Vivencias de una anciana

Capítulo XII

La tarde fresca era bastante placentera. Estaba en una muy bella mesa que daba al campo de las más hermosas flores coloridas que jamás había visto. Frente a mí estaba un juego de té de una fina porcelana que sacaba aún ese aroma humeante y herbal. Un trinar lejano me hizo alzar la vista y vi a Princesa volar libremente por el cielo, hasta acercarse a la mesa y posarse en mi cabeza a forma de saludo.

“Hola, Princesa”.— la llamé alegremente.

“Hola”.— respondió con aquella voz tan grave y peculiar que tiene.

“Perdón por llegar tarde”.— una sombra se cierne sobre nosotras y se acercó a darnos un beso respectivamente— “¿Cómo han estado mis bellezas?”

“No te preocupes, corazón”.— le sonrió y acercó una taza frente a él— “Cuidado, aún está caliente”.

“Gracias, mi cielo”.— le dio un sorbo a su taza y sentí como Princesa volaba hacía él— “¿Qué pasa, Princesa?, ¿nos habías extrañado?”— le preguntó con diversión y ella respondió con un graznido afirmativamente.

“Nosotros también te extrañamos”.— le respondí feliz— “Aunque supongo que te divertiste explorando el campo”.— volvió a grabar y nos echamos a reír.

“A nuestra hija le encanta explorar éste campo de flores”.— comentó mi esposo con alegría.

“No la culpo, es un paisaje tan fascinante como casi enigmático”.— respondía con la vista al horizonte— “¿No te parece, cariño?”

“Tienes razón”.— asintió y giró su vista hacía el campo frente a nosotros— “La creación de Dios siempre ha sido así”.

“Así es”.— la profundidad de su voz me sorprendió y me hizo voltear a verlo— “Te extraño mucho, cielo”.

“¿De qué hablas?”— pregunté confundida— “Estoy aquí”.

“Sí, por ahora estás aquí…”— su mirada era muy extraña— “Pronto te quedarás aquí”.

El ambiente fue completamente extraño, sentí que estaba fuera de lugar y una ansiedad me comenzó a invadir; sintiendo la falta de aire en mis pulmones comencé a dar bocanadas de aire. No me parecía suficiente, sentía que todo me daba vueltas y comenzaba a irme de aquel campo hasta otro lugar lejano.

“Daría”.— me habló una voz a lo lejos— “¿Daría, me escuchas?”— creo que era mi doctora— “¡Daría!”

[Al despertar]

Piiiip… piiiip… piiiip

El sonido de ese pitido me sacaba de mi sueño trayéndome de vuelta a la realidad. Al abrir los ojos— que me pesaban abismalmente—, vi un techo blanco y liso sobre mí y comencé a ser consciente de un horrible dolor en mi cabeza y también en la pelvis. Sentía una incomodidad por la hinchazón abdominal y el dolor de un catéter en mi mano que me gritaba dónde me encontraba.

-Finalmente despertaste— me sonrió apareciendo de mi lado izquierdo—. La familia que te trajo ha pasado aquí las últimas 36 horas, tardaste demasiado en despertar.

-No quería despertar— me sincere y me dio una amarga sonrisa en respuesta—. ¿Ya puedo irme?

-Dara…— me miró con reproché— acabas de despertar debido a la conmoción que tuviste por esa noticia y además debo estarte checando para ayudarte con-...

-No es necesario— la interrumpí y ella me miró molesta—. Valentina, ya tengo 88… no gastes recursos en alguien que no lo vale.

-¿Por qué no lo val-...?— preguntó a la defensiva, pero nuevamente la interrumpí.

-Soy una anciana sin familia, Scottish— mi sonrisa también era amarga—. Quiero irme con ellos.

-¿Por eso me escondiste esto los últimos años que no estuve?— preguntó molesta—. Me fui doce años al extranjero y al regresar me entero que tuviste cáncer y no solo eso… me evitaste estos últimos meses para que no supiera que tu cáncer volvió.

-¿Puede volver no?— mi sonrisa socarrona le dejó claro que no me sentía culpable—. Sabes bien que a la mayoría de mujeres les puede volver y… es la herencia que mi madre me dejó— bromeó con amargura, pero ella no se rió en lo absoluto.

-No es un juego, señora Blanch— me miraba muy seria.

-Nunca dije que lo fuera— cerré unos momentos mis ojos, como si pudiera aún sentir el calor de mi esposo e hija—. Solo que esta vez ya no quiero luchar.

-¡Seis años, Daría!— la rabia estaba inyectada en sus ojos avellanados.

-Entonces sabes que ya no tengo remedio.

-Daría— un mohín se formó en su boca.

-Valentina— imite su voz baja.

-Debo informarles— se iba a retirar, pero la detuve en ese instante.

-No lo hagas— me miró firme y sin flaquear ante su idea—. No por ahora— imploré—; ellos han sido muy amables conmigo y… no soy su familia, no quiero causarles molestias.

-Te daré 48 horas, pero tú debes avisarles o lo haré yo— me miraba con esa altivez que le brindaba su especialidad—. Merecen saber la verdad al haberse preocupado tanto.

-Valentina…— la llamé una vez más.

-Dime…

-¿Puedo pedirte un último favor?— me miró brevemente antes de asentir—. Deja pasar a los niños— me iba a sermonear en ese instante—. Es solo como última voluntad, sé que aunque es un hospital privado gracias al seguro que dejó mi esposo; no dejarán pasar a menores, pero… no quiero volver a repetir la historia de María— eso la hizo dudar—. Yo sí quiero poder despedirme.



#6162 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 14.05.2026

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