Vivencias de una anciana

Capítulo XV

-Señora Daría…— vi su cara de angustia, pero levanté la mano para detener aquel acercamiento de Lara para abrazarme.

-Tenía años de saberlo— aquella confesión los dejó quietos—. En realidad me regreso y es algo bastante común, pero a diferencia de la primera vez lo deje pasar.

-¿Por qué?— la voz molesta de Axel era clara—, ¿por qué los ignoró? Pudo volver a empezar su tratamiento desde hace tiempo.

-Querido— lo miré intentando calmarlo con media sonrisa—, ya tengo 88 años… quiero volver con mi esposo e hija.

-¡Eso no es justo!— lágrimas corrían de las mejillas de Irene, quien me miraba con el mismo reproché que su hermano—. Si ya lo sabía, ¿por qué no nos dijo antes?, ¿sabe cuán preocupados estuvimos?

-Niños— Lara intervino tratando de calmarlos—, no le hablen así a la señora Daría.

-No, mamá— Axel la veía con el ceño fruncido—; ¿ya olvidaste lo preocupados que estábamos? La señora Daría ocultó de forma egoísta lo que sucedía, mientras nosotros estábamos prácticamente “moviendo mar y tierra”, “comiéndonos las uñas” y orando por su bienestar, mientras ella solo esperaba morir y ya.

-Axel— Felipe intervino—, creo que es mejor ir a tomar aire.

-¡A la muerda todo esto!— vociferó Irene dejando a todos atónitos—. Larguémonos de aquí.

Dicho esto, ambos jóvenes salieron de la habitación “soltando humo” y Lara corrió detrás de ellos con molestia. Felipe me miró fijamente con tristeza y quizás algo de decepción antes de despedirse e ir con sus hijos y esposa.

-Que descanse, señora— murmuró formalmente antes de salir.

[En la madrugada]

La iglesia solía ser de mis lugares favoritos en el mundo, sentía que era como un refugio donde todo lo malo quedaba de lado. Donde vivía de niña había una pequeña capilla en la que me solía ir a refugiar por horas cuando mi papá peleaba con mi mamá o posteriormente cuando ella estaba con su novio. Claro que mi madre poseía una fé católica instruida a lo largo de generaciones, pero no era realmente alguien tan adepta e incluso faltaba los domingos a la misa en el pueblo.

Ahora estaba en aquella capilla nuevamente, pero estaba completamente vacía y la sensación en el ambiente me generaba una extraña ansiedad. Era tarde y los rayos de la puesta de sol comenzaban a filtrarse por los vitrales con imágenes de santos y de la Virgen María. Todo a mi alrededor tenía tonos naranjas y eso me dificulta la visibilidad, al menos hasta que llegué a la cruz que estaba centrada. Miré con detenimiento a Jesucristo nuestro señor que tenía siempre aquella mirada suplicante hacía el cielo, implorando por nuestros pecados.

-Mi señor…— murmuré hincandome automáticamente— perdona a esta sierva por mentirle tan vilmente a mis seres queridos.

Sentía que él me miraba de vuelta, aunque no juzgándome; más bien me miraba con su infinita piedad que lo caracteriza. Todo seguía absolutamente quieto, pero una voz suave y profunda irrumpió en toda la capilla. Parecía extrañamente provenir de arriba y de alguna manera estaba segura que no era una voz humana.

«Debes disculparte, hija»— fue todo lo que dijo aquella voz y así como vino, desapareció.

[A medio día]

No llegaron temprano a verme y sabía que la situación podía continuar tensa, de cualquier manera me lo había ganado a pulso. Así que su ausencia matutina no fue del todo anormal para mí. Me distraje desayunando y orando para después perderme nuevamente entre pensamientos y en aquel sueño que tuve.

Toc, toc.

El sonido me sacó de mis pensamientos y por un instante me emocioné pensando en la posibilidad de que fueran ellos, pero solo vi entrar a mi doctora y no pude ocultar mi decepción y ella claramente lo notó.

-Parece que esperabas a alguien más— comentó con su voz suave—. Lamento haberte esperanzado, Daría.

-No te preocupes, Valentina— le di media sonrisa y me giré nuevamente hacía la ventana—. ¿Crees que alguna vez vuelvan?

-No lo sé— su respuesta fue sincera—. Has mentido estos años y es una noticia difícil de digerir para todos.

-¿Aunque la del cáncer sea yo?— la pregunta fue más un refugio sarcástico que un reproche.

-Aunque seas tú quien tiene cáncer— afirmó severa con las manos en la batalla médica.

-Lo siento, Scottish— me miró un poco sorprendía, aunque si gesto no duró mucho—; sé que huí de ti principalmente para ocultar esto, y… perdón por pedirte no decirlo en un inicio.

-Aah…— soltó un suspiro y se acercó a mi lado con una pequeña sonrisa— no te preocupes, los pacientes complicados y cascarrabias son mi especialidad.

-¿Así era María?— pregunté sonriendo.

-Supongo que por algo eran mejores amigas— desvió la mirada hasta la ventana—. También lo oculto de sus hijos, ¿no aprendiste de eso?

-No me regañes, mocosa— me queje desviando la vista a mi regazo—. Sigues siendo un tanto regañona.

-Tú sigues siendo terca— me señaló divertida—. Igual que con él— la mención de mi esposo me regresó el sabor amargo.



#6162 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 14.05.2026

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