-Lo siento mucho— las voces sonaban ajenas en mi cabeza en la que me encontraba completamente inmersa en pensamientos.
De momentos volteaba hacía el cielo preguntando el porqué a Dios como si fuese a responderme. Pensaba en los pequeños que estaban a mi lado viviendo la ausencia de su madre a una edad temprana; en lo pronto que se había ido María dejando a sus hijos descobijados pensando en lo injusto que era para ambas partes. ¿Por qué no fui yo? No tenía esposo, hijos o familia que me extrañara, entonces por qué no quitar mi vida por la suya que valía mucho más.
Estaba completamente molesta con aquella situación, pero tenía que fingir fuerza, alguien necesitaba ser “un ancla” para los niños y de algún modo me correspondía ese lugar. No debía verme tan decaída o molesta frente a ellos porque yo tenía que sostenerlos; aunque a veces sintiera que aquello era demasiado grande debía cumplir.
-¿Por qué te has ido, querida?— la sonrisa en mi rostro fue amarga y la voz se me quebró a media pregunta frente a la lápida.
Quería aferrarme a la idea de que aquella lápida con su nombre era solo un delirio en mi cabeza; sin embargo, cuando pasé mis dedos para comprobarlo sabía que de verdad estaba frente a su tumba. Vi a Victoria y Sergio juntos abrazándose mutuamente y quería ir con ellos, pero mis piernas flaquearon, estaba a nada de gritar con rabia por lo que intentaba morderme los labios para callarme.
-Está bien, Daría— sentí como sus brazos me sostenían y estrechaba contra su pecho—. Puedes llorar— como si aquello fuera la llave a mi bloqueo, me solté a llorar cual niña en sus brazos.
-Y-yo… yo no…— intentaba hablar, pero hipar me lo impidió.
-No hables, Daría— pasó suavemente su mano por mi espalda para tratar de consolarme.
-Gracias— fue lo único que dije y él asintió sin decir algo más.
Pablo fue una excelente compañía y amigo durante el duelo para mí; mientras que mis niños poco a poco volvieron a su rutina, aunque obviamente eran retraídos con aquel tema. Nuestra relación fluía muy bien aún y nos acostumbramos a estar juntos, además de salir los fines de semana.
-¿Por qué quieren ver esa película?— los cuestioné por aquella opción.
-Dicen que es muy buena— respondió Victoria entusiasmada.
-Y que da mucho miedo— señaló Sergio, quien apretó su playera; comenzó con aquel “tic” desde que su madre se fue—. Mis amigos ya la vieron— añadió un tanto animado.
-Los míos también— secundó Victoria con alegría.
-De acuerdo— suspiré rendida—, pero no le haré responsable si se asustan, eh.
-¿Da mucho miedo?— la preocupación en su voz fue obvia.
-Bueno, Sergio… yo era muy pequeña cuando esa película salió— me vieron con duda—. ¡Oigan, mocosos!, ¿qué edad creen que tengo? Mi madre nació en los años veinte, calculen el resto— los señale con un dedo acusatorio—. Volviendo al tema de la película… da muchísimo miedo, yo era una adolescente.
Siendo honesta me quité varios años de encima aquella vez, pues en el 68, yo era mayor de edad, pero no lo admitiría tan fácilmente. Una dama jamás revela su edad, o al menos eso decía María.
-Trató hecho— Victoria parecía decidida y sin mayor opción su hermano aceptó también.
-Entonces, habrá que ir al videoclub por un “betamax”— gastaría la mayor parte de mi sueldo, pero por hacerlos felices valía la pena—. Quiero decir, ya salió hace más de quince años y es una pena que jamás hayan visto “Hasta el viento tiene miedo”.
Ring, ring, ring.
El sonido del teléfono me sobresaltó después de recordar aquella película y repasar cada minuto en mi cabeza a detalle. Pude oírlos reír de manera burlesca por lo bajo, así que solo los miré de reojo antes de acercarme para tomar el teléfono de casa y responder al insistente llamado.
-¿Diga?— respondí al tomar la bocina.
“Buenos días, Daría”— respondió aquella voz que conocía a la perfección.
-Buenos días, Pablo— noté que ante su mención ambos “mocosos” se callaron y miraron de soslayo—; ¿cómo estás?— pregunté cordialmente.
“Muy bien, gracias por preguntar, ¿y tú?”— la alegría en su voz era obvia.
-Muy bien gracias; tratando de rentar una película para esta tarde— respondí mirándolos rápidamente, mientras que ellos se sentaron firmes como soldados al notar que podía leer lo que tramaban.
-¡¿Le gustaría acompañarnos?!— se atrevió a preguntar Victoria a la distancia.
-¡Por favor acompáñenos!— secundó Sergio a su hermana mayor.
“Sería un placer”.— rió divertido por la intromisión— “Claro, si la señorita Daría está de acuerdo”.
-Bueno, mis pequeños y revoltosos sobrinos te han invitado, ¿quién sería yo para negarme?— vi un gesto de negación de ambos y escuché un suspiro apagado del otro lado de la línea—. Nos encantaría que vinieras— agregué y agradecí que ninguno de mis sobrinos mencionara algo con respecto al sonrojo en mis mejillas.