Me sentía incómoda debido a la actitud de Gabriel esa mañana, pero verlo tan tranquilo sentado frente a mí, me relajo automáticamente. Me dispuse a comer unos “totopos” en lo que llegaba nuestra comida. Mi novio se veía un tanto ansioso cada que algún mesero pasaba cerca de nuestra mesa y eso quebró la sensación de tranquilidad que teníamos un par de minutos antes.
-¿Estás bien, amor?— le pregunté preocupada.
-Sí, lo lamento— me dio una sonrisa intentando tranquilizarme—. Debe ser el estrés del trabajo.
-No te preocupes, todo estará bien— dicho esto un estruendo llamó mi atención.
Al girarme un hombre había dejado caer un par de platos y miró de reojo nervioso a nuestra mesa, lo que me pareció extraño; aún más cuando me volteé hacía Gabriel y tenía un gesto de molestia que rápidamente cambió al verme a la cara. No sabía exactamente qué era lo que pasaba, pero me estaba poniendo nerviosa por lo ocurrido.
Llegaron con nuestros platillos y eso tranquilizó un poco mi ser, así que comíamos tranquilamente hasta que llegó la hora de la sobremesa. Cuando me trajeron el flan que pedí me di cuenta que tenía algo escrito con caramelo y miré a Gabriel con incredulidad.
-¿Qué dices?— se notaba algo nervioso—. No necesito ahora mismo tu respuesta, pero quiero que sepas que te amo y quiero pasar el resto de mi vida contigo, Daría.
“¿Quieres casarte conmigo?”— releí lo que estaba escrito como si fuese efecto de mi imaginación.
-Yo… no lo sé— lo miré con honestidad y tomé sus manos entre las mías—. Perdón, pero aún no lo sé, Gabriel.
-Está bien— respondió, aunque no podía ocultar su tristeza—. Sabes que no te presionaré más, tú tienes la última palabra.
-Gracias…— fue lo único que dije.
Ni siquiera terminé el postre, necesitaba regresar a casa sola para poder pensar en lo ocurrido. Le di vueltas una y otra vez, pero decidí que lo mejor era llamar a “la voz de mi razón”; o sea María. La cita para vernos en fin de semana y creí que todo estaría bien, pero las cosas con mi mejor amiga eran muy raras; ya que no me dirijo la palabra hasta el día que nos habíamos citado.
Cuando llegó— veinte minutos tarde, por cierto—; sentía que iba a vomitar de los nervios. Su gesto serio y algo distante me tenía completamente tensa y pensaba si acaso yo había hecho algo que la hiciera enojar.
-¿Te ocurre algo?— pregunté sin poder más con la incertidumbre.
-Daría— me miraba fijamente—, voy a renunciar a éste trabajo.
-¿Qué?— me tomó por sorpresa esa confesión.
-Estuve hablando un poco con mis padres esta última vez que se quedaron y…— soltó el aire de sus pulmones de tajo— creo que es lo mejor. Aquí estoy teniendo un par de problemas, así que me iré.
-¿Qué problemas?, ¿a dónde te irás?— la miraba preocupada.
-No tienen que ver contigo, Daría— su voz sonó distante—. Me mudaré al sur de México.
-¿Al sur?— repetía incrédula—, ¿por qué?
-Ya encontré un buen trabajo allá— trato de no mirarme fijamente a diferencia de antes—. A partir de la próxima semana no estaré más aquí.
-¿Tan pronto?, ¿por qué no me dijiste antes?— mi mente daba vueltas ante dicha información.
-No eres mi madre, Adela— me miró molesta—. No me trates como a una niña y no tengo porqué avisarte nada de lo que haga.
-Perdón— me disculpe de inmediato—. No quería sonar así, solo que-...
-No importa— me interrumpió rápido—. De cualquier forma, solo iba a despedirme.
-María— me acerqué a ella para abrazarla y apelar de todo no me rechazó, aunque tampoco me devolvió el abrazo—, te voy a extrañar, eres mi mejor amiga.
-Siempre lo seremos, pero… aún veces estas cosas pasan— parecía que su voz se iba a quebrar en cualquier momento.
-¿Seguiremos en contacto?— pregunté nerviosa e insegura.
-Por supuesto— escribió rápidamente un número en una servilleta—. Aquí está mi número y… perdón por exaltarme hace un momento, mis padres… me han tensado un poco— explicó brevemente—; aunque sé que solo quieren lo mejor para mí.
-Probablemente es así y no te preocupes, jamás estaría enojada contigo, María— nos abrazamos mutuamente.
-Ibas a contarme algo, ¿verdad?— dijo sacándonos del momento y me separé para volver a sentarme frente a ella.
-Gabriel me propuso matrimonio— escupí sin darle más vueltas al asunto.
-¿Qué?— abrió la boca con sorpresa.
-Cuando salí con él a comer me lo dijo— nos quedamos calladas un momento cuando trajeron los platillos a la mesa—. Aunque me dijo que no me presionará— agregué una vez que la mesera se alejó.
-¿Qué le contestaste?
-Que no sabía— me miró con incredulidad—. Es que no estoy segura, ¿no es muy pronto?