Mi trabajo en aquella oficina fue mucho mejor de lo que esperaba; debido a que creí que al estar fuera de mi zona de confort me costaría demasiado adaptarme, pero no fue así. Honestamente el jefe Morelos, amigo del señor Blanch, era muy agradable y un excelente jefe con sus subordinados; por ende, mis compañeros eran muy amables y no sentía alguna especie de “envidia” o “rivalidad” en el ambiente. En su mayoría había hombres, con excepción de una compañera que era la secretaria del jefe Morelos, la señorita Alicia, la cual también era muy amable conmigo y poco a poco nos hicimos cercanas.
No fluyó de igual manera que con mi amiga Maria, pero igual era una gran amiga y colega laboral. Hablando de ella, últimamente me preguntaba cómo estaría Maria ahora; no sabía nada de ella y había perdido comunicación con ella al pasar de los años. No sabía cómo comunicarme con ella hoy en día y eso era una verdadera lastima.
-Buenos días, Daría— me saludó Alicia con una pequeña sonrisa y un leve asentimiento con la cabeza.
-Buenos días, Alicia— le devolví el saludo, mientras acomodaba mis notas en un escritorio—. ¿Ya llegó la cliente?— le pregunté, aún organizando mis cosas.
-Todavía no ha llegado— hizo una pausa para verme fijamente—. ¿Divorcio o alguna otra demanda?
-Orden de alejamiento— respondí, en eso la oficina del licenciado Morelos se abrió—. Buenos días, licenciado— le saludé con cortesía.
-Buenos días, señorita Daría— se acercó a Alicia a pasos suaves—. ¿Aún no ha llamado la señora Ramirez?— ella negó con la cabeza.
-Qué extraño— señalé tomando mi libreta y pluma con las que planeaban tomar nota.
-Posiblemente se retractó— respondió y estaba por objetar cuando una llamada irrumpió en la oficina.
-Buenos días, oficina del licenciado Morelos; ¿en qué puedo servirle?— respondió Alicia, educada como de costumbre, pero su rostro poco a poco fue borrando su sonrisa matutina—. De acuerdo, señorita Ramorez, yo le aviso al licenciado. Qué tenga buen día.
-¿Qué ocurrió?— el licenciado fue el primero en preguntar cuando Alicia colgó la llamada.
-La señora Ramirez acaba de cancelar su cita— aclaró manteniendo el profesionalismo.
-¿Se encontraba bien?— me apresuré a preguntar al saber un poco de su caso.
-Al parecer sí, pero se ha retractado y dice que ya no necesita de la ayuda del licenciado— aquello era extraño.
-Pero…— me quedé sin palabras.
-Tristemente a veces eso sucede, señoritas— señaló al ver la confusión en nuestro rostro—. Sé que ambas son nuevas en esto y les aclaro que sobre todo en casos maritales de éste tipo, muchas mujeres suelen retractarse.
-Era acosada— señalé aún sin poder creerlo—. ¿Por qué no quieres continuar con la orden de alejamiento?
-No sabría decir con exactitud, pero a veces la sociedad es tan cruel que lo mejor es callar— la decepción en su voz era clara—. En esta carrera he aprendido que pocas veces se puede saborear la verdadera justicia, señoritas.
Sin decir algo más volvió a ingresar a su oficina, dejándonos a Alicia y a mí en un silencio un tanto melancólico por la situación. Lo peor es que con el tiempo comprendí muy bien lo que el licenciado Morelos quiso decir aquella vez, la injusticia estaba a la orden del día e inclusive mi unión con Gabriel solía recordármelo.
-¿Disculpe?— repetí anonadada por lo que el padre me había respondido—. No comprendo, padre, ¿a qué se refiere con que no puede anular éste matrimonio?
-Bueno, hija… no encontramos alguna falta en tu matrimonio para realizar una anulación— explicó con una voz pausada—. Seguirán casados ante los ojos de Dios… a veces las diferencias suceden en un matrimonio, pero no por eso se anula.
-Pero…— estaba anonadada ante su respuesta.
-Deberían intentar solucionar las cosas entre ustedes— señaló con una sonrisa condescendiente—. Dios te acompañe, hija.
-Gracias, padre— respondí automáticamente antes de irme con una sensación de incomodidad.
Sabía que aquello solo eran las palabras de— y que Dios y el padre me perdonarán—, un simple y banal hombre, mi señor tenía una idea distinta. Él sabía porqué razón quería divorciarme y creía que me daría la razón, aunque no sea así ante los ojos de la iglesia y aquel concejo eclesiástico.
De alguna manera y casi sin darme cuenta; comencé a hablar tranquilamente un poco más de mi vida privada con el señor Blanch. Nos reunimos algunas veces para hablar de los avances en el juicio o lo que Gabriel contra demandaba, así que ir por un café o sencillamente visitarlo en su oficina era algo relativamente habitual para mí.
-No pude anular mi matrimonio ante la iglesia— comencé soltando un suspiro cansado—. Por un momento creí que podría, pero el concejo no lo aceptó y… bueno igualmente era ridículo que por un momento pensé que… no sé quizás me volvería a casar por la iglesia y…— lo miré a los ojos con media sonrisa que no lograba sostener— es tonto creer que a mi edad aún me casaré otra vez… creo que no aprendí nada de éste matrimonio.