus ojos enrojecidos reflejando todo el dolor que cargaba a pesar de su corta edad. Me quiso dar una sonrisa, pero solo llegó a una mueca pequeña que rápidamente se disolvió al ver que su hermana volvía a llorar desconsolada. La estrechó contra él para darle ánimos, mientras pretendía no desmoronarse en ese intento. Me giré a ver aquella caja de un color miel y bien pulida; estaba cerrada y no podía ver a la persona dentro, pero de alguna forma yo sabía quién estaba ahí dentro.
Un nudo se formaba en mi garganta ante aquella idea; me sentía algo sola ahora que sabía quién estaba en aquel ataúd. Ahora que sabía quien era la difunta y de quien se trataba aquel sepelio. Apreté mis manos a mis costados con rabia e impotencia.
-¿Por qué?— murmuré cabizbaja— ¿por qué te fuiste tan pronto?, ¿por qué los dejaste?— volteé al cielo molesta—. ¿Por qué te la llevas tan pronto si ellos aún son muy jóvenes?
[...]
Abrí los ojos encontrándome con el techo de mi habitación; el corazón aún palpitando con fuerza y una presión en el pecho de haber sentido que aquello fue real. Mis ojos denotaban que había llorado dormida hasta casi secar mis glándulas oculares y mi garganta estaba completamente seca, demandando ser hidratada en ese momento. Con pasos muy pesados bajé hasta la cocina porque olvidé llevarme mi vaso de agua— una costumbre porque siempre despertaba con sed—; bebí como si estuviera cruda y deje el vaso en la mesa con cuidado.
Me giré al reloj de pared y vi que eran las ocho en punto, así que decidí apurarme con mis deberes de ese día porque ya casi era la rutinaria “hora de visita” en el hospital. Subí con prisas a bañarme y arreglarme para poder llegar justo a las diez de la mañana a aquel hospital que me quedaba a cuarenta minutos de camino. Durante el trayecto, bebí un jugo verde y comí una barra de avena para no llegar con el estómago vacío.