Vivencias de una anciana

Capítulo XIII

-¡Señora Daría!— ambos corrieron a abrazarme fuertemente.

-Tengan cuidado con la señora Daría— los reprendió su madre detrás de ellos.

-Lo sentimos— se separaron solo un poco de mí.

-No se preocupen estoy bien y…— tomé la mano de cada uno entre las mías— los extrañé demasiado.

-Nosotros a usted también— fue Felipe el que se acercó a mí con cuidado—. Espero que mejore pronto.

-Gracias— le sonreía agradecida, pero aún sintiéndome consumida por la culpa, así que cambié de tema— ¿Han desayunado?

-Ya— respondió Axel a mi lado derecho.

-En ese caso, acompáñenme y les seguiré contando mi historia con Gabriel— se separaron para que pudieran comer aquella avena que me fue traída hace un par de minutos.

[Hace sesenta y cuatro años]

La boda con Gabriel fue un evento muy pequeño, mi suegro me hizo el favor de llevarme hasta el altar a falta de familia. Invitamos a varios compañeros de trabajo, pero le dejé la elección de padrinos a Gabriel porque realmente mi única amiga no podía venir a mi boda porque estaba ocupada en un par de cosas. De cualquier forma no me llevaba mal con ninguno de los que escogió junto a sus respectivas parejas.

A pesar de su sencillez, sentí que era algo íntimo el estar en aquel altar y eso me hacía sumamente feliz. Ambos compartíamos creencias y votos para que se realizará dicha unión eclesiástica y mi sonrisa no cabía ante mi felicidad, pese a mi impulsiva decisión. La luna de miel también fue en la península turística que ambos queríamos conocer y mi suegro nos pagó por completo el viaje.

Hablando de mi familia política, no era demasiada, solo: mis dos suegros y mis dos cuñadas. Mi primera impresión con ellos no fue tan positiva, aunque a estas alturas la única persona que me parecía afable era mi suegro y quizás un poco mi cuñada Beatriz. Por otra parte, mi suegra y mi cuñada— la menor de los hijos—, eran un tanto más groseros o incluso déspotas conmigo. Sin embargo, no dejaría que sus miradas llenas de reservas arruinaran mi felicidad.

-¿En qué piensas, cariño?— me habló Gabriel tomándome de la cintura suavemente—. ¿Estás lista para continuar con el itinerario?

-Por supuesto— me giré levemente para darle un beso—. Deja terminar de arreglarme y reuniré más fuerzas después de estas noches.

-Me encantaría quedarme más tiempo aquí contigo— susurró con voz baja en mi oído.

-A mi también, pero tu papá nos pagó éste viaje y sería grosero no aprovecharlo— le señalé con el dedo y me separé de su agarre—. Así que prepárate tú también.

-Lo que tú digas— levantó sus brazos en señal de rendición y se apresuró a cambiarse.

Tuvimos unas vacaciones de ensueño, regresé radiante a nuestro nuevo hogar que Gabriel había alquilado, era un departamento pequeño, pero tenía todo lo necesario para nosotros. Los días pasaron y tuve que acostumbrarme a las visitas de mi familia política que caían con recurrencia a mi casa.

-¿No has pulido el piso?— preguntaba la señora López como desdén—. Definitivamente no eres buen material para esposa— murmuró por lo bajo para que solo yo pudiera escucharla.

-¿Qué has de comer?— se acercó Josefina conservando como siempre su mirada altiva—. Dime que al menos sabes cocinar.

-Hice mole— respondía agachando la mirada, no quería tener problemas con ellos.

-Me encanta el mole— salió el señor López del baño y se acercó con una sonrisa brillante—. Beatriz y su prometido vienen más tarde, ¿te ayudamos con algo?

-No se preocupen. Siéntanse en su casa y yo les sirvo la comida— regresé rápidamente a la cocina y vi por inercia el reloj en la pared que nos regalaron en la boda.

Eran tan solo las tres de la tarde y mi esposo llegaba hasta las cinco y media, mientras que mi cuñada llegaba posiblemente en una hora. Mientras tenía que comenzar a convivir con aquellas arpías y con mi suegro que desconocía del trato que me daban su esposa e hija, pues procuraban guardar las apariencias y solo me decían aquellos comentarios agresivos en privado.

Sin embargo, me convencía a mí misma que eran pequeñeces que podía dejar pasar y que solamente eran parte de mi imaginación y aguantar un poco más no haría una enorme diferencia. Me convencía de que quizás en algún punto ellas cambiarían y podrían ser aquella familia amorosa que tanto había estado anhelando.

-Está riquísimo el mole, querida— elogió mi suegro comiendo del plato de barro frente a él—. Tienes un excelente sazón.

-Ninguno como el de mamá— se apresuró a decir Josefina mordaz.

-No exageres, hermanita— la regañó Beatriz que estaba frente a ella—. Sé que te gusta la sazón de mamá, pero reconoce que Daría tiene un excelente sazón para cocinar, ¿no es cierto, mamá?

-Eh…— su madre se quedó congelada ante la pregunta— no está mal, pero se te pasó un poco de salsa y Gabriel es muy sensible a las cosas muy saladas.

-Mamá— la voz de Gabriel era firme—. A mí me encanta como cocina mi esposa.



#6162 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 14.05.2026

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