Vivencias de una anciana

Capítulo VIII

Por primera vez en mucho tiempo mis rodillas habían dejado de doler y eso me hacía poder caminar cómodamente por aquella hermosa playa en un bello atardecer con tonos violáceos y naranjas. La brisa fresca me pegaba en el rostro y alborota mi cabello que estaba suelto; estaba completamente descalza sintiendo la arena de mar entre los dedos de mis pies. La sensación me generaba alegría y por eso continuaba caminando libremente como si tuviese la mitad de mi edad actual.

El agua a veces lograba alcanzarme y mojarme hasta la mitad de mis pantorrillas; sin embargo, continué cerca de la orilla porque la refrescante sensación fue placentera para mí. De pronto sentí como unas pequeñas catarinas comenzaron a utilizar mis piernas como medio de transporte. Era algo extraño el contacto de ellas caminando por mis piernas, pero a la vez recordaba a mis amigas decir que ese presagio era bueno, pues “bendiciones” se acercaban; así que no me moleste y las deje libremente hasta que ellas mismas quisieran bajarse.

La playa estaba casi vacía y caminé prácticamente toda la orilla de la playa con tranquilidad. Mis pulmones se llenaban de aire fresco y la dicha me llenaba a pesar de estar caminando sola y sin rumbo fijo. Entonces vi un par de figuras a lo lejos que parecían querer captar mi atención e inclusive me saludaban. No lograba distinguirlos por lo que la incertidumbre me provocaba una ansiedad y temor que me arrebató aquella alegría que tenía antes.

“¿Quiénes son?”— murmuré confundida.

[En la mañana]

Por primera vez en días tuve ánimos de hacerme algo de desayunar; me serví un té y me preparé unos huevos a la mexicana agregándole un poco de salsa macha. Me senté en el comedor que estaba sumamente silencioso, pero iluminado porque finalmente abrí mis ventanas para que corriera el aire fresco; la sensación fue agridulce, pero al menos estaba intentando no dejarme caer en aquel agujero del hace años atrás.

Traté de respirar tranquilamente y comer sin prisas como solía hacerlo con compañía, aunque cada vez que estuve sola esa tarea se me complicaba y trataba de distraerme con la televisión lo que provocaba que engullíera la comida y no la disfrutará. No presté atención a lo grande que ahora me parecía mi casa o sabía que nuevamente caería en viejos hábitos.

Cuando terminé y vi que apenas eran las diez de la mañana; comencé a rumiar la posibilidad de que no vendrían a visitarme y eso que ya había limpiado— el día anterior— mi casa con sumo cuidado. Hice a un lado esa idea y decidí salir a regar mis plantas que llevaban días secas por mi descuido, por un momento creí escuchar el trino de Princesa y volteé automáticamente vos una sonrisa; sin embargo, al ver su columpio vacío recordé que ahora no estaba más conmigo.

-Mi Princesa— suspiró cabizbaja pensando en mi bella ave—. Mamá te extraña muchísimo.

Cuando terminé con las plantas volví a entrar a mi casa y decidí continuar con mi bordado para al menos hacer algo que matará tiempo. Analicé que estaba haciendo unos tulipanes de color rosa y blanco y nuevamente aquel sabor amargo llego a mi paladar por lo que un mohín se apareció automáticamente en mi boca.

-María…— pasé la yema de dedos por el bordado— eran tus favoritas, ¿cierto?

[Hace muchos años atrás]

-¿Aceptaras a Gabriel?— su comentario me sacó de mis pensamientos.

-¿Qué?

-Sí, que si vas a aceptarlo— señaló hacía el ramo de flores que estaban a mis manos—. Parece que se está esforzando mucho. Ese ramo de rosas es muy bonito, aunque yo prefiero los tulipanes— una sonará risa se escapó de mi boca.

-¿Te gustan los tulipanes?— continuaba riéndome—, ¿eso qué tiene que ver?

-Por si quieres regalarme un ramo— se encogió de hombros con una leve sonrisa.

-Dile eso a tu prospecto, ¿por qué a mí?— formó un mohín con sus labios.

-Qué importa un prospecto, yo quiero recibir flores de mi amiga— me miró seriamente—. ¿O es que no quieres regalarme nada?

-Bien— suspiró resignada y ella volvió a sonreír emocionada—. Te daré un ramo de tulipanes en tu cumpleaños.

-Quiero ese regalo siempre, ¿puedo?— me hizo un puchero y accedí.

-Bien, todos los que mi mejor amiga quiera— le sonreía dejando el ramo en mi escritorio—. Supongo que para eso trabajo.

-Así es— asintió con la cabeza y se giró nuevamente a su escritorio complacida—, pero aún no me dices si lo vas a aceptar… sabes que Jorge va a casarse muy pronto y pues tú…— me miraba de reojo preocupada— ¿ya lo olvidaste?

-No del todo— fui franca—, pero él hará su vida y yo la mía. Así tiene que ser.

-Tienes razón— soltó un largo suspiro—. Gabriel parece un buen prospecto, aunque igual debes fijarte bien en eso.

-Lo haré— me sonrió nuevamente y yo le devolví una pequeña sonrisa—. ¿Quieres ir a comer? Yo invito.

-Hasta la pregunta ofende, claro que quiero— ambas reímos y continuamos con nuestro trabajo del día.

[En el presente]

Ding dong, ding dong.



#6162 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 14.05.2026

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