Verlos nuevamente solos frente a mi puerta fue sumamente extraño; definitivamente no era una buena señal, pero de cualquier forma los hice pasar antes de cuestionarios. Una vez que todos estábamos sentados y con agua de limón para refrescarnos, decidí comenzar a hablar porque ellos parecían curiosamente callados.
-¿Qué ha sucedido?— fui directamente al grano.
-Pues… tuvimos una diferencia con nuestros padres— murmuró Irene y vi a Axel silencioso y sin querer mirarme.
Definitivamente él tenía que ser parte fundamental o la raíz de dicho altercado.
-¿Axel?— se tensó ante mi mención—, ¿por qué discutieron con ellos? Parecían ser muy amables y tenían una buena relación.
-Es que…— comenzó a jugar con sus manos sin saber que decir e Irene solo colocó su mano en su hombro como apoyo.
-Está bien; si no quieres hablar de ello conmigo— me miraron sorprendidos al no presionarlos—. Lo crean o no he aprendido un poco a cuidar de niños y sé que es complicado, pero… siempre debemos escucharlos cuando ellos deseen hablar.
Me miraban con curiosidad y sabía que se morían por saber de aquella anécdota que tenía en mente. Tomé un sorbo a mi agua y suspiré con cierta tristeza por esa memoria, pero sabía la enseñanza que podría brindarles con eso.
[Hace cuarenta y cinco años]
Sergio y Victoria eran casi como mis sobrinos y yo adoraba cuidar de ellos a pesar de que eran un reto muy difícil para mí, pues jamás había tenido la responsabilidad de alguien más hasta aquel entonces. Comenzaron a vivir conmigo cuando tenían doce y catorce años, respectivamente. Nuestra relación fue complicada porque no tenían ningún conocimiento de mi existencia hasta que fueron unos adolescentes rebeldes y complicados para mí.
En ese entonces ni siquiera había adoptado una mascota antes de que ellos llegarán; así que era raro que otro ser vivo dependiera de mí en esa magnitud. Sin embargo, prometí cuidar bien de ellos así que trataba de formar un vínculo con ellos de manera natural, pero las obvias razones por las que nos vimos forzados a convivir no ayudaban mucho.
-Buenos días, ¿cómo amanecieron?— les sonreí al verlos bajar con su uniforme escolar—. Les preparé unos huevos estrellados y unos “Hot cakes” para desayunar. Les pido perdón por no poder prepararles algo para su receso en la escuela.
-Gracias, señora Daría— murmuró Sergio algo decaído.
-Ya sé nos hace tarde, tal vez a la próxima— soltó Victoria jalando a su hermano a la salida.
-¿Quieren que los lleve?— pregunté, aunque aún no estaba lista—. Dejen me cambio rápido y lo-...
-No, gracias— salieron tranquilamente con el juego de llaves que les había dado—. Podemos tomar el camión.
Sin decir algo más salieron por la puerta prácticamente sin despedirse. Me frustré bastante, pero no quería reaccionar como mi madre, así que respiré hondo y comprendí su reacción. No me conocían de nada, al menos hasta hace unas semanas y saber la situación de su madre los tenía estresados y tristes. No los culpaba por ello y me recordé: “tú eres la adulta aquí, Daría”.
Después me puse a desayunar y guarde en el refrigerador la comida que quedó. Me bañé y me vestí para ir con mi amiga a investigar un poco más acerca de sus hijos para que podamos tener una mejor relación. Después de todo era prácticamente su tía por su madre.
-¿Cómo amaneció la paciente más bella?— sonreí al verla tranquila, esperando por mi llegada—, ¿qué desayunaste, María?
-Duele un poco— sonrió con cansancio—. Me dieron algo que parecía avena y una gelatina de limón; ¿ustedes qué tal?, ¿cómo se han portado mis niños?
No podía preocuparla más, no sabiendo lo que estaba pasando en ese momento. Tuve que mentirle a la cara porque mis nimiedades eran nada en comparación y yo pondría todo de mi parte para que mejorará ella e inclusive subir el ánimo de sus hijos.
-Les preparé huevos y hot cakes para desayunar— le sonreía mecánicamente.
-¿En serio?— me miraba confundida—, ¿comió Victoria? Se puso a dieta y no suele comer harinas y esas cosas. Ya sabes como son los adolescentes y bueno… Sergio no tomó leche, ¿verdad? Es intolerante a la lactosa, pero aún no se acostumbra y lo olvida— me miró consternada—. Lo siento olvidé decírtelo.
-No te preocupes, les di jugo de naranja y no pudieron terminar de comer porque se les hacía algo tarde por mi culpa, pero te prometo que madrugaré aún más para ellos— traté de animarla—. Son unos jóvenes muy educados y cómo no si te tienen como madre. Son buenos niños, María; así que no te preocupes. Solo recuperate.
-Gracias, Daría— tomó cálidamente mi mano.
-No hay de qué, por cierto…— no sabía muy cómo hacerle preguntas sobre sus hijos— ¿hay algún otro ingrediente del que me deba preocupar? Ya sabes, solo quiero saber para darles lo mejor de comer.
-Bueno…— se quedó pensativa por un momento— Victoria suele tener dietas estrictas y por eso pierde muchas energías, no la dejes que se restrinja demasiado porque a veces solo quiere comer dos manzanas al día— la preocupación en su rostro era obvia—. Sergio suele comer muy bien, solo hay que cuidarlo de los lácteos porque hace poco descubrimos que es intolerante y… ¡ah, claro! No debe comer mucho picante porque irrita su estómago.