-🎼🎼🎼-
La culpa es mía y estoy sufriendo
De hacer un mundo nuevo donde no hay adiós
Y ahora dices palabras
Inútiles y demostrarme que todo acabó
Mejor que olvides y sueñes, porque
Otra vida hermosa de hacerme, más luego
Ven a mis sueños y busca el amor
-🎼🎼🎼-
Los siguientes meses fueron grises para todo mundo, yo comencé a perder el apetito y nuevamente a sentir ese rechazo por parte de todos. Gabriel volvió a sus “andadas” de irse por las noches como si fuese aún soltero, mientras me quedaba sola en casa pasando por el duelo de un aborto espontáneo, debido a fallas de cromosomas en el feto. Mi bebé se dependía de mí demasiado pronto y yo no podía aceptarlo en lo más mínimo. No volví en micro tiempo a pisar en ginecólogo de nuevo.
Aunque quizás lo peor de todo comenzó en ese punto, pues mi matrimonio iba en picada y sin retorno alguno. Los reproches ocasionales comenzaron a surgir a los seis años de relación y ambos comenzamos a volvernos adictos a aquellas deleznables interacciones.
-¡Otra vez llegas tarde!— le grité apenas lo vi pasar por la puerta, lanzando un plato de plástico.
-¡Qué diablos te importa a qué hora llegué!— contraatacó furioso—. ¡Es mi casa y yo puedo regresar a la hora que se me dé la gana!
-¡Pues también es mi maldita casa!— me paré molesta frente a él y el olor a alcohol en su aliento era obvio—. ¡Ni siquiera puedes llegar sobrio!
-¡Déjame en paz!— me esquivó con molestia, pero yo lo seguí.
-¿A dónde vas, cobarde?— lo jalé del saco— ¡Da la cara!
-¡Me reprochas como si tú no tomarás nada!— aquello me dejó muda—. ¿Crees que no he notado que has vaciado mis licores?
-¿De qué hablas?— decidí fingir demencia.
-¡Seguramente por eso mataste a tu hijo, por alcohólica!— ese fue un golpe tan duro que genuinamente me tambaleé.
-¡No te atrevas a decirlo porque sabes bien que jamás tomé embarazada!— la rabia de ambos era palpable—. ¡Ni una maldita gota tomé!
-¡Al demonio con esto!— se dio la vuelta y desapareció en la habitación de invitados de un portazo.
Esa convivencia comenzó a ser normal durante un año y medio más de relación. Estamos tan dolidos que nos atacamos entre nosotros una y otra vez hiriendonos mutuamente cada vez más, sin pedir disculpas ni una sola vez o reflexionar respecto ello tampoco. Sería una idiota si dijera que no caímos al abismo perdiendonos mutuamente; se extingió el amor que alguna vez nos había unido y ahora solo quedaba violencia e ira.
Comenzamos a fumar y tomar por igual; por mi parte fumaba cigarrillos o puros cuál chimenea, y tomaba tequila y mezcal como si estuviera bebiendo agua. Gabriel también lo hacía, pero a diferencia de mí su mayor refugio fue tener aventuras con mujeres desconocidas, el adulterio se convirtió en su mayor refugio y cada vez lo hacía más notorio. Las manchas de lápiz labial en el cuello de su camina se volvieron una constante cuando lavaba la ropa y me generaban un amargo sabor de boca a pesar de todo.
-¿Otra vez esa maldita canción?— se quejó mientras yo cantaba en la cocina—. Por Dios, tienes 31 años y cantas las canciones de un jovencito unos cuántos años menor que tú.
-Cállate— sentencié de tajo—. Me gusta José José y adoro esta canción.
En la radio tenía sonando “Es mejor soñar” de José José y la estaba cantando a todo pulmón quizás porque una parte de mí pensaba también que quizás me aferraba aún a estar aquí a pesar de creer que coseché lo que yo misma sembré en esta relación. Sabía lo mucho que solía molestar a mi marido esa canción y ese artista que consideraba un joven poca cosa que rápido descendería.
Los roces con mi familia política también eran cada vez peores, a veces solía encontrarlos en las tiendas donde hacía las compras. Mi suegro y cuñada habían dejado de abogar por mí igual a Gabriel y ahora el desdén en ambos era claro como el agua.
-¡Vaya!— la voz a mis espaldas me hizo rabiar de inmediato—. Si es la infértil de mi nuera, ¿estás haciendo el mandado? Eso no salvará tu matrimonio, querida. Ojalá mi hijo te abandone pronto o echara a perder su vida aún más.
-Cariño, la gente— le murmuró su esposo en voz baja, aunque no desaprovechó para verme con reproché—. No vale la pena discutir con esta persona.
-Me molesta su presencia— se quejó viéndolo fijamente—. Seguro que mi hijo ya es la burla porque esta “coscolina” se le insinuaba una y otra vez al doctor Herrera— su rostro mostró un mohín de desaprobación—. De haberlo sabido no lo habría recomendado.
-¿De qué habla?— pregunté a la defensiva.
-El mismo doctor lo confesó apenado con nosotros— afirmó con aires de grandeza.
Sentí de pronto como si mi cuerpo estuviese expuesto o hubiese sido ultrajado. Recordé lo incómoda que me hacía sentir y pensar que él aseguraba que yo me le insinué solo me revolvía el estómago y me hacía sentir sucias.