Habían transcurrido tres días desde que me habían visitado aquella familia que comenzó a alegrar mis días. Aunque no podía negar que su ausencia me tenía un tanto nerviosa y rumiando en ideas para nada placenteras a las que prefería ignorar por mi propio bienestar. Aún así había conseguido volver a cuidar como siempre de mí misma y de mis plantas e incluso les había vuelto a cantar como antes.
En esta ocasión opté por cantar “Historia de un amor” de Pedro Infante, lo que me hacía recordar a mi difunto marido que adoraba su música; “El ídolo de México” siempre fue su favorito y solía dedicarme aquellas canciones cuando comenzamos a ser pareja. Nuevamente ese sabor agridulce allanó mi boca y una amiga sonrisa se formó en rostro.
-Ay, amor… ¿cuántos años han pasado?— pregunté viendo mi cultivo de tomates que me recordaban a él—. Aún te extraño y más que ayer, condenado.
Toc, toc.
Unos suaves golpes en la puerta me sobresaltaron por completo; aunque lo que captó mi atención fue que esos golpes no provenían de la puerta exterior que daba a la calle, sino de la entrada a mi casa, la cual se encontraba entreabierta porque ahora estaba en el patio. Suena casi ilógico creerlo, pero podría jurar que era esa la manera de tocar de mi esposo, un tanto peculiar ya que sus golpes solían parecer musicales para diferenciarse del resto de personas. No pude evitar sonreír y reprenderlo en voz alta como acostumbraba.
-¿Aún sigues aquí?— traté de parecer molesta—. Mejor ve a cuidar de nuestra niña o volverá a despeinarte como protesta— una brisa suave me golpeó en el rostro.
Sé que para muchos podrían ser cosas a las que me aferraba por mi cultura o mi soledad y sin embargo, yo quise aceptar aquellas creencias y aferrarme a aquella idea de que mi esposo a veces venía a visitarme. Que a veces Dios le daba permiso de venir a darme ánimos cuando me encontraba pérdida, tal y como lo llegó a hacer cuando estaba con vida. Quizás sean falsas esperanzas para algunos o patadas de ahogado, pero yo firmemente creía en ello.
-Te amo…— le susurré antes de entrar tranquilamente a mi casa.
[En la tarde]
-Disculpe la demora— tomó la taza de chocolate que le ofrecí—. Gracias— murmuró dando un sorbo a su bebida—. Estuvimos un poco ajetreados esta mañana antes de venir.
-No se preocupen— tomé asiento con ellos, no sin antes dejar mi taza de chocolate en la mesa—. ¿Cómo les ha ido?
-Muy bien, gracias por preguntar— asintió Lara—; ¿qué hay de usted?
-Bueno…— sentí la mirada de todos atentos a mi respuesta— ya saben, ahí la llevo con todo éste duelo.
-Me imagino, ¿qué edad tenía Princesa?
-Ya tenía treinta años mi pequeña— sonreí al recordar la primera vez que la vi en el refugio—. ¿Qué les parece el chocolate?— decidí cambiar a otro tema.
-A mí me gustó mucho— respondió primero Irene con una sonrisa—. Señora Daría… ¿podría contarnos de Ga-...?
-¡Irene!— su madre la veía molesta—, ¿en qué habíamos quedado? Deja que la señora Daría hablé de lo que quiera.
-Claro que puedo hablar de ello— sonreí divertida—; aunque no sé si disfruten mi narración porque no soy muy buena.
-No sea modesta, narrada muy bien— me elogió Axel—. Ya le contamos a nuestros padres de eso.
-Hablaban sin parar— señaló Felipe con una sonrisa y negando con la cabeza—. Ahora mi curiosidad ha crecido por eso.
-Sí, quizás también un poco la mía— murmuró Lara que estaba frente a mí.
-De acuerdo, entonces les contaré— bebí un poco más de mi chocolate caliente.
[Años atrás]
Jorge había tenido su boda como tanto había deseado y honestamente ver a los novios tan felices fue contagioso. Lo cierto era que un mes antes de ir a la boda acepté de manera impulsiva salir con Gabriel debido a que sentía que debía arrancar a Jorge de mis pensamientos o de alguna manera arruinaría su felicidad con mi rostro de tristeza al verlo en el altar. Claramente el día de la boda estaba tan nerviosa por tener la mejor de las sonrisas que no había notado que contra todo pronóstico verlo en el altar no me pareció horrible o triste.
Sentí que no podía perder algo que nunca fue mío; así que darme cuenta de ello me hizo sentir indiscutiblemente libre.
Fui con María a la boda de Jorge y ambas pasamos un momento bastante ameno; por ello regresar al trabajo la semana siguiente a una festividad de semejante magnitud fue agobiante. No obstante, ahí estábamos ambas de regreso al trabajo completamente cansadas, aunque mi amiga parecía peculiarmente estresada o molesta.
-¿Estás bien, María?— le pregunté curiosa.
-Sí, solo…— soltó un suspiro cansado— mis padres me visitaron de sorpresa y… es algo complicado.
-¿No tienes una buena relación con ellos?— la vi tensarse por lo que decidí casi confesarme para que sintiera confianza—. Yo no me llevó tan bien con mi madre y… han pasado algunos años desde la última vez que la vi. Creo que ambas hemos evitado vernos a toda costa.
-Pues… no es que me llevé mal con ellos, pero… agh, no lo sé es complicado supongo— parecía frustrada e incluso pasó sus manos bruscamente sobre su cara.